martes, 21 de julio de 2026

"LA HIPERPROTECCIÓN" (Ideal 19-7-26)

En las dos principales leyes de Murphy se nos advierte de que si algo puede ir mal, irá, y si algo puede empeorar, empeorará. Supongo que ambas reflexiones se elevan a la categoría de mandamientos para los pesimistas y asisten como a un milagro epifánico cuando una tostada cae al suelo por el lado de la mantequilla. Para un optimista medio informado, como servidor, queda lejana esa aceptación vital, pero he de afirmar que en ocasiones, como el niño de “El sexto sentido” que veía muertos, yo veo murphismo. Leo que una enorme cantidad de opositores a las plazas de docente en todo el territorio patrio ha suspendido por faltas de ortografía, comparativa que me hace pensar que el acceso a soldado fuese denegado por cobardía. “Es que yo soy de Educación Física”, argumenta algún afectado, ya ven o “ya ben”, que escribiría. Pero en la segunda aplicación de la ley de Murphy aparecen los padres (y madres) de los suspensos y crean una juntera para reclamar: por si alguien va lento les recuerdo que la edad por lo bajo para presentarse a una oposición es de unos 23-24, como diría un castizo, tienen el pubis bien poblado. Los polvos y los lodos. Voy más allá del gozoso encuentro carnal que fructifica y trae al mundo un polluelo humano. Pasa por la educación infantil y allí ya se inhala el virus del hiperproteccionismo. Pobres maestras y maestros frente a ese grupo de whatsapp que hierve a diario. El mundo tan solo lo conforma una personita a la que se lava, peina, viste y se introduce en un caparazón ideal, altas capacidades, por supuesto, e incomprendido/a por quienes pretenden primero que sea feliz y después que sepa la A o el 1. En la primaria se agudiza y entre fiestas obligatorias de cumpleaños para veinticinco, inglés, fútbol, música, taekwondo, papiroflexia y natación, cada uno sobresale por, en apariencia, ser el mejor o no alcanzarlo por la incompetencia de sus monitores. En la secundaria, algunos progenitores realizan objeción de conciencia educativa y trasladan el hecho a quienes enseñan, con prepararles el bocadillo, la ropa, el móvil y la burbuja parece alcanzado el mínimo de padre o madre. Volverán a activarse a final de curso para la graduación. Llega el bachillerato, muchas veces con un proyecto paterno-materno de estudios. “Vas a ser notario”, “pero a mí lo que me gusta es la Educación Física”, “Luego te apuntas a un gimnasio o vas a correr”. Entra en una carrera, que no suele ser la que se quería, se acude a buscarle piso, a limpiárselo, a cocinarle y renovarle la burbuja, que a esa edad son marranillos. Se prepara una oposición en una academia que eligen los papis, se les lleva a examinarse y con la burbuja estallada se intenta reclamar a un tribunal. Si aprueba le dirán qué destino pide y a la dirección se le pedirá un buen horario. Herman Hesse en Demian (1919) escribió: “El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer tiene que destruir un mundo”.

domingo, 12 de julio de 2026

"TURISMO CLIMÁTICO" (Ideal 12-7-26)

Un reciente informe de Greenpeace concluye que España avanza muy lentamente en la creación de refugios climáticos para proteger a la población frente al calor extremo, pese a que alguna opción política, ahora con el poder de gobernar, lo niegue. Solo una parte de las capitales de provincia dispone de una red de estos espacios, y muchos presentan carencias tan básicas como horarios limitados o falta de servicios básicos. No hablamos de grandes superficies comerciales, sino de espacios naturales. La organización destaca que los refugios deben ser gratuitos, accesibles y mantenerse abiertos durante los episodios de altas temperaturas. También subraya que son especialmente importantes para personas mayores, niños y colectivos vulnerables. Además, reclama ampliar las zonas verdes, el arbolado y las sombras para reducir el efecto del calor en las ciudades. Los sucedáneos, como los toldos, parecen la culminación de una mala gestión ambiental, banderas de fracaso. Greenpeace considera que estas medidas son esenciales para adaptarse al cambio climático y disminuir los riesgos para la salud ante las sucesivas y persistentes olas de calor. Desde hace unos años me he convertido en lo que se denomina un “turista climático”. Me desplazo todo lo que puedo en el periodo más tórrido del verano hacia lugares con atractivo cultural y natural, pero, sobre todo, que cumplan la máxima de que al menos por la noche pueda descansar sin necesidad de aire acondicionado. Justo hace unos días recalaba en un lugar del tercio norte peninsular y siguiendo una recomendación llegué a un pequeño pueblo donde se ofrecía un curioso restaurante con espacio para las mesas en una zona de tierra bajo un nogal frondoso. Marcaba la diferencia de temperatura respecto al entorno. Pegué la hebra con la propietaria, una señora mayor, me dijo que para combatir el calor no había mejor fórmula que tierra y árboles. Cuánta razón, pensé. En el informe de Greenpeace destacan las ciudades con refugio climático por una sencilla razón, donde más calor hace no existen, casos como Sevilla o Extremadura; y las que más tienen Vitoria o San Sebastián. Me pregunto la razón por la cual en lugares afectados por tanto período de calor a ningún político se le ocurre proteger a su población con estos refugios. Misterios que podría tratar Iker Jiménez, ahora que habla mucho de política. Decía el clásico Horacio que apenas somos polvo y sombra. Y hemos sabido crear esta en espacios verdes y en nuestros patios, cómo no vamos a superar a nuestros antepasados con mayor tecnología. Se ha

