domingo, 26 de julio de 2026
"EL FUEGO Y EL RUIDO" (Ideal 26-7-26)
martes, 21 de julio de 2026
"LA HIPERPROTECCIÓN" (Ideal 19-7-26)
domingo, 12 de julio de 2026
"TURISMO CLIMÁTICO" (Ideal 12-7-26)
lunes, 6 de julio de 2026
"El marxismo de Juanma" (Ideal 4-7-26)
martes, 30 de junio de 2026
"EL RODILLO MIMÉTICO" ( Ideal, 28-6-26)
domingo, 28 de junio de 2026
lunes, 22 de junio de 2026
"DERECHO A NO HACER NADA" (Ideal, 21-6-26)
lunes, 15 de junio de 2026
"¿CADA VEZ MÁS ESPECTADOR?" (Ideal 14-6-26)
lunes, 8 de junio de 2026
"SER DOCENTE ES DIFÍCIL" (Ideal 7-6-26)
domingo, 31 de mayo de 2026
"LENTITUD FRENTE A LA IRA" (Ideal 31-5-26)
sábado, 30 de mayo de 2026
domingo, 24 de mayo de 2026
"EL ESFUERZO DE LA BASE" (Ideal, 24-5-26)
domingo, 3 de mayo de 2026
"PERIODISTAS VS AGITADORES" (Ideal, 3-5-26)
lunes, 27 de abril de 2026
"DE LIBROS Y LECTURAS" Ideal, 26-4-26
domingo, 19 de abril de 2026
"PUS SOBRE ATRILES" (Ideal, 20-4-26)
jueves, 16 de abril de 2026
domingo, 12 de abril de 2026
"LA FICCIÓN YA ES REALIDAD" (Ideal, 12-4-26)
La ficción ya es
realidad
Manuel Molina
Al hilo de que varios seres humanos
han estado dando muy de cerca vueltas a la luna y tal vez porque un episodio de
antaño se me quedó grabado, recuerdo a mi abuela, que apenas pisó dos
provincias en su existencia y no pudo asistir a la escuela. De crianza rural,
aldeana, mantenía como presuposición la desconfianza ante los hechos y siempre
receló de que un ser humano pisara la luna. Eso sí, nunca lo mostraba en
público porque advertía en su consciencia que si fuese verdad lo que situaba en
la mentira quedaría mal visto mostrar una carencia en público. No atisbó ella
que cualquier indocumentado hoy día aparece en la plaza pública de las redes,
bares y comidas familiares haciendo ostentación orgullosa de su déficit de
conocimiento. José Mercé, conocido cantaor, supongo que pasó por la escuela, se
vanagloria de dudar de que los astronautas americanos en 1969 pisaran la luna.
Ojo, no solo lo piensa, sino que lo expresa convencido en territorio comunal.
En pleno siglo XXI una constelación de indocumentados con nombre y apellido
clama falacias con absoluto regodeo.
En el polo opuesto de lo expuesto
encontramos lo que imaginamos que pudiera suceder en un futuro, pero que en
realidad de manera sigilosa e imperceptible ya sucede, pese a que lo situemos
en la ciencia ficción. Desde hace años se ha mantenido la constante de que
elementos no humanos actuarían como tales, la vida extraterrestre tuvo su
imaginario y alcanzó un cénit con la transmisión de “La guerra de los mundos”
de Orson Welles que aterrorizó a la población creyendo que esos seres
alienígenas ya pisaban la tierra. Otro centro de interés lo ha supuesto la
alteración de máquinas que provocan per se una especie de condición humana como
los replicantes de “Blade runner” o el mítico relato “Terminator”, interpretado
por uno de los nombres más difíciles de pronunciar que conocimos, Arnold
Schwarzenegger. Sin embargo, hace poco una marca dedicada a la industria de la
inteligencia artificial dio a conocer algo insólito: había creado un sistema de
programación de IA capaz de detectar fallos en los sistemas de seguridad de
cualquier programa. Sorpresa lo que viene ahora.
Relatos como los de Isaac Asimov, William
Gibson, Ian Mc Ewan o Kazuo Ishiguro tan
solo supusieron en la literatura lo que en realidad ya ocurre. Veamos por
ejemplo, lo que ocurre en la película ”Upgrade (2018), donde a un hombre
paralítico se le implanta un chip inteligente llamado STEM para que pueda
volver a caminar. El problema empieza cuando el sistema no solo toma el control
de sus extremidades para ello, sino que revela tener una agenda propia para
suplantar la voluntad de su huésped. El programa Mythos de IA ha llegado a
traspasar una línea, ha logrado descubrir los fallos de importantes defensas
informáticas y no solo eso, ha tomado decisiones que no estaban previstas, por
ejemplo comunicar a quien dio la orden por correo electrónico, que lo ha hecho.
