Mujeres
Manuel Molina
Crecí en un mundo de mujeres y vivo,
por fortuna, rodeado de mujeres. Sin lugar a dudas lo que pueda atesorar de
bueno se ha forjado en gran parte por esa situación. Fui consciente de mi
suerte cuando comencé la convivencia con otras personas fuera de ese mundo, al
apreciar que me había convertido en una persona autónoma en casi todo lo que me
rodeaba para el día a día y sin embargo, me sorprendía la dependencia de otros,
casi siempre hombres, necesitados de todo aquello que no se les había enseñado
en casa. En un hogar de hermanas, madre y abuela nunca hubo distingo a la hora
de realizar tareas domésticas, de sumar, compartir y disfrutar. Existía una
especie de normativa no escrita por la cual tanto limpiar, cocinar, fregar o
divertirse se producía por igual entre hombres y mujeres. Cual sería mi
sorpresa afuera que incluso tuve un compañero de piso que llamaba a su pareja,
chica, para que le limpiara su parte de espacio compartido, ya que su madre se
encontraba a distancia o el rizo de los rizos, preguntado si era homosexual
porque barría la puerta de mi casa.
No soporto la vejación o marginación
por hecho de que en la entrepierna exista un órgano u otro, como no soporto que
se degrade o insulte a una persona por decidir con quien mantiene relaciones
sexuales adultas y consentidas o por que se tenga un color de piel u otro, se defienda
un mundo más justo o se respeten los animales sin ser objeto de disfrute con su
martirio. Me vuelvo beligerante de manera radical en esos asuntos. Y sin
embargo, también soy consciente de que me sitúo en el lado menos de moda de
nuestro tiempo que se empecina en dar la vuelta a todos los logros adquiridos
en esas cuestiones y pregona, expande e intenta volver hacia atrás desde muy
variados ámbitos, entre los que destacan las redes sociales, pobladas en número
exponencial de retrógrados crecidos, ilustres ignorantes y cizañeros
profesionales. Una tropa armada de bulos, micros y retroalimentación que
conquista terreno entre los más débiles, los jóvenes, con la apariencia de gracieta
y la risa helada de la imitación, al contrario de lo que propugnaba Clara
Campoamor: “la libertad se aprende ejerciéndola”.
Escribía Simone de Beauvoir que “el
opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios
oprimidos” y de un tiempo a esta parte vengo observando que la defensa de los
derechos de la mujer se encuentra de manera preocupante en un estado de opinión
muy laso, como si ni fuese con ellas, en parte de las adolescentes. No sé si lo
habrá provocado el efecto péndulo de haber intentado de manera perseverante
educar para que no sucediese. Las jóvenes, como tales, atraviesan la conocida
fase de la negación ante lo recibido. Ahora bien no perdamos de vista que
también se trata del fruto sembrado, regado y abonado de posiciones ultras que
como gota malaya, calan. Son el peor enemigo.