lunes, 6 de julio de 2026

"El marxismo de Juanma" (Ideal 4-7-26)

Manuel Molina Existen dos formas de entender la política, que refleja muy bien el término marxismo. Por un lado una opción con unos principios que a unos gusta y a otros, por supuesto, no. La generó el alemán Karl Marx y tuvo relevancia en el siglo XIX, más apocada y relegada en el siglo XXI, en los territorios casi de anécdota. La segunda procedía del humor, la más vigente, superando incluso lo de izquierda y derecha; la promovió el humorista estadounidense Groucho Marx, así sintetizada: “estos son mis principios, si lo gustan tengo otros”. El marxismo de Groucho ha triunfado a unos niveles insospechados en el terreno político, tanto que seguramente sea la tendencia que más gobierna. El último en subirse ha sido el ya presidente de la junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno con unos principios e ideas políticas que parecían celestiales y bandera de la bonhomía, hasta que los números fallaron y hubo que activar el “marxismo” para sentar en el gobierno andaluz a quienes cincuenta y un años después vuelven a gobernar por estos lares, herederos de quienes entraron a sangre y fuego derribando y anulando un gobierno elegido de manera democrática. Casi todos los gobernantes de nuestro país han tirado del marxismo de Groucho para llegar o mantenerse en la poltrona. Nuestro presidente Sánchez llegó a decir que no dormiría tranquilo con un gobierno en el que estuviera Pablo Iglesias; lo hizo vicepresidente. Aznar venía de disfrutar con la cantinela dedicada a Jordi Pujol: “Pujol, enano, habla castellano”, hasta que lo necesitó y habló con él catalán en la intimidad. Felipe González, que habló “con lengua de serpiente” –según cantaba Javier Krahe- propugnaba no entrar en la OTAN hasta que nos metió. Feijoó abrazaría a los condenados por el Procés si los números le dieran. Rara avis fue Julio Anguita que para pactar siempre ofrecía lo que había llevado como programa electoral, nada de “marxismo de Groucho” con tal de sentarse en una poltrona. Ya ven, nostálgicos de aguilucho en la muñeca y ahora de verde pistacho contentísimos de que con tan poco, tanto. Disfrutarán los toros, la caza, el urbanismo desalmado de las costas y solares, se limpiarán el trasero con el respeto al medio ambiente y sacarán si pueden todos los días un santo a la calle. Si eres inmigrante, abstente. Y así estamos, ¿de qué se reirá ahora Juanma?, ¿qué cantará?, ¿cuántas veces escuchará Viva España donde debiera decir Viva Andalucía?, ¿cuántas veces nos dirá aquello de que es moderado y busca el equilibrio como Franco Battiato?, ¿cuántos abrazos dará con su poquito de asco y cuántos recibirá de los judas?, ¿cuántas veces escuchará las palabras “moros” o “sudacas” y tendrá que callar? Se podría pensar que antes no era así, pero ya dijo José Mujica que el que en política actúa de una manera es que ya era así antes de llegar. A quienes les guste todo eso a disfrutar. Dicen que el poder desgasta, a quienes no les queda ajo, agua y espera.

martes, 30 de junio de 2026

"EL RODILLO MIMÉTICO" ( Ideal, 28-6-26)

