domingo, 29 de marzo de 2026

"PANTEÍSMO" Ideal 29-3-26

 


Panteísmo

Manuel Molina


Cada vez me alejo más del ruido y de la hipérbole por la que se ha optado en la Semana Santa (365 días), me adentro en la serenidad y belleza de la naturaleza. Hay días —cada vez más escasos— en los que uno se detiene frente a esta sin necesidad de explicársela o de intentar entenderla, basta con mirar un tanto quedo. No hace falta pensar en Dios, ni en la ciencia, ni en la prisa. El agua respira, el horizonte calla, el viento envuelve en el silencio y uno, por un instante, deja de ser alguien para convertirse en algo. Quizá ahí empieza el panteísmo, no como teoría, sino como experiencia. Nos han educado para separar. Dios por un lado, el mundo por otro; el alma aquí, la materia allá. Pero el panteísmo puede romper esa cómoda y simplificadora arquitectura y nos susurra que no hay dos cosas, tal vez solo una, que no hay un Dios fuera del mundo, sino un mundo.

Spinoza, por poner un ejemplo,  lo pensó con rigor geométrico, algunos poetas lo sintieron antes de saber nombrarlo. Goethe, por ejemplo, no contemplaba la naturaleza como quien observa un cuadro colgado en la pared, la habitaba imbuido, como en uno de sus versos: “La naturaleza no tiene núcleo ni corteza: lo es todo a la vez”. Algo parecido ocurre en Emerson, cuando escribe: “Me convierto en un globo ocular transparente, lo veo todo; las corrientes del Ser Universal circulan a través de mí”. Es una declaración de pertenencia. El yo deja de ser frontera para convertirse en tránsito. Pero si hay alguien que llevó esta idea hasta sus últimas consecuencias fue Walt Whitman. En Hojas de hierba, afirma: “Me celebro y me canto a mí mismo… porque cada átomo que me pertenece, te pertenece a ti”. No es narcisismo, es disolución, se expande hasta confundirse con el resto del universo.

También aquí hemos tenido esa forma de mirar. Juan Ramón Jiménez, en su búsqueda obsesiva de lo absoluto, termina encontrando en la naturaleza una suerte de divinidad difusa: “¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!”. Nombrar es comprender, pero también fundirse. Machado, más sobrio, más contenido, lo deja entrever en sus paisajes: “¿Mi corazón está dormido? / ¿Tiene ya musgo el seco río?”. El paisaje no es paisaje, es conciencia; es espejo. Es, en cierto modo, lo mismo. El panteísmo no necesita templos porque todo lo es. No necesita dogmas porque se manifiesta en lo evidente. Está en el rumor de los árboles, en la geometría secreta de los atardeceres, en la certeza —tan antigua como el ser humano— de que no estamos separados de nada. Tal vez por eso incomoda, porque nos obliga a abandonar la comodidad de lo externo, de un Dios al que se le reza desde la distancia y el vacío, y nos enfrenta con una idea más exigente de lo que somos. Quizá no haga falta llamarlo panteísmo. Basta con quedarse un rato más inmerso en la naturaleza. Y escuchar, integrarse con  todo lo demás.


jueves, 26 de marzo de 2026

ALEGRÍA DE HAIKUS EN VILLARRUBIA

 

Tan impactado como emocionado. Invitado al CEIP Azahara de Villarrubia con el programa Escritores docentes para realizar un taller de haikus a dos cursos de 5° de primaria, como tantas veces. Pero todo fue de sorpresa en sorpresa. Conocían ya los haikus y habían leído e ilustrado mis libros. Fue muy fácil trabajar con su motivación. Preguntaron con mucho conocimiento sobre el proceso de creación, sobre Japón o sobre qué ocurre cuando sobra una sílaba. Crearon bellos poemas e ilustraciones y volví cargado de sus regalos. Nunca imaginé que un haiku volara y se posara, como sus cigüeñas, en un aula para brotar con tanto cariño. Gracias a su maestra Isabel Serrano y al colegio por su labor.

lunes, 23 de marzo de 2026

"¿VIVIENDA DIGNA?" (Ideal 22-3-26

 


¿Vivienda digna?

