domingo, 19 de abril de 2026
"PUS SOBRE ATRILES" (Ideal, 20-4-26)
Una amiga brasileña me contaba que en los años duros de Bolsonaro las críticas contra su despotismo en redes sociales no incluían su nombre porque así se procuraba que el algoritmo no se incrementara para favorecerle, se mencionaba como “Ele”; ya saben, intentar no hacer bueno aquello de que hablen de nosotros aunque sea bien. Ya ha expuesto el filósofo José Antonio Marina que la libertad de expresión implica también responsabilidad intelectual y ética, no solo el acto de hablar sin restricciones. No todo es respetable, aunque exista libertad de expresión. Hoy ocupa espacio un lamentable personajillo, de profesión “youtuber”, con unos sorprendentes quinientos mil seguidores. El elemento fue elegido para pregonar la feria taurina de Algeciras y aprovechó para soltar leídas –con lo cual demuestra que no improvisó- algunas lindezas como que la joven que recurrió a la eutanasia recientemente en Barcelona lo hizo porque no tuvo un novio torero (sic) que le enseñara a capear el dolor. Por extensión los antitaurinos son abortistas y promulgadores de la eutanasia. Como ven pus derramada desde un atril. Nadie de los presentes se levantó y lo frenó en seco, es más fue aplaudido.
Nuestra identidad no es algo independiente, sino que se configura a través del lenguaje. No solo usamos este para describir quiénes somos, sino que en gran medida llegamos a ser lo que el lenguaje hace posible expresar sobre nosotros. Esta intuición aparece en Ludwig Wittgenstein, cuando sugiere que los límites de nuestro lenguaje son también los límites de nuestro mundo, lo que no puede decirse difícilmente puede pensarse o reconocerse como parte de la experiencia y lo que decimos es una irrefutable connotación de quienes somos; lo que decimos es lo que somos. También Michel Foucault sostiene que los discursos sociales no solo describen la realidad, sino que producen sujetos, identidades y formas de entendernos. Y en este momento desde esa visión, estamos creando monstruos sociales que alcanzan un atril y ponen en funcionamiento el ventilador de excrementos a toda velocidad desde la más significativa y consciente miseria moral. No por habernos acostumbrado debería ser permisible. No debe entenderse como una censura sino como una cuestión de ética social. Alguien como el tipejo mencionado suelta toda esa mierda –con perdón- y se va de rositas.
Cuando en el debate político o mediático se normaliza la descalificación se filtra al resto, como el “hooliganismo” presente, y lo contrario, el argumento razonado y cívico, ya no tiene cabida. En esa línea, pensadores como Jürgen Habermas han defendido la importancia de una ética del diálogo basada en razones y no en la agresión, pero eso ¿a quién le importa? Nos preguntamos esa razón por la cual nadie en ese pregón taurino se levantó y afeó a tan impresentable criatura su actitud gratuitamente destructora, deleznable y bochornosa. Quien permite que un necio al hablar en público parezca interesante reside en que la apariencia de profundidad suele nacer más de la falta de juicio crítico de la asistencia que del talento del orador.
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