domingo, 20 de septiembre de 2026

"LOS QUE NO SALEN EN PISA" (Ideal 20-9-26)

Los que no salen en PISA/> Manuel Molina/> He tenido la suerte de impartir docencia en casi todos los niveles educativos y a lo largo de los años siempre he conocido alguien que ha realizado un extraordinario esfuerzo para alcanzar la meta de superar un curso o un nivel educativo. He presenciado lágrimas tanto por la adversidad como por la alegría, después de darlo todo en largas noches o en intempestuosas madrugadas, en el intento de no robar tiempo al ocio, al trabajo, o a la familia. Palabras como “superado” o “suficiente” se convierten en júbilo tras atravesar la aridez del “no puedo” o el “no lo entiendo”. Y en esas diatribas se desarrolla el querer y poder, que desterrona el conocimiento hasta ablandarlo. Tanto en Daniel Pennac en «Mal de escuela» y María Zambrano, cuando se acerca a la idea de docencia, el profesor aparece no como alguien que simplemente transmite contenidos, sino como quien abre posibilidad para que el alumnado pueda acercarse al conocimiento. Me he reconocido en esa perspectiva, a la vez que era consciente de que no debe constituirse en imperativo, sino que proviene de algo vocacional. Quienes más me han sorprendido en el estudio y en el desarrollo de su tránsito por el sistema educativo siempre han sido las personas adultas. Quizás porque mi propia madre fue una de ellas y hasta los sesenta años no pudo acceder a una enseñanza reglada y obtener un título de enseñanza elemental. Decía Josefina Aldecoa que la educación es un proceso que no termina nunca y llevaba razón, a lo que añadiría que se debe contemplar la posibilidad de poder iniciarse. Debe ser un derecho porque uno de sus beneficios reside en que supone clave para la liberación y el cambio social. Por eso, me produce felicidad encontrar a personas mayores en un aula. Tengo un gratísimo recuerdo de mis alumnas de la universidad de mayores, que después de tantos años siguen felicitándome en mi cumpleaños y recuerdo cómo corrían las lágrimas al recibir la banda de su graduación. También recuerdo el abrazo, título en mano, de quien tanto luchó contra sirenas, desvelos y destino para ser bachiller con la contrariedad –según creía- de la edad. También a quien no entendía una palabra de castellano cuando llegó al instituto y acabó graduada en la universidad. Recuerdo, cómo no, a quien tuve al lado con una hija muy pequeña y los mechones de pelo cayendo sobre los libros como consecuencia de la quimioterapia, que no impidieron obtener un grado a distancia. Todas esas personas no aparecen en el informe PISA, que tan desagradables resultados ofrece. ¿Cómo se ponderarían la superación de adversidades y la perseverancia en un objetivo que conduce a una titulación? En el registro de su certificación aparecerán escuetas palabras sin la literatura que podría acompañar como reconocimiento: tesón, voluntad, dedicación, entereza y un largo etcétera. Qué suerte estar ahí. Como escribió Unamuno: “ No son las palabras sino la propia vida del maestro la que obra como imán y poderoso acicate». Ojalá haya sido un poco así.

domingo, 13 de septiembre de 2026

"INFORME PISA: APOCALIPSIS Y BUENISMO" (Ideal 14-9-26)

