domingo, 6 de septiembre de 2026
Platón era conservador, defendía que la educación fuese virtud –en sentido griego- y su principal función residía en preparar futuros “buenos ciudadanos”. Visto así resulta convincente y asertivo, si no fuese porque el término bondad abordado desde la filosofía, resulta muy voluble. Séneca acudía a ella por confiar más que en la palabra, Montaigne en su escepticismo lo relacionaba en la confianza con la bondad ajena, el propio Unamuno, en un arrebato humanista, lo relacionaba con el poder y el Dalai Lama y su buen rollito igualaba religión y bondad. De todos ellos me quedo con el racional Kant: “no hay nada bueno sin restricción, tan solo buena voluntad”. Me he hecho mayor y la perspectiva, pesa. Pero queríamos hablar de la vuelta al cole, no vaya a irse el hilo por los cerros de Úbeda, por cierto, qué paisaje tan bello.
Una señora, con orgullo, lleva a su retoño a una manifestación para apoyar a Ceuta. No creo que nadie en su sano juicio deje de apoyar a Ceuta por lo que le ha caído. Esta mujer viste el equipo –ella y él- de bandera nacional y todos sus complementos, está en su derecho, y crea dos pancartas junto al retoño -unos ocho o nueve años- con caligrafía titubeante y colorines. Ella: “España no se vende, España se defiende”. Lo ha clavado, ¿quién puede estar en contra de semejante declaración de principios? Pero se la ha ido la mano con el chiquillo y este en su amor materno e inocencia porta una cartulina con la siguiente expresión: “Perro Sánchez, hijo de puta”. Vaya. Una cámara se acerca y los enfoca, la madre percibe la oportunidad de entrar en cuadro y pese a que los acompañantes no corean ella se arranca para que el infante la siga: “Pedro Sánchez, hijo de puta”. Varias veces. La criatura en su mímesis maternal la acompaña. Sonríen. Misión cumplida. Satisfacción.
Queridas maestras, queridos maestros. La cara del niño está pixelada, pero la de la madre, no. Quien tenga la desgracia ya sabe lo que le toca, sea en la pública, que casi como que no, en la concertada, que tendrá que tragarlo sí o sí, y no te digo en la privada. Carne constante de tutoría. En las dos últimas será digerible por imposición, en la primera tal vez alguien le recuerde al magistral Fernando Fernán Gómez. Si han llegado hasta aquí supongo que intuyen un panegírico del presidente del gobierno. Pues no. Lo simplificaré. Se trata de mostrar lo que enseñanza debe soportar como ente permeable de la sociedad, de cómo la bondad que se presuponía hace tiempo se ha quitado la máscara y la intolerancia, a la vez que la impresentabilidad, campan a sus anchas. La bondad no es amable, ni, por supuesto, ufana. Los Whatsapp los carga el diablo y ustedes desde una trinchera resistirán el envite. Esa madre del enxiemplo pertenece a uno, como tantas personas y no dudará en pensar, si tercia que son…
domingo, 23 de agosto de 2026
"GENTE SENCILLA QUE ALEGRA" (Ideal 23-8-26"
lunes, 17 de agosto de 2026
"CLISAOS" Ideal, 8-26
martes, 28 de julio de 2026
Tengo dos recuerdos de maletas viejas y las dos tienen en común que representan a quienes fueron obligados a salir de su tierra y acabaron en otra extraña o en una cámara de gas. La primera la conforma un apilamiento de maletas que representan a todos aquellos que tuvieron que dejar un país tras una guerra fratricida, se encuentran ubicadas en la casa natal del que fuera presidente de la segunda república española, Niceto Alcalá-Zamora. La segunda fue de más difícil visión, de conmoción, y está situada en un espacio del campo de concentración de Auschwitz. Quienes llegaban nunca eran conscientes de que al entregar esa maleta donde guardaban todo lo que tenían, ya nunca más la recuperarían. La maleta también ha sido un símbolo de nuestra emigración, de quienes debían dejar atrás el terruño para partir con ese elemento donde se guardaba la ropa, los miedos y la incertidumbre. Algunas volvieron.
Las maletas de Dori en realidad no aparecen explícitas, pero se presuponen en algunos momentos por parte de quienes se desplazan para intentar una vida mejor, ya sea como jornaleros, trabajadores o estudiantes. En muchos personajes existe el denominador común del intento, tan humano, de mejoría. Nos ofrece un libro de relatos, que en apariencia pueden resultar misceláneos, pero existen varios denominadores comunes que aglutinan, casi todos los personajes son humildes, trabajadores, con sus sombras y luces. Lejos de intentar estar presente y opinar la autora ha decidido simplemente darles voz, los acompaña como si fuese una técnica documental o de cámara al hombro, de hecho incluso la introducción o narración de algunas se ofrece desde una perspectiva masculina. Interesa transmitir tan solo lo que ocurre. Todo ello sin recoger velas ante el hecho de que una parte de quienes se nos presentan no sean lo que se espera de ellos, como la vida misma.
Existe un motor también que produce horizontalidad, la educación como medio para la mejora, pero también como una característica positiva de quienes incluso sin poder acceder a ella la sienten como necesaria. La autora nos lleva en esa especie de “documental” por las tierras del altiplano granadino o su costa y da pie a la entrada en escena para que nos cuenten de una manera sencilla, con una prosa pulida y limpia, por qué se van, por qué intentan volver, por qué no saben gestionar la emoción que nadie les enseñó y los sobrepasa en ocasiones. También nos lleva a la frontera de un cambio que sobrepasó e incluso expulsó a gente del campo a la ciudad, de una forma de vida que tras siglos feneció. No se trata de un ejercicio de melancolía sino de llevar el foco de atención a ese momento. También el papel de la mujer desde el punto de vista intergeneracional resulta muy interesante.
En los relatos de Dori, muchos de ellos ganadores de certámenes, también destaca desde el punto de vista formal la sencillez, como parte también correlativa al mundo que ocupa el contenido. Llama la atención la frase corta, la descarga adjetival que multiplica el sentido narrativo de lo que ocurre, más que la perspectiva de cómo ocurre. Los personajes se expresan por sí mismos y se nos dan a conocer por sus palabras, de hecho en algún momento se permite la licencia de imitar la oralidad porque así la atmósfera narrativa se enriquece. Está clavada esa expresión tan genuina de unan parte de Andalucía, “esjraciao”. La musicalidad se presenta no solo en algún relato de manera referencial sino en el ritmo de la prosa, con una melodía sencilla y reiterativa, con algunas variantes pero con cierta continuidad, que alcanza un ritmo cercano a lo popular, a lo reconocible y cercano, como los propios personajes.
En definitiva, un libro para leer quizás en la tranquilidad veraniega, para ir conociendo y reconociendo algunos de esos personajes, que nos recuerdan a alguien en un momento que atravesamos y se sentaron a nuestro lado en las alsinas, compraron en un ultramarinos, llegaban de las labores del campo o supimos que se marchaban del pueblo con su maleta de madera y tela. Merece la pena su lectura.
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