Manuel Molina

 

           En el artículo 47 de la Constitución Española se recoge que “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” y además matiza que  “Los poderes públicos deben promover las condiciones necesarias y establecer normas para hacer efectivo este derecho”. No está mal, ¿verdad? Claro, no se trata de un derecho fundamental (como la libertad de expresión), sino un principio rector de la política social y económica, que no implica que sea exigible ante los tribunales, declaración que si la analizamos tal cual podemos pensar lo que siente cualquier joven que con un incipiente trabajo quiera acceder a una vivienda. Lo tiene muy crudo porque el mercado, ese ente abstracto que decide lo que cuesta una casa, se lo ha puesto muy difícil y ha elevado el coste muy por encima de lo que pueda alcanzar con tan solo su sueldo, salvo que sea afortunado heredero.

           Hace años vivimos una burbuja inmobiliaria que acabó en crisis destruyendo empleo masivamente, provocando una zozobra bancaria que pagamos y no recuperamos, dejando desigualdad social y un mercado de la vivienda que pasó de inversión segura a riesgo. Tengo grabadas dos situaciones de aquellas vacas. Un amigo albañil se jactaba de que solo trabajaba de lunes a jueves y ganaba miles y miles de euros en la costa, tuvo un accidente con su Audi nuevo del que salió ileso y al día siguiente se compró otro, lo disfrutó un tiempo hasta que en cadena quebraron constructoras y el cochazo se lo quedó el banco, como los pisos que construía. Otra anécdota curiosa: una pareja joven con dos nóminas hacía cuentas para comprarse un piso sobre plano en una ciudad andaluza y quedaron para ver el piso piloto con la promotora, les pidieron que si no les importaba que también asistiera un hombre mayor que parecía de campo. Al finalizar la muestra hacían cuentas sobre la hipoteca y sus posibilidades cuando el señor acompañante habló: “a mí póngame tres pisos”. Eran otros tiempos y sabemos cómo acabaron.

           Ahora con encontramos con que ese derecho fundamental se presenta en exceso complicado. Asegura el Banco de España que faltan vivienda, ya saben aquello de la oferta y la demanda, aunque un servidor en su día a día aprecia en su recorrido muchas cerradas. Sí es irrefutable que ha subido el precio de la vivienda de manera desproporcionada en los dos últimos años, el alquiler que podría funcionar como elemento alternativo se ha situado a la par y ha provocado que los jóvenes, sobre todo, vean lo de marcharse de casa como una utopía. Entre otras razones también podemos encontrar los “fondos buitre” o los grandes “tenedores” que acumulan un porcentaje elevado de propiedades. Podrían invertir en bolsa, oro, bitcoins o bien hoteles de lujo y dejar fluir el derecho a una vivienda digna, tal vez los jóvenes no estarían condenados a compartir piso de por vida, salvo herencia, recuerden. Decía Fran Lebowitz que nadie sabe cómo se logra vivir en Nueva York, salvo los caseros. 




lunes, 16 de marzo de 2026

"MALDITAS GUERRAS SIN MUERTOS". (Ideal 15-3-26)

                                                                                                   (Getty images)

Malditas guerras sin muertos

Manuel Molina

 

               Tengo grabada desde que la vi la primera vez una imagen que representa, al menos para mí, la crudeza de una guerra. Se trata de la famosa fotografía conocida como “Napalm Girl”, tomada el 8 de junio de 1972 durante la guerra de Vietnam. La imagen muestra a varios niños huyendo por una carretera después de un bombardeo estadounidense con napalm en un pueblo y se centra en una niña que llora y corre abrasada por el combustible. Aunque existe debate al respecto, parece que la tomó el vietnamita Nick Ut, que trabajaba para la agencia Associated Press. Después de hacer la foto, él mismo llevó a la niña y a otros heridos a un hospital y salvó su vida. La imagen se publicó en periódicos de todo el mundo y se convirtió en una de las fotografías más influyentes del siglo XX. Mostraba con crudeza el sufrimiento de la población civil en la guerra y reforzó el movimiento internacional contra el conflicto. Se aprendió lo que podría denunciar una fotografía y a la vez se tomó nota de lo que no se quería mostrar por parte de quienes masacraban a la población civil.

               Desde la primera Guerra del Golfo nos hemos acostumbrado y hemos admitido que las imágenes generadas en los lugares en guerra se representan y suceden con un escenario, donde con un gran angular caen proyectiles sobre alguna zona, en general ciudades. La sensación produce más similitud con una escena cinematográfica que con la realidad. No aparecen víctimas humanas, como si de una calculada asepsia se tratase y donde de manera casi milimétrica los objetivos militares son destruidos sin causar bajas humanas. El senador americano Hiram Johnson dejó una frase para la historia: “la primera víctima de la guerra es la verdad”. Puso nombre en 1917 a lago que ocurría y sigue sucediéndose. En la maldita guerra de Trump y Netanyahu, como en la de Ucrania, no vemos cuerpos desgarrados y ensangrentados, tan solo nuestra imaginación puede hacerse una idea de que cómo quedó la escuela bombardeada en Teherán o  en las bases atacadas por unos y otros. Da la sensación de que la guerra existe porque un descerebrado con traje y gorra habla todos los días de ella y el precio de la gasolina se eleva cada jornada.

               “Tristes guerras”, escribió el poeta Miguel Hernández. Lo son, aunque parezca que ocurren lejos, sin que nos toque cerca un estallido o la devastación. No se puede compartir una justificación de apoyo a quien decreta por intereses espurios el bombardeo de un país, se queda a la altura mínima de lo canallesco, como apuntó Julio Anguita: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”. Seguiremos, como ocurrió en Vietnam, a la espera de ver cómo se aleja de Irán el ejército dirigido por el primer presidente estadounidense condenado por abuso sexual contra una mujer. Mientras tanto podemos imaginar esas cajas de madera con restos de personas en el vientre de los aviones o esparcidas por la tierra.


domingo, 8 de marzo de 2026

"MUJERES" (Ideal 8-3-26)

 

Mujeres

Manuel Molina

 

           Crecí en un mundo de mujeres y vivo, por fortuna, rodeado de mujeres. Sin lugar a dudas lo que pueda atesorar de bueno se ha forjado en gran parte por esa situación. Fui consciente de mi suerte cuando comencé la convivencia con otras personas fuera de ese mundo, al apreciar que me había convertido en una persona autónoma en casi todo lo que me rodeaba para el día a día y sin embargo, me sorprendía la dependencia de otros, casi siempre hombres, necesitados de todo aquello que no se les había enseñado en casa. En un hogar de hermanas, madre y abuela nunca hubo distingo a la hora de realizar tareas domésticas, de sumar, compartir y disfrutar. Existía una especie de normativa no escrita por la cual tanto limpiar, cocinar, fregar o divertirse se producía por igual entre hombres y mujeres. Cual sería mi sorpresa afuera que incluso tuve un compañero de piso que llamaba a su pareja, chica, para que le limpiara su parte de espacio compartido, ya que su madre se encontraba a distancia o el rizo de los rizos, preguntado si era homosexual porque barría la puerta de mi casa.