Informe PISA: apocalipsis y buenismo Manuel Molina/>
Qué trajín de opiniones ha generado el último informe de la OCDE sobre educación, donde hemos pegado un batacazo considerable, aunque se veía venir, en comprensión lectora, Matemáticas o Lengua. Los resultados desde hace tiempo siempre mostraban, desde el supuesto que se analiza, que se iba hacia abajo, sin percibir mejoría. Encontrarán en medios de comunicación, tertulias y redes sociales, la opinión y análisis de expertos, de políticos o de alguien que pasaba por allí. Unos ven casi el fin de la civilización y otros que no pasa nada. En mitad el gris, que también es una opción. Y ocurre lo mismo que con los documentos desclasificados por el gobierno sobre lo ocurrido en lo ocurrido en la frontera de Ceuta. Los “papeles” son los mismos y cada cual ve en ellos una perspectiva. Según los datos del informe educativo podemos deducir que lo valorado ha obtenido malas notas, que nuestros jóvenes no entienden lo que leen y que a duras penas logran defenderse en conceptos lingüísticos o en operaciones matemáticas. Esa es la realidad. La escuela siempre se muestra como un reflejo de la sociedad que la rodea. No podemos apreciarla como lugar descontaminado de la influencia exterior, y por tanto, lo que en ella ocurre no es ni más ni menos que la permeabilidad que llega desde fuera. El pedagogo John Dewey en My Pedagogic Creed ya lo apreciaba a final del siglo XIX y Paulo Freire más adelante lo enunciaba así de clarito: “lo que sucede fuera del aula [la familia, los medios de comunicación, las redes sociales, la política, los conflictos sociales o los valores dominantes] acaba entrando en el aula y modificando las conductas y las relaciones educativas”. Vivimos con la cabeza doblada sobre una pantalla, pendientes de un móvil que nos ha cambiado el sistema de comunicación y de información. El hipertexto de la pantalla digital es líquido (Bauman) en el sentido de que es inasible y disperso. Hagan autoevaluación y fíjense donde acaban, aunque pretendieran tan solo consultar si les había tocado un cupón de lotería. Somos guiados con mensajes breves hacia la horizontalidad de información. Resulta muy difícil pararse y reflexionar; no digamos comprender. Pues eso hacen los adolescentes evaluados. Se achaca a los jóvenes que no leen y en un porcentaje elevado así es. La lectura requiere esfuerzo, paciencia y silencio. Una tríada totalmente contraria a lo que un adolescente recibe, y además su cerebro se va moldeando con un sistema cognitivo alejada de esa actividad. Comprender es la base de entender y esto lleva al pensamiento crítico, que en todas las leyes educativas que florecen cada pocos años, según quien gobierne, se convierte en un objetivo final. Pero la realidad se desliza hacia la traición y quienes diseñan esas leyes y quienes las promueven, nunca tiene en cuenta a quienes las llevan a la práctica. De aquellos polvos, estos lodos, dice el refrán. Y continuamos hacia otra caída. Tratar el asunto con la seriedad necesaria requeriría tiempo, pero no tenemos.

domingo, 6 de septiembre de 2026

"LA VUELTA AL COLE" (Ideal, 6-9-26)

Vuelta al cole/>
Manuel Molina/>
Platón era conservador, defendía que la educación fuese virtud –en sentido griego- y su principal función residía en preparar futuros “buenos ciudadanos”. Visto así resulta convincente y asertivo, si no fuese porque el término bondad abordado desde la filosofía, resulta muy voluble. Séneca acudía a ella por confiar más que en la palabra, Montaigne en su escepticismo lo relacionaba en la confianza con la bondad ajena, el propio Unamuno, en un arrebato humanista, lo relacionaba con el poder y el Dalai Lama y su buen rollito igualaba religión y bondad. De todos ellos me quedo con el racional Kant: “no hay nada bueno sin restricción, tan solo buena voluntad”. Me he hecho mayor y la perspectiva, pesa. Pero queríamos hablar de la vuelta al cole, no vaya a irse el hilo por los cerros de Úbeda, por cierto, qué paisaje tan bello. Una señora, con orgullo, lleva a su retoño a una manifestación para apoyar a Ceuta. No creo que nadie en su sano juicio deje de apoyar a Ceuta por lo que le ha caído. Esta mujer viste el equipo –ella y él- de bandera nacional y todos sus complementos, está en su derecho, y crea dos pancartas junto al retoño -unos ocho o nueve años- con caligrafía titubeante y colorines. Ella: “España no se vende, España se defiende”. Lo ha clavado, ¿quién puede estar en contra de semejante declaración de principios? Pero se la ha ido la mano con el chiquillo y este en su amor materno e inocencia porta una cartulina con la siguiente expresión: “Perro Sánchez, hijo de puta”. Vaya. Una cámara se acerca y los enfoca, la madre percibe la oportunidad de entrar en cuadro y pese a que los acompañantes no corean ella se arranca para que el infante la siga: “Pedro Sánchez, hijo de puta”. Varias veces. La criatura en su mímesis maternal la acompaña. Sonríen. Misión cumplida. Satisfacción. Queridas maestras, queridos maestros. La cara del niño está pixelada, pero la de la madre, no. Quien tenga la desgracia ya sabe lo que le toca, sea en la pública, que casi como que no, en la concertada, que tendrá que tragarlo sí o sí, y no te digo en la privada. Carne constante de tutoría. En las dos últimas será digerible por imposición, en la primera tal vez alguien le recuerde al magistral Fernando Fernán Gómez. Si han llegado hasta aquí supongo que intuyen un panegírico del presidente del gobierno. Pues no. Lo simplificaré. Se trata de mostrar lo que enseñanza debe soportar como ente permeable de la sociedad, de cómo la bondad que se presuponía hace tiempo se ha quitado la máscara y la intolerancia, a la vez que la impresentabilidad, campan a sus anchas. La bondad no es amable, ni, por supuesto, ufana. Los Whatsapp los carga el diablo y ustedes desde una trinchera resistirán el envite. Esa madre del enxiemplo pertenece a uno, como tantas personas y no dudará en pensar, si tercia que son…

domingo, 23 de agosto de 2026

"GENTE SENCILLA QUE ALEGRA" (Ideal 23-8-26"

Gente sencilla que alegra />
Existen personas que hacen el bien sin necesidad de llamar la atención. Si uno se fija un poco, se da cuenta de que mucho de lo que funciona a nuestro alrededor lo hace porque ellos ponen ese pequeño extra que nadie les pide. Huyo del calor hace tiempo y me desplazo parte del verano a un pequeño pueblo del norte. Allí conocí la generosidad de sus pocos habitantes, pegamos la hebra, me enseñan cosas del campo, del tiempo, incluso me hablan de sus vidas. Pregunto para saber sin acercarme a la pesadez y lo disfruto. Gente sencilla que por la tarde deja en mi puerta dulces vainas, como llaman a las judías verdes, tomates exquisitos, pimientos verdes relucientes o enormes calabacines. No dicen nada, lo dejan. Correspondo con aceite y dulces. Hablando con uno de ellos, me dijo que estaba contento de que yo fuese, porque allí ya no iba nadie y acompañando su labor en la huerta me dijo un día algo que guardo: “a mí me gusta hacer, siempre hay algo que hacer, aunque sea hoy charlar contigo”. Admiro cuando un camarero recuerda cómo toma el café un cliente, la enfermera que, además de hacer bien su trabajo, dedica dos minutos a tranquilizar a quien tiene miedo, el funcionario que explica por segunda vez un trámite al ciudadano que no lo entiende, la cajera que guarda una sonrisa incluso cuando lleva tantas horas detrás de la caja, el vecino que baja la basura donde corresponde y te saluda. Todos los he visto hoy y me han hecho reflexionar. Algunos dirán que son cosas pequeñas. Exacto. Vivimos en una época de ruido. Todo parece necesitar una declaración, una fotografía, un aplauso o un reconocimiento inmediato. Incluso hemos convertido la bondad en algo que se puede compartir como contenido. Quizá por eso valoramos a las personas que siguen haciendo bien su trabajo cuando nadie las ve. No desde lo notable, sino porque han entendido algo básico como que trabajar así también es una forma de cuidar a los demás. Saint-Exupéry escribió en El Principito que “lo esencial es invisible a los ojos”. La frase se ha vuelto un lugar común, nos sigue, pero no deja de ser cierta solo porque la repitamos mucho. También dijo que somos responsables de lo que hemos cuidado. Ahí está tal vez el punto clave, ya que una sociedad no se mantiene solo con leyes o normas. Se sostiene con miles de pequeñas responsabilidades que se cumplen cada día. No se trata de decir que vamos a hacer el bien ni de explicar nuestras intenciones. Alegran los que llegan a tiempo, cumplen, ayudan, escuchan o resuelven. Si pueden, ponen además un poco de simpatía donde otros pondrían indiferencia. No cambiarán el mundo de un momento a otro, aunque logran algo más cercano y quizá más importante como hacer que ese mundo de quienes se cruzan con ellos sea un poco mejor. Y eso, en tiempos de tanto estrépito, ya es bastante revolucionario y signo de paz.