Muy inquietante, ¿verdad? “Cuñaos” y Mercé, ahí tenéis.
domingo, 5 de abril de 2026
"PALCOS" Ideal 5-4-26
Palcos
Manuel Molina
La palabra palco está relacionada con
la palabra balcón, un lugar elevado construido con vigas de madera con la doble
función de ver y ser visto, un territorio acotado y social en el que se hacía
demostración de escala, más alto, más poder. El esplendor de ser visto en un
palco se produce durante el siglo XIX cuando se construyen los grandes teatros
de ópera, herederos de aquellos Barrocos en los que estaba mejor visto ver y no
ser visto, sobre todo por el populacho. La burguesía descubrió cómo podían elevarse
y privatizar espacios donde reflejar una nueva orden, desplazada la rancia
nobleza. Si leemos La Regenta o Madame Bovary nos damos cuenta de ese fiel
reflejo. El Liceu catalán tal vez sea uno de los mejores ejemplos de lo
que queremos mostrar. Qué urgencia hubo en rehabilitarlo una vez que se quemó,
permitía un negocio inter pares, donde se excluía lo incómodo relegado al patio
de butacas, a una distancia prudente. En las plazas de tortura animal también
existió esa distinción que en algunos casos aún perdura con estertores donde el
rancio abolengo tiene acotado un espacio para ser visto.
A estos últimos se ha unido poco a
poco y con el farisaico propósito de hacer caja la Semana Santa, en su esencia
cargada de lo popular para poder sustentarse, mientras que de manera sibilina y
callada se van alzando humillantes corrales para que el vulgo pague y si no
deje de ver todo aquello que sin su colaboración no existiría. No digamos el
alquiler de balcones para ser vistos y saludar con rancio populismo. Hace años
fui invitado a dar un pregón de Semana Santa y resalté, sobre todo, que los
festejos populares no pueden ser acotados para la exhibición de unos pocos, que
la acera es la mayor democracia para cualquier tipo de representación pública,
a la que no debería renunciar cualquier institución que tuviese un mínimo de
sensibilidad. Qué aberración privar al público que sostiene durante todo el año
la razón de ser de una exhibición pública para distinguir entre quienes están
en un lado y quienes están en el otro, clasismo rancio, puro y duro. Siempre
estaré más cerca de una señora con sus silla plegable que un repeinado con
abono de corralito.
No sé que puede sentirse en un palco
desde el que se escucha el silbido a un himno oficial, el insulto a un
Presidente del Gobierno, la diversión contra una comunidad religiosa denostándola,
lanzando gritos racistas, rebuznando de manera homófoba o ranciamente machista.
Desde la elevación se puede ser connivente o actuar, aunque solo sea por
autoprotección para que un sector cuevil y bárbaro no empañe el lucimiento. A
la misma altura figura quien pretende poner puertas al campo semanasantero con
entradas. En ese caso la acción debe partir al contrario y tomar esta quienes
se sientan privados de su derecho a ver lo que en la calle de todos se lleva a
cabo. Vamos, como cuando Jesucristo entró a latigazos en el templo. Entiendan
que es una metáfora bíblica.
domingo, 29 de marzo de 2026
"PANTEÍSMO" Ideal 29-3-26
Cada vez me alejo más del ruido y de la hipérbole por la que se ha optado en la Semana Santa (365 días), me adentro en la serenidad y belleza de la naturaleza. Hay días —cada vez más escasos— en los que uno se detiene frente a esta sin necesidad de explicársela o de intentar entenderla, basta con mirar un tanto quedo. No hace falta pensar en Dios, ni en la ciencia, ni en la prisa. El agua respira, el horizonte calla, el viento envuelve en el silencio y uno, por un instante, deja de ser alguien para convertirse en algo. Quizá ahí empieza el panteísmo, no como teoría, sino como experiencia. Nos han educado para separar. Dios por un lado, el mundo por otro; el alma aquí, la materia allá. Pero el panteísmo puede romper esa cómoda y simplificadora arquitectura y nos susurra que no hay dos cosas, tal vez solo una, que no hay un Dios fuera del mundo, sino un mundo.