           No soporto la vejación o marginación por hecho de que en la entrepierna exista un órgano u otro, como no soporto que se degrade o insulte a una persona por decidir con quien mantiene relaciones sexuales adultas y consentidas o por que se tenga un color de piel u otro, se defienda un mundo más justo o se respeten los animales sin ser objeto de disfrute con su martirio. Me vuelvo beligerante de manera radical en esos asuntos. Y sin embargo, también soy consciente de que me sitúo en el lado menos de moda de nuestro tiempo que se empecina en dar la vuelta a todos los logros adquiridos en esas cuestiones y pregona, expande e intenta volver hacia atrás desde muy variados ámbitos, entre los que destacan las redes sociales, pobladas en número exponencial de retrógrados crecidos, ilustres ignorantes y cizañeros profesionales. Una tropa armada de bulos, micros y retroalimentación que conquista terreno entre los más débiles, los jóvenes, con la apariencia de gracieta y la risa helada de la imitación, al contrario de lo que propugnaba Clara Campoamor: “la libertad se aprende ejerciéndola”.

           Escribía Simone de Beauvoir que “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos” y de un tiempo a esta parte vengo observando que la defensa de los derechos de la mujer se encuentra de manera preocupante en un estado de opinión muy laso, como si ni fuese con ellas, en parte de las adolescentes. No sé si lo habrá provocado el efecto péndulo de haber intentado de manera perseverante educar para que no sucediese. Las jóvenes, como tales, atraviesan la conocida fase de la negación ante lo recibido. Ahora bien no perdamos de vista que también se trata del fruto sembrado, regado y abonado de posiciones ultras que como gota malaya, calan. Son el peor enemigo.


domingo, 22 de febrero de 2026

"LAS DOS ESPAÑAS ACTUALES" (Ideal, 22-2-26)

 



Las dos Españas actuales

Manuel Molina

 

           Algunos días escuchas conversaciones de barra o supermercado y se diría que el país se hunde sin remedio. Todo va mal, todo se derrumba, qué desastre. Luego sales a la calle y ves terrazas llenas, ferias a cascoporro, conciertos de entradas caras, santos celebrantes con su festejo y cumpleaños que parecen bodas. La actual paradoja, convivimos con un discurso airado y un paisaje festivo, como si viviéramos en dos Españas que apenas se miran. La España enfadada es ruidosa. Habla de decadencia, de salarios bajos, de falta de futuro. Tiene motivos para hacerlo, porque el coste de la vida aprieta y la vivienda, sobre todo, se ha convertido en un  quebradero de cabeza. Pero al mismo tiempo hay otra España que consume, viaja, celebra y llena algunos bares mañana y tarde. No se trata solo una impresión personal los datos invitan a pensar que el país vive una etapa de crecimiento moderado, con luces y sombras.

           El salario medio bruto mensual alcanzó en 2024, último estudio del INE,  los 2.385 euros, el mayor de la serie reciente, y subió un 5% respecto al año anterior. La remuneración anual también marcó récord, con más de 27.500 euros por trabajador. El salario mínimo, además, ha crecido en términos reales desde 2021 y se sitúa por encima del 60% del salario mediano, un nivel relevante dentro de la OCDE. No parecen cifras de euforia, pero tampoco dibujan un país en ruina. La macroeconomía no acompaña ese relato catastrofista. España mantiene tasas de crecimiento superiores a la media europea y ha reducido el peso de la deuda pública sobre el PIB gracias al dinamismo económico. Mientras tanto, el consumo interno sigue tirando del carro y el gasto de los hogares ha alcanzado un récord histórico, con especial aumento en actividades recreativas y servicios culturales. Dicho de otra forma: las familias gastan más y una parte creciente de ese gasto se destina al ocio. Aquí aparece la segunda España, la que no protesta sino que sale. La que llena estadios, procesiones, festivales o simples verbenas de barrio. La que se queja en redes sociales pero reserva mesa para el sábado. Quizás su circunstancia sea convivir con la incertidumbre sin renunciar a la celebración.