lunes, 17 de agosto de 2026

"CLISAOS" Ideal, 8-26

Clisaos Manuel Molina/>
Existen palabras que contienen un rastro poético en su etimología. Una de ellas puede ser “clisao” o la variante “crisao”. Su origen arranca de una evolución fonética a la vez que metafórica de “eclipse” y refiere tanto en algunas zonas de Andalucía como de Extremadura a dos variantes léxicas; por un lado, a una persona muy fija y concentrada en algo, y por otro lado, a alguien incapaz de reaccionar por algún motivo. Tal vez el sinónimo más cercano sea obnubilado. Alvar Ezquerra en su Tesoro léxicos de las hablas andaluzas lo recoge. Mi madre era muy dada a utilizarla para avivar cuando te apreciaba pensando en las musarañas y requería de tu atención. Lo vivido con el eclipse del día 12 de agosto, aún reciente, puede que contenga también algo poético al observar cómo la luna va tapando el sol poco a poco hasta oscurecer ese círculo tan potente. Reconozco que me emocionó, junto a las personas con las que compartí el momento. De hecho, me ha servido como excusa para poder conectarme con un grupo familiar disperso por todo el territorio nacional sin que mediara una pandemia. Sin embargo, a la par que la emoción vivida también nos dejó una refriega social, como todo lo que ocurre que sea llamativo. Me resulta alucinante que hasta el avistamiento de un eclipse se convierta en materia política y se intente sembrar el odio ya cotidiano y el banderismo panfletario, para intentar sacar un rédito político en una situación de tanta falta de oxígeno democrático. Asistí perplejo a la campaña en redes acusando al gobierno de promocionar el fenómeno del eclipse supuestamente para tapar su labor, llegó incluso a sorprenderme que alguien con cargo político caracterizado por la mesura y el alejamiento del ruido de las redes sociales cayera en la trampa y compartiera un bulo tal que así: “el eclipse es un invento de la agenda 20/30 y los progres wokers… está dentro de los planes de Sánchez”. Lo quitó pronto pero ya había capturas y le han sacado los colores. El dedo digital es de gatillo fácil y muy traicionero. Como esos anónimos audios de oncólogos o internistas alarmando de los refuerzos en hospitales para las posteriores quemaduras de córneas y retinas. En verdad, lo que yo aprecié desde mi atalaya montesa fue un momento mágico, que además en ese instante contenía a la par una alineación de seis planetas con el sol, que me unía en el tiempo a mayas y otras civilizaciones que se sintieron fascinadas por estos fenómenos. Me conmovió a medida que la luna se situaba delante del sol lo que me contara el astrofísico, Rafael Luque, reciente premio de Girona de investigación, cómo comenzó con sutilidad a moverse el aire, los pajarillos se recogían y la luz se atenuaba para luego volver a su fulgor. Y me encantó sentirme impelido que diría el Nobel Vicente Aleixandre entre gente, como domingueros con sus sillas, mesas y neveras, disfrutando la vida aunque a algunos eso les reviente. Qué bien se está clisao.

martes, 28 de julio de 2026

"MALETAS SIN DUEÑO" DE DORI DELGADO

Maletas sin dueño Dori Delgado (Ediciones esdrújula)/>
Manuel Molina González/>
Tengo dos recuerdos de maletas viejas y las dos tienen en común que representan a quienes fueron obligados a salir de su tierra y acabaron en otra extraña o en una cámara de gas. La primera la conforma un apilamiento de maletas que representan a todos aquellos que tuvieron que dejar un país tras una guerra fratricida, se encuentran ubicadas en la casa natal del que fuera presidente de la segunda república española, Niceto Alcalá-Zamora. La segunda fue de más difícil visión, de conmoción, y está situada en un espacio del campo de concentración de Auschwitz. Quienes llegaban nunca eran conscientes de que al entregar esa maleta donde guardaban todo lo que tenían, ya nunca más la recuperarían. La maleta también ha sido un símbolo de nuestra emigración, de quienes debían dejar atrás el terruño para partir con ese elemento donde se guardaba la ropa, los miedos y la incertidumbre. Algunas volvieron. Las maletas de Dori en realidad no aparecen explícitas, pero se presuponen en algunos momentos por parte de quienes se desplazan para intentar una vida mejor, ya sea como jornaleros, trabajadores o estudiantes. En muchos personajes existe el denominador común del intento, tan humano, de mejoría. Nos ofrece un libro de relatos, que en apariencia pueden resultar misceláneos, pero existen varios denominadores comunes que aglutinan, casi todos los personajes son humildes, trabajadores, con sus sombras y luces. Lejos de intentar estar presente y opinar la autora ha decidido simplemente darles voz, los acompaña como si fuese una técnica documental o de cámara al hombro, de hecho incluso la introducción o narración de algunas se ofrece desde una perspectiva masculina. Interesa transmitir tan solo lo que ocurre. Todo ello sin recoger velas ante el hecho de que una parte de quienes se nos presentan no sean lo que se espera de ellos, como la vida misma. Existe un motor también que produce horizontalidad, la educación como medio para la mejora, pero también como una característica positiva de quienes incluso sin poder acceder a ella la sienten como necesaria. La autora nos lleva en esa especie de “documental” por las tierras del altiplano granadino o su costa y da pie a la entrada en escena para que nos cuenten de una manera sencilla, con una prosa pulida y limpia, por qué se van, por qué intentan volver, por qué no saben gestionar la emoción que nadie les enseñó y los sobrepasa en ocasiones. También nos lleva a la frontera de un cambio que sobrepasó e incluso expulsó a gente del campo a la ciudad, de una forma de vida que tras siglos feneció. No se trata de un ejercicio de melancolía sino de llevar el foco de atención a ese momento. También el papel de la mujer desde el punto de vista intergeneracional resulta muy interesante. En los relatos de Dori, muchos de ellos ganadores de certámenes, también destaca desde el punto de vista formal la sencillez, como parte también correlativa al mundo que ocupa el contenido. Llama la atención la frase corta, la descarga adjetival que multiplica el sentido narrativo de lo que ocurre, más que la perspectiva de cómo ocurre. Los personajes se expresan por sí mismos y se nos dan a conocer por sus palabras, de hecho en algún momento se permite la licencia de imitar la oralidad porque así la atmósfera narrativa se enriquece. Está clavada esa expresión tan genuina de unan parte de Andalucía, “esjraciao”. La musicalidad se presenta no solo en algún relato de manera referencial sino en el ritmo de la prosa, con una melodía sencilla y reiterativa, con algunas variantes pero con cierta continuidad, que alcanza un ritmo cercano a lo popular, a lo reconocible y cercano, como los propios personajes. En definitiva, un libro para leer quizás en la tranquilidad veraniega, para ir conociendo y reconociendo algunos de esos personajes, que nos recuerdan a alguien en un momento que atravesamos y se sentaron a nuestro lado en las alsinas, compraron en un ultramarinos, llegaban de las labores del campo o supimos que se marchaban del pueblo con su maleta de madera y tela. Merece la pena su lectura.