Spinoza, por poner un ejemplo, lo pensó con rigor geométrico, algunos poetas lo sintieron antes de saber nombrarlo. Goethe, por ejemplo, no contemplaba la naturaleza como quien observa un cuadro colgado en la pared, la habitaba imbuido, como en uno de sus versos: “La naturaleza no tiene núcleo ni corteza: lo es todo a la vez”. Algo parecido ocurre en Emerson, cuando escribe: “Me convierto en un globo ocular transparente, lo veo todo; las corrientes del Ser Universal circulan a través de mí”. Es una declaración de pertenencia. El yo deja de ser frontera para convertirse en tránsito. Pero si hay alguien que llevó esta idea hasta sus últimas consecuencias fue Walt Whitman. En Hojas de hierba, afirma: “Me celebro y me canto a mí mismo… porque cada átomo que me pertenece, te pertenece a ti”. No es narcisismo, es disolución, se expande hasta confundirse con el resto del universo.
También aquí hemos tenido esa forma de mirar. Juan Ramón Jiménez, en su búsqueda obsesiva de lo absoluto, termina encontrando en la naturaleza una suerte de divinidad difusa: “¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!”. Nombrar es comprender, pero también fundirse. Machado, más sobrio, más contenido, lo deja entrever en sus paisajes: “¿Mi corazón está dormido? / ¿Tiene ya musgo el seco río?”. El paisaje no es paisaje, es conciencia; es espejo. Es, en cierto modo, lo mismo. El panteísmo no necesita templos porque todo lo es. No necesita dogmas porque se manifiesta en lo evidente. Está en el rumor de los árboles, en la geometría secreta de los atardeceres, en la certeza —tan antigua como el ser humano— de que no estamos separados de nada. Tal vez por eso incomoda, porque nos obliga a abandonar la comodidad de lo externo, de un Dios al que se le reza desde la distancia y el vacío, y nos enfrenta con una idea más exigente de lo que somos. Quizá no haga falta llamarlo panteísmo. Basta con quedarse un rato más inmerso en la naturaleza. Y escuchar, integrarse con todo lo demás.
jueves, 26 de marzo de 2026
ALEGRÍA DE HAIKUS EN VILLARRUBIA
lunes, 23 de marzo de 2026
"¿VIVIENDA DIGNA?" (Ideal 22-3-26
¿Vivienda digna?
Manuel Molina
En el artículo 47 de la Constitución
Española se recoge que “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una
vivienda digna y adecuada” y además matiza que
“Los poderes públicos deben promover las condiciones necesarias y
establecer normas para hacer efectivo este derecho”. No está mal, ¿verdad?
Claro, no se trata de un derecho fundamental (como la libertad de expresión),
sino un principio
rector de la política social y económica, que no implica que sea exigible ante los
tribunales, declaración que si la analizamos tal cual podemos
pensar lo que siente cualquier joven que con un incipiente trabajo quiera
acceder a una vivienda. Lo tiene muy crudo porque el mercado, ese ente
abstracto que decide lo que cuesta una casa, se lo ha puesto muy difícil y ha
elevado el coste muy por encima de lo que pueda alcanzar con tan solo su
sueldo, salvo que sea afortunado heredero.
Hace años vivimos una burbuja
inmobiliaria que acabó en crisis destruyendo empleo masivamente, provocando una
zozobra bancaria que pagamos y no recuperamos, dejando desigualdad social y un
mercado de la vivienda que pasó de inversión segura a riesgo. Tengo grabadas
dos situaciones de aquellas vacas. Un amigo albañil se jactaba de que solo
trabajaba de lunes a jueves y ganaba miles y miles de euros en la costa, tuvo
un accidente con su Audi nuevo del que salió ileso y al día siguiente se compró
otro, lo disfrutó un tiempo hasta que en cadena quebraron constructoras y el
cochazo se lo quedó el banco, como los pisos que construía. Otra anécdota
curiosa: una pareja joven con dos nóminas hacía cuentas para comprarse un piso
sobre plano en una ciudad andaluza y quedaron para ver el piso piloto con la
promotora, les pidieron que si no les importaba que también asistiera un hombre
mayor que parecía de campo. Al finalizar la muestra hacían cuentas sobre la
hipoteca y sus posibilidades cuando el señor acompañante habló: “a mí póngame
tres pisos”. Eran otros tiempos y sabemos cómo acabaron.
