¿Y el amor al
prójimo?
Manuel Molina
La paradoja no es nueva, pero sigue
siendo incómoda y preocupante, cada día más. La Iglesia Católica proclama, como
si fuera un eslogan corporativo, el amor al prójimo como sustento de sus
principios. Lo repite en bucle en homilías, catequesis y documentos oficiales y
lo tiene impreso en letra nítida en el Evangelio. Y, sin embargo, basta con
asomarse a determinadas sacristías, tertulias de bar con rosario incluido, casa
de hermandad con sus botellones, clases de religión en centros públicos o
perfiles de redes sociales con crucifijo y águilas en la biografía, para
comprobar que ese mandamiento se queda, demasiadas veces, en puro atrezzo, que
molesta a los principios que rigen la actitud de quien actúa con una religión
ad hoc, de la que escoge lo que le interesa. Vaya, otro comunista quejándose,
pensarán. Pues han tocado en hueso, les puedo mostrar el curriculum desde que
era monaguillo, de dar un pregón de Semana Santa en mi pueblo o participar de
manera activa para lograr que consideren una obra teatral religiosa de hace
siglos como bien de interés cultural. Las “magnas” me han alejado.
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”
(Mateo 22:39). No es una nota a pie de página ni una sugerencia piadosa. Es,
según el propio Jesús, el segundo mandamiento más importante, solo por detrás
del amor a Dios. Todo lo demás -ritos, normas, tradiciones, procesiones y hasta
mitras- deberían tenerlo siempre presente. A dos obispos se le ha borrado de
repente y proclaman que "Todos no caben",
respecto a la regularización de inmigrantes. ¿Quiénes son ellos para calibrar
ese espacio? Recuerden “también fui extranjero y
me acogisteis" (Mateo 25:35). Bueno, su jefe inmediato en la tierra ve al
menos que "Es un reconocimiento de la dignidad humana, una oportunidad
para colaborar en el bien común”. Lo ambiguo es la gimnasia moral que permite a algunos fieles
—y no pocos pastores— defender la exclusión y el desprecio del otro mientras se
persignan con fervor.
Algo falla cuando quienes más se
envuelven en la bandera de la fe son los primeros en señalar al inmigrante, al
pobre, al diferente, al que ama distinto o al que reza menos. “Misericordia
quiero, y no sacrificios” (sigue escribiendo Mateo: 9,13), como advierte Jesús,
pero parece que algunos han leído el versículo con las gafas empañadas. La
ironía es que cuanto más se aleja un discurso del amor al prójimo, más o
defensa de la “auténtica” fe. Como si el cristianismo fuera un club de normas
exclusivas, con derecho de admisión y portero en la puerta. Como si el buen
samaritano (en este caso Lucas 10,33) hubiera pasado de largo por no llevar la
acreditación correcta. Como si el prójimo fuera siempre otro, hasta que molesta
demasiado. Tal vez el problema no sea que los principios de la Iglesia sean
difíciles de entender, sino que son demasiado claros. Amar obliga a mirar al
otro sin trincheras. Y eso, en tiempos de odio rentable y consignas fáciles,
resulta muy revolucionario. Mejor a la carta.