Manuel Molina />
El ser humano, el que conocemos porque nos rodea, no cree las ideas porque sean verdaderas, sino porque son las creencias de su ambiente y a ellas se debe entregar para que el orden artificial, el ser social, continúe sin sobresalto. Escribía Thoreau que cada generación se ríe de las modas viejas y sigue religiosamente las nuevas o lo que en la fraseología de roman paladino se menciona así: “¿qué es lo que hace Vicente? Lo que hace la gente”. El heterónimo de don Antonio Machado, Juan de Mairena también aportó algo interesante en estas consideraciones: “Pensar es, ante todo, descartar opiniones”. Si consideramos todo lo anterior como premisas podemos elevarlas y sintetizarlas en una pregunta: “¿qué leches hago en mitad de una fiesta de graduación de 6º de primaria o de 4º de ESO o no digamos de cuatro años de Infantil?” Tal vez sea de los pocos que considera que esto de las graduaciones se nos ha ido de las manos y se ha convertido en un bufonesco espectáculo que se repite por el simple hecho de que otros lo hacen. Hace años veías escenas de una película americana en la que unos jóvenes terminaban la educación secundaria y se graduaban con toga y birrete para después acudir al baile de fin de curso y pensabas que todo eso no podía menos que interpretarse como el síntoma que arrastraba la sociedad americana de apenas poder contar con una trayectoria histórica de enseñanza secular. Con ese ritual creado para loor y gracia del sistema educativo y de su sociedad se cubrían carencias y complejos. Quienes desde fuera de ese “american way of life” lo veíamos, no podíamos menos que valorarlo como algo hortera y acomplejado. Ahora bien, quién nos iba a decir que en unos pocos años tragaríamos con lo mismo multiplicado de manera exponencial a todos los ámbitos educativos. Permanecí muchos años en un centro que celebraba siempre en jueves por la tarde-noche una fiesta de fin de curso para quienes finalizaban bachillerato. Una idea maravillosa; ellos se vestían casi con el mismo tipo de traje y corbata y ellas como si fuesen a la boda de su mejor amiga. Tan solo había un problema, que apuntábamos dos o tres profesores –ya saben que todos lados hay aguafiestas- ya que no sabían si habían aprobado o no. Pasaban toda la noche de juerga, que siempre resulta estupendo, pero aguantaban hasta primera hora del viernes para ir a recibir las notas. Se vivían escenas lamentables por parte de quienes recibían calabazas e intentaban en su estado dialogar. Con una chaqueta manchada, un jarapillo a medio remeter, descalzos y aliento a cubata de garrafón. Planteaba por qué no se entregaban las notas y luego nos íbamos todos a celebrar lo que hiciera falta. “Hombre, son chiquillos, y si no han aprobado lo van a pasar mal en la cena”, se me contestaba cada año. Creí que aquella situación había tocado fondo, pero apareció una palabra mágica: Graduaciones.

lunes, 22 de junio de 2026

"DERECHO A NO HACER NADA" (Ideal, 21-6-26)

Manuel Molina />
Vivimos con la sensación constante de llegar tarde. Tarde al trabajo, tarde a los mensajes, tarde a las expectativas de los demás y, lo que es peor, tarde a nosotros mismos. La dictadura del reloj ya no solo marca las horas, sino también la culpa. Si un domingo por la tarde, pongamos por caso, nos encontramos sin hacer nada, en lugar de disfrutar del silencio sentimos el impulso de buscar cualquier tarea que justifique nuestra existencia. Nos han convencido de que tenemos que ganarnos el descanso. Parece que la vida es una nómina emocional donde cada minuto de calma debe compensarse con varias horas de productividad, de primero de neoliberalismo. Así hemos terminado confundiendo estar ocupados con ser importantes. Sin embargo, hace casi dos mil años, Epicteto ya decía que no son los acontecimientos los que nos perturban, sino cómo los interpretamos. Tal vez el problema no sea detenerse, sino haber aprendido a ver el descanso como un fracaso. No toda inacción es pasividad. A veces solo significa negarse a participar en una carrera cuyo premio nadie ha sabido explicar. Pura paradoja, nunca hemos tenido tantas herramientas para ahorrar tiempo y nunca hemos tenido menos tiempo para vivirlo. La obsesión por el rendimiento produce lo contrario de lo que promete ansiedad y agotamiento. Byung-Chul Han lo resume con una frase contundente: “vivimos en una sociedad del rendimiento que se explota a sí misma creyendo que se realiza". Quizá por eso los holandeses han puesto nombre a algo que siempre ha existido: el “niksen”, que traducido libremente significa no hacer nada. No nos referimos a la pereza, ni a abandonar las obligaciones, tan solo presionar el botón de pausa sin sentir culpa y permitir que la mente vague sin objetivos, sin la molesta necesidad de ser útiles, incluso cuando descansamos. No parece una idea revolucionaria. Lo curioso es que hoy sí lo sea. Aristóteles llamaba scholé al tiempo dedicado a ese no hacer nada: la conversación, la filosofía o la simple contemplación de la belleza. Lo consideraba la forma más elevada de vida. Nosotros, en cambio, llamamos "perder el tiempo" a sentarnos en un banco a mirar pasar a la gente. Tal vez la diferencia entre civilizaciones no esté en la tecnología, sino en la capacidad de estar cinco minutos en silencio sin usar el teléfono. ¿Por qué nos da tanto miedo parar? Cuando todo se detiene surge la oportunidad de reflexionar sobre quiénes somos, hacia dónde vamos o si realmente vivimos la vida que elegimos. José Mujica dejó una advertencia importante: "Hay que vivir como se piensa, porque si no, acabarás pensando como vives". Y tal vez ahí radique el verdadero valor de no hacer nada de vez en cuando. No solo en descansar el cuerpo, sino recuperar la mente. Quizás el lujo del futuro no sea tener más cosas, sino disponer de una tarde sin obligaciones y sin culpa, una tarde cualquiera en la que no pase absolutamente nada. Y, precisamente por eso, ocurra lo más importante.