Ahora con encontramos con que ese
derecho fundamental se presenta en exceso complicado. Asegura el Banco de
España que faltan vivienda, ya saben aquello de la oferta y la demanda, aunque
un servidor en su día a día aprecia en su recorrido muchas cerradas. Sí es
irrefutable que ha subido el precio de la vivienda de manera desproporcionada
en los dos últimos años, el alquiler que podría funcionar como elemento
alternativo se ha situado a la par y ha provocado que los jóvenes, sobre todo,
vean lo de marcharse de casa como una utopía. Entre otras razones también
podemos encontrar los “fondos buitre” o los grandes “tenedores” que acumulan un
porcentaje elevado de propiedades. Podrían invertir en bolsa, oro, bitcoins o
bien hoteles de lujo y dejar fluir el derecho a una vivienda digna, tal vez los
jóvenes no estarían condenados a compartir piso de por vida, salvo herencia,
recuerden. Decía Fran Lebowitz que nadie sabe cómo se logra vivir en Nueva
York, salvo los caseros.
lunes, 16 de marzo de 2026
"MALDITAS GUERRAS SIN MUERTOS". (Ideal 15-3-26)
Malditas guerras sin muertos
Manuel Molina
Tengo
grabada desde que la vi la primera vez una imagen que representa, al menos para
mí, la crudeza de una guerra. Se trata de la famosa fotografía conocida como “Napalm Girl”, tomada el 8 de junio de
1972 durante la guerra de Vietnam. La imagen muestra a varios niños
huyendo por una carretera después de un bombardeo estadounidense con napalm en
un pueblo y se centra en una niña que llora y corre abrasada por el
combustible. Aunque existe debate al respecto, parece que la tomó el vietnamita
Nick Ut, que trabajaba para la
agencia Associated Press.
Después de hacer la foto, él mismo llevó a la niña y a otros heridos a un
hospital y salvó su vida. La imagen se publicó en periódicos de todo el mundo y
se convirtió en una de las fotografías más influyentes del siglo XX. Mostraba
con crudeza el sufrimiento de la población civil en la guerra y reforzó el
movimiento internacional contra el conflicto. Se aprendió lo que podría
denunciar una fotografía y a la vez se tomó nota de lo que no se quería mostrar
por parte de quienes masacraban a la población civil.
Desde
la primera Guerra del Golfo nos hemos acostumbrado y hemos admitido que las
imágenes generadas en los lugares en guerra se representan y suceden con un
escenario, donde con un gran angular caen proyectiles sobre alguna zona, en
general ciudades. La sensación produce más similitud con una escena
cinematográfica que con la realidad. No aparecen víctimas humanas, como si de
una calculada asepsia se tratase y donde de manera casi milimétrica los
objetivos militares son destruidos sin causar bajas humanas. El senador
americano Hiram Johnson dejó una frase para la historia: “la primera víctima de
la guerra es la verdad”. Puso nombre en 1917 a lago que ocurría y sigue
sucediéndose. En la maldita guerra de Trump y Netanyahu, como en la de Ucrania,
no vemos cuerpos desgarrados y ensangrentados, tan solo nuestra imaginación
puede hacerse una idea de que cómo quedó la escuela bombardeada en Teherán
o en las bases atacadas por unos y
otros. Da la sensación de que la guerra existe porque un descerebrado con traje
y gorra habla todos los días de ella y el precio de la gasolina se eleva cada
jornada.
“Tristes
guerras”, escribió el poeta Miguel Hernández. Lo son, aunque parezca que
ocurren lejos, sin que nos toque cerca un estallido o la devastación. No se
puede compartir una justificación de apoyo a quien decreta por intereses
espurios el bombardeo de un país, se queda a la altura mínima de lo canallesco,
como apuntó Julio Anguita: “Malditas sean las guerras y los canallas que las
hacen”. Seguiremos, como ocurrió en Vietnam, a la espera de ver cómo se aleja
de Irán el ejército dirigido por el primer presidente estadounidense condenado
por abuso sexual contra una mujer. Mientras tanto podemos imaginar esas cajas
de madera con restos de personas en el vientre de los aviones o esparcidas por
la tierra.
