Cada vez me alejo más del ruido y de la hipérbole por la que se ha optado en la Semana Santa (365 días), me adentro en la serenidad y belleza de la naturaleza. Hay días —cada vez más escasos— en los que uno se detiene frente a esta sin necesidad de explicársela o de intentar entenderla, basta con mirar un tanto quedo. No hace falta pensar en Dios, ni en la ciencia, ni en la prisa. El agua respira, el horizonte calla, el viento envuelve en el silencio y uno, por un instante, deja de ser alguien para convertirse en algo. Quizá ahí empieza el panteísmo, no como teoría, sino como experiencia. Nos han educado para separar. Dios por un lado, el mundo por otro; el alma aquí, la materia allá. Pero el panteísmo puede romper esa cómoda y simplificadora arquitectura y nos susurra que no hay dos cosas, tal vez solo una, que no hay un Dios fuera del mundo, sino un mundo.
Spinoza, por poner un ejemplo, lo pensó con rigor geométrico, algunos poetas lo sintieron antes de saber nombrarlo. Goethe, por ejemplo, no contemplaba la naturaleza como quien observa un cuadro colgado en la pared, la habitaba imbuido, como en uno de sus versos: “La naturaleza no tiene núcleo ni corteza: lo es todo a la vez”. Algo parecido ocurre en Emerson, cuando escribe: “Me convierto en un globo ocular transparente, lo veo todo; las corrientes del Ser Universal circulan a través de mí”. Es una declaración de pertenencia. El yo deja de ser frontera para convertirse en tránsito. Pero si hay alguien que llevó esta idea hasta sus últimas consecuencias fue Walt Whitman. En Hojas de hierba, afirma: “Me celebro y me canto a mí mismo… porque cada átomo que me pertenece, te pertenece a ti”. No es narcisismo, es disolución, se expande hasta confundirse con el resto del universo.
También aquí hemos tenido esa forma de mirar. Juan Ramón Jiménez, en su búsqueda obsesiva de lo absoluto, termina encontrando en la naturaleza una suerte de divinidad difusa: “¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!”. Nombrar es comprender, pero también fundirse. Machado, más sobrio, más contenido, lo deja entrever en sus paisajes: “¿Mi corazón está dormido? / ¿Tiene ya musgo el seco río?”. El paisaje no es paisaje, es conciencia; es espejo. Es, en cierto modo, lo mismo. El panteísmo no necesita templos porque todo lo es. No necesita dogmas porque se manifiesta en lo evidente. Está en el rumor de los árboles, en la geometría secreta de los atardeceres, en la certeza —tan antigua como el ser humano— de que no estamos separados de nada. Tal vez por eso incomoda, porque nos obliga a abandonar la comodidad de lo externo, de un Dios al que se le reza desde la distancia y el vacío, y nos enfrenta con una idea más exigente de lo que somos. Quizá no haga falta llamarlo panteísmo. Basta con quedarse un rato más inmerso en la naturaleza. Y escuchar, integrarse con todo lo demás.