lunes, 15 de junio de 2026

"¿CADA VEZ MÁS ESPECTADOR?" (Ideal 14-6-26)

Manuel Molina/>
Reconozco que suelo encontrarme en mis decisiones casi siempre en el bando perdedor, como una especie de engranaje invisible que me orilla hacia lo que no triunfa. No sé si han sentido alguna vez esa sensación. Reflexiono y me encuentro con que las opciones políticas que he elegido nunca han ganado, que el equipo de fútbol con el que más me identifico no suele ganar nada, que mis aficiones son minoritarias y se sitúan, por ejemplo, en el polo opuesto de esas manifestaciones de gentío poseso por unos rituales, que vistos con frialdad, pertenecen más a una comedia coral que a algo en verdad serio, aunque se te advierte de que lo es. Me gustaba la Semana Santa cuando duraba una semana o la Navidad cuando duraba tan solo solo los días de Navidad. Milito en contra de quienes disfrutan torturando un animal en público como festejo o defiendo con una minoría que todo el mundo pueda ser asistido en la sanidad de manera digna o que pueda estudiar con independencia de su cuenta bancaria. Ya ven, pertenezco a los perdedores. Ahora bien, que milite en un posible bando perdedor no quiere decir que no sea consciente de que tengo la enorme suerte de que por esta y el esfuerzo haya podido pagarme un techo y comida diaria, que me alcance para poder hacerme con lecturas y algún dispositivo para informarme, incluso conocer otros lugares. La vida no me ha tratado en ese sentido nada mal y como tengo con poco me considero feliz. Decía en verso el maestro don Antonio Machado: “A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/ el traje que me cubre y la mansión que habito,/ el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”. Y aun así me quedan fuerzas y convencimiento para intentar que otras personas también puedan alcanzar un mínimo y en ese caso, no hay medias tintas, sino compromiso. Ahí no soy espectador, salto la valla y me adentro en la reivindicación, para que la mayoría no sienta el perjuicio de una minoría. Qué bien musicó Joan Manuel Serrat los versos de Miguel Hernández, verdad alcalde de Algete, “Para la libertad sangro, lucho, pervivo”. Asisto al jolgorio del viaje papal como espectador, tal que si se me presentara una serie o un docudrama. No me emociona, aunque reconozco la valía de algunas palabras y acciones que a algún cristiano de becerro de oro se le atragantan, alguna expresión, que recupera aquello del amor al prójimo y la prioridad moral o el protagonismo de quienes se juegan la vida para mejorarla o dignificarla. Jesús, qué mal rato se les supone. Me siento como Cervantes en la Sevilla de Felipe II: ¡Voto a Dios, que me espanta esta grandeza/[…]; porque ¿a quién no suspende y maravilla/ esta máquina insigne, esta braveza? Soy perdedor, pertenezco al pequeño porcentaje que considera que cualquier religión debería pertenecer al ámbito privado en un estado aconfesional, pero soy minoría, un simple espectador.

"LA HIPERPROTECCIÓN" (Ideal 19-7-26)

En las dos principales leyes de Murphy se nos advierte de que si algo puede ir mal, irá, y si algo puede empeorar, empeorará. Supongo que a...