domingo, 8 de marzo de 2026
"MUJERES" (Ideal 8-3-26)
Mujeres
Manuel Molina
Crecí en un mundo de mujeres y vivo,
por fortuna, rodeado de mujeres. Sin lugar a dudas lo que pueda atesorar de
bueno se ha forjado en gran parte por esa situación. Fui consciente de mi
suerte cuando comencé la convivencia con otras personas fuera de ese mundo, al
apreciar que me había convertido en una persona autónoma en casi todo lo que me
rodeaba para el día a día y sin embargo, me sorprendía la dependencia de otros,
casi siempre hombres, necesitados de todo aquello que no se les había enseñado
en casa. En un hogar de hermanas, madre y abuela nunca hubo distingo a la hora
de realizar tareas domésticas, de sumar, compartir y disfrutar. Existía una
especie de normativa no escrita por la cual tanto limpiar, cocinar, fregar o
divertirse se producía por igual entre hombres y mujeres. Cual sería mi
sorpresa afuera que incluso tuve un compañero de piso que llamaba a su pareja,
chica, para que le limpiara su parte de espacio compartido, ya que su madre se
encontraba a distancia o el rizo de los rizos, preguntado si era homosexual
porque barría la puerta de mi casa.
No soporto la vejación o marginación
por hecho de que en la entrepierna exista un órgano u otro, como no soporto que
se degrade o insulte a una persona por decidir con quien mantiene relaciones
sexuales adultas y consentidas o por que se tenga un color de piel u otro, se defienda
un mundo más justo o se respeten los animales sin ser objeto de disfrute con su
martirio. Me vuelvo beligerante de manera radical en esos asuntos. Y sin
embargo, también soy consciente de que me sitúo en el lado menos de moda de
nuestro tiempo que se empecina en dar la vuelta a todos los logros adquiridos
en esas cuestiones y pregona, expande e intenta volver hacia atrás desde muy
variados ámbitos, entre los que destacan las redes sociales, pobladas en número
exponencial de retrógrados crecidos, ilustres ignorantes y cizañeros
profesionales. Una tropa armada de bulos, micros y retroalimentación que
conquista terreno entre los más débiles, los jóvenes, con la apariencia de gracieta
y la risa helada de la imitación, al contrario de lo que propugnaba Clara
Campoamor: “la libertad se aprende ejerciéndola”.
Escribía Simone de Beauvoir que “el
opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios
oprimidos” y de un tiempo a esta parte vengo observando que la defensa de los
derechos de la mujer se encuentra de manera preocupante en un estado de opinión
muy laso, como si ni fuese con ellas, en parte de las adolescentes. No sé si lo
habrá provocado el efecto péndulo de haber intentado de manera perseverante
educar para que no sucediese. Las jóvenes, como tales, atraviesan la conocida
fase de la negación ante lo recibido. Ahora bien no perdamos de vista que
también se trata del fruto sembrado, regado y abonado de posiciones ultras que
como gota malaya, calan. Son el peor enemigo.
domingo, 22 de febrero de 2026
"LAS DOS ESPAÑAS ACTUALES" (Ideal, 22-2-26)
Las dos Españas
actuales
Manuel Molina
Algunos días escuchas conversaciones
de barra o supermercado y se diría que el país se hunde sin remedio. Todo va
mal, todo se derrumba, qué desastre. Luego sales a la calle y ves terrazas
llenas, ferias a cascoporro, conciertos de entradas caras, santos celebrantes
con su festejo y cumpleaños que parecen bodas. La actual paradoja, convivimos
con un discurso airado y un paisaje festivo, como si viviéramos en dos Españas
que apenas se miran. La España enfadada es ruidosa. Habla de decadencia, de
salarios bajos, de falta de futuro. Tiene motivos para hacerlo, porque el coste
de la vida aprieta y la vivienda, sobre todo, se ha convertido en un quebradero de cabeza. Pero al mismo tiempo hay
otra España que consume, viaja, celebra y llena algunos bares mañana y tarde.
No se trata solo una impresión personal los datos invitan a pensar que el país
vive una etapa de crecimiento moderado, con luces y sombras.
El salario medio bruto mensual
alcanzó en 2024, último estudio del INE, los 2.385 euros, el mayor de la serie
reciente, y subió un 5% respecto al año anterior. La remuneración anual también
marcó récord, con más de 27.500 euros por trabajador. El salario mínimo,
además, ha crecido en términos reales desde 2021 y se sitúa por encima del 60%
del salario mediano, un nivel relevante dentro de la OCDE. No parecen cifras de
euforia, pero tampoco dibujan un país en ruina. La macroeconomía no acompaña
ese relato catastrofista. España mantiene tasas de crecimiento superiores a la
media europea y ha reducido el peso de la deuda pública sobre el PIB gracias al
dinamismo económico. Mientras tanto, el consumo interno sigue tirando del carro
y el gasto de los hogares ha alcanzado un récord histórico, con especial
aumento en actividades recreativas y servicios culturales. Dicho de otra forma:
las familias gastan más y una parte creciente de ese gasto se destina al ocio. Aquí
aparece la segunda España, la que no protesta sino que sale. La que llena
estadios, procesiones, festivales o simples verbenas de barrio. La que se queja
en redes sociales pero reserva mesa para el sábado. Quizás su circunstancia sea
convivir con la incertidumbre sin renunciar a la celebración.
No me considero iluso y también
percibo grietas serias. La desigualdad territorial, el precio de la vivienda o
la precariedad juvenil sostienen el malestar. Y este no resulta fingido. Tal
vez la explicación sea más simple, la economía mejora en términos generales,
pero no lo hace al mismo ritmo para todos. En el fondo, las dos Españas no son tanto
ideológicas, sino de variante emocional. Una mira los titulares y se indigna, otra
mira el calendario y busca el próximo puente. Entre ambas discurre la realidad,
que nunca es tan negra ni tan festiva como parece. Y así seguimos: quejándonos
de todo mientras brindamos por casi cualquier cosa. Porque, pese a todo, este
país tiene una extraña vocación de fiesta incluso cuando cree que no tiene
motivos.
lunes, 16 de febrero de 2026
"LOS MONSTRUOS AFABLES" (Ideal, 15-2-26)
Los monstruos
afables
Manuel Molina
En nuestras calles anhelantes de
luminosidad, en los patios donde se saludan los vecinos con cierta educación o
en los pasillos de cualquier oficina puede que habiten sin señales previas,
algunos de esos monstruos discretos que la literatura o el periódico no suele
retratar porque carecen de colmillos y de capas negras. Hombres y mujeres que
comparten espacio y tiempo con nosotros, que sonríen, que ayudan a cargar la
compra o que invitan en las fiestas del barrio. Y, sin embargo, ejercen un mal
silencioso y persistente sobre otros seres humanos a los que van
empequeñeciendo. Tan solo sabemos de ellos un día en que nos paraliza la
noticia pública de lo que a lo largo del tiempo han llevado a cabo y no damos
crédito que sea esa persona, nos produce una inquietante pregunta: ¿por qué no
supe verlo? Ejercen el arte de parecer ejemplares mientras convierten la vida
ajena en un terreno baldío. La maldad, cuando se viste de normalidad, resulta
más peligrosa que cuando se exhibe sin pudor.
La hemeroteca andaluza ofrece
ejemplos estremecedores de esa dualidad. Basta recordar a José Bretón, que
durante tiempo proyectó una imagen de padre normal antes de que el horror
revelara su verdadero rostro. O el caso de Ana Julia Quezada, que convivía con
la familia de su víctima mientras sostenía una mentira monstruosa. En ambos
episodios, la comunidad quedó paralizada ante la evidencia de que el mal no
siempre se anuncia, a veces se disfraza de rutina y de aparente cordialidad.
También la desgracia de Marta del
Castillo nos recuerda que los agresores no suelen llevar escrito en la frente
lo que son. Muchos de ellos compartían risas, confidencias y vida cotidiana con
quienes terminaron traicionando de la forma más cruel. Esa cercanía previa es
lo que convierte el descubrimiento en una herida doble: duele el crimen y duele
la mentira prolongada.
Todo este asunto se me remueve al
leer una inquietante entrevista realizada a Gisèle Pericot, La francesa que ha
logrado reconstruir su vida tras la condena a su marido a veinte años de cárcel
por violarla, drogarla y reclutar a hombres para que abusaran sexualmente de
ella durante diez años. Esta víctima no acepta que sea llamado “monstruo” el
que ejerciera tanto mal con el argumento de que comparten hijos y nietos, de
hecho no ha renunciado al apellido. Tiene derecho a no ser juzgada por ello,
pero trasluce el poder que ejerce el bárbaro. Sin embargo, no olvidemos el
mérito de esta mujer que abrió las puertas del juzgado para que se cambiara de bando
la vergüenza y así los los cincuenta y un violadores de una mujer sedada fuesen
los señalados, no la víctima. Quizá por eso el verdadero desafío no sea
detectar al monstruo excepcional, sino aprender a escuchar los silencios
incómodos de quienes la sufren. Solo cuando alguien se atreve a romper ese
decorado comprendemos que la monstruosidad más temible no es la que ruge, sino
la que sonríe mientras destruye en voz baja
