domingo, 26 de julio de 2026

"EL FUEGO Y EL RUIDO" (Ideal 26-7-26)

El fuego y el ruido. Cada verano el fuego nos devuelve a la misma escena: arden los montes y, casi al mismo tiempo, arden las palabras. Apenas ha comenzado un incendio cuando ya se han levantado trincheras donde deberían alzarse preguntas. La velocidad de la indignación suele superar a la del conocimiento. Hace dos días asistí al estreno de una película, “Los creyentes” con José Coronado de protagonista, donde refleja una realidad del modo en que hoy se construyen las certezas, al margen de la evidencia. Curiosa. Nunca fue tan fácil encontrar quien confirme nuestras ideas, aunque sean falsas. Las redes sociales han convertido la opinión en un refugio confortable donde los hechos apenas importan. Como escribió Daniel Patrick Moynihan: “Todo el mundo tiene derecho a su propia opinión, pero no a sus propios hechos.” Conviene recordarlo cuando el humo todavía no ha abandonado el horizonte. No soy ingeniero forestal ni climatólogo. Precisamente por eso procuro hacer lo único razonable, como preguntar a quienes llevan décadas estudiando el problema y acudir a la ciencia antes que al eslogan o la paranoia. Los especialistas repiten desde hace años que los incendios no se apagan únicamente en verano, se previenen durante el invierno. Gestionar el monte, limpiar el sotobosque, recuperar usos tradicionales, planificar, invertir y asumir que el cambio climático modifica las condiciones en las que vivimos forman parte de una misma respuesta. Sin embargo, la política parece preferir el combustible de la demagogia. Resulta difícil aceptar que todavía haya quien señale a los «comunistas» como responsables de los incendios mientras comparte proyecto con quienes niegan la evidencia científica del calentamiento global o minimizan la crisis ambiental. Hay una contradicción que no cabe ocultar bajo el humo. Tampoco ayuda acudir al escenario de la tragedia “disfrazada” a medio camino entre Lara Croft y Dora la Exploradora, con un cartel casi más grande que el chaleco, dispuesto a lanzar consignas delante de las cámaras mientras detrás siguen trabajando quienes arriesgan la vida entre llamas y han sido ninguneados. La propaganda nunca ha extinguido un incendio. El fuego exige otra actitud. Pide serenidad antes que espectáculo y conocimiento antes que consignas. Porque un bosque tarda décadas en crecer y apenas unas horas en desaparecer. También la confianza pública se consume cuando convertimos cada catástrofe en un plató. Albert Camus escribió que “nombrar mal las cosas es aumentar la desgracia del mundo”. Quizá esa sea la primera tarea, llamar a las cosas por su nombre. Un incendio forestal es un fenómeno complejo donde confluyen abandono rural, gestión del territorio, condiciones meteorológicas extremas, intereses humanos y una realidad climática que ya no admite demasiadas discusiones serias. Simplificarlo para obtener un titular o un puñado de votos equivale a echar gasolina sobre las brasas. Tal vez el fuego sí empiece a apagarse en invierno, como repiten quienes conocen el monte, pero el incendio de las palabras solo comenzará a extinguirse cuando aprendamos que hay momentos en los que el silencio y el conocimiento iluminan mucho más que cualquier hoguera política.

"LOS QUE NO SALEN EN PISA" (Ideal 20-9-26)

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