           No me considero iluso y también percibo grietas serias. La desigualdad territorial, el precio de la vivienda o la precariedad juvenil sostienen el malestar. Y este no resulta fingido. Tal vez la explicación sea más simple, la economía mejora en términos generales, pero no lo hace al mismo ritmo para todos. En el fondo, las dos Españas no son tanto ideológicas, sino de variante emocional. Una mira los titulares y se indigna, otra mira el calendario y busca el próximo puente. Entre ambas discurre la realidad, que nunca es tan negra ni tan festiva como parece. Y así seguimos: quejándonos de todo mientras brindamos por casi cualquier cosa. Porque, pese a todo, este país tiene una extraña vocación de fiesta incluso cuando cree que no tiene motivos.

 

 



lunes, 16 de febrero de 2026

"LOS MONSTRUOS AFABLES" (Ideal, 15-2-26)

 



Los monstruos afables

Manuel Molina

 

           En nuestras calles anhelantes de luminosidad, en los patios donde se saludan los vecinos con cierta educación o en los pasillos de cualquier oficina puede que habiten sin señales previas, algunos de esos monstruos discretos que la literatura o el periódico no suele retratar porque carecen de colmillos y de capas negras. Hombres y mujeres que comparten espacio y tiempo con nosotros, que sonríen, que ayudan a cargar la compra o que invitan en las fiestas del barrio. Y, sin embargo, ejercen un mal silencioso y persistente sobre otros seres humanos a los que van empequeñeciendo. Tan solo sabemos de ellos un día en que nos paraliza la noticia pública de lo que a lo largo del tiempo han llevado a cabo y no damos crédito que sea esa persona, nos produce una inquietante pregunta: ¿por qué no supe verlo? Ejercen el arte de parecer ejemplares mientras convierten la vida ajena en un terreno baldío. La maldad, cuando se viste de normalidad, resulta más peligrosa que cuando se exhibe sin pudor.

           La hemeroteca andaluza ofrece ejemplos estremecedores de esa dualidad. Basta recordar a José Bretón, que durante tiempo proyectó una imagen de padre normal antes de que el horror revelara su verdadero rostro. O el caso de Ana Julia Quezada, que convivía con la familia de su víctima mientras sostenía una mentira monstruosa. En ambos episodios, la comunidad quedó paralizada ante la evidencia de que el mal no siempre se anuncia, a veces se disfraza de rutina y de aparente cordialidad. También  la desgracia de Marta del Castillo nos recuerda que los agresores no suelen llevar escrito en la frente lo que son. Muchos de ellos compartían risas, confidencias y vida cotidiana con quienes terminaron traicionando de la forma más cruel. Esa cercanía previa es lo que convierte el descubrimiento en una herida doble: duele el crimen y duele la mentira prolongada.

           Todo este asunto se me remueve al leer una inquietante entrevista realizada a Gisèle Pericot, La francesa que ha logrado reconstruir su vida tras la condena a su marido a veinte años de cárcel por violarla, drogarla y reclutar a hombres para que abusaran sexualmente de ella durante diez años. Esta víctima no acepta que sea llamado “monstruo” el que ejerciera tanto mal con el argumento de que comparten hijos y nietos, de hecho no ha renunciado al apellido. Tiene derecho a no ser juzgada por ello, pero trasluce el poder que ejerce el bárbaro. Sin embargo, no olvidemos el mérito de esta mujer que abrió las puertas del juzgado para que se cambiara de bando la vergüenza y así los los cincuenta y un violadores de una mujer sedada fuesen los señalados, no la víctima. Quizá por eso el verdadero desafío no sea detectar al monstruo excepcional, sino aprender a escuchar los silencios incómodos de quienes la sufren. Solo cuando alguien se atreve a romper ese decorado comprendemos que la monstruosidad más temible no es la que ruge, sino la que sonríe mientras destruye en voz baja

"PANTEÍSMO" Ideal 29-3-26

  Panteísmo Manuel Molina Cada vez me alejo más del ruido y de la hipérbole por la que se ha optado en la Semana Santa (365 días), me ade...