Manuel Molina Glez
molina.glez@gmail.com
jueves, 26 de marzo de 2026
ALEGRÍA DE HAIKUS EN VILLARRUBIA
lunes, 23 de marzo de 2026
"¿VIVIENDA DIGNA?" (Ideal 22-3-26
¿Vivienda digna?
Manuel Molina
En el artículo 47 de la Constitución
Española se recoge que “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una
vivienda digna y adecuada” y además matiza que
“Los poderes públicos deben promover las condiciones necesarias y
establecer normas para hacer efectivo este derecho”. No está mal, ¿verdad?
Claro, no se trata de un derecho fundamental (como la libertad de expresión),
sino un principio
rector de la política social y económica, que no implica que sea exigible ante los
tribunales, declaración que si la analizamos tal cual podemos
pensar lo que siente cualquier joven que con un incipiente trabajo quiera
acceder a una vivienda. Lo tiene muy crudo porque el mercado, ese ente
abstracto que decide lo que cuesta una casa, se lo ha puesto muy difícil y ha
elevado el coste muy por encima de lo que pueda alcanzar con tan solo su
sueldo, salvo que sea afortunado heredero.
Hace años vivimos una burbuja
inmobiliaria que acabó en crisis destruyendo empleo masivamente, provocando una
zozobra bancaria que pagamos y no recuperamos, dejando desigualdad social y un
mercado de la vivienda que pasó de inversión segura a riesgo. Tengo grabadas
dos situaciones de aquellas vacas. Un amigo albañil se jactaba de que solo
trabajaba de lunes a jueves y ganaba miles y miles de euros en la costa, tuvo
un accidente con su Audi nuevo del que salió ileso y al día siguiente se compró
otro, lo disfrutó un tiempo hasta que en cadena quebraron constructoras y el
cochazo se lo quedó el banco, como los pisos que construía. Otra anécdota
curiosa: una pareja joven con dos nóminas hacía cuentas para comprarse un piso
sobre plano en una ciudad andaluza y quedaron para ver el piso piloto con la
promotora, les pidieron que si no les importaba que también asistiera un hombre
mayor que parecía de campo. Al finalizar la muestra hacían cuentas sobre la
hipoteca y sus posibilidades cuando el señor acompañante habló: “a mí póngame
tres pisos”. Eran otros tiempos y sabemos cómo acabaron.
Ahora con encontramos con que ese
derecho fundamental se presenta en exceso complicado. Asegura el Banco de
España que faltan vivienda, ya saben aquello de la oferta y la demanda, aunque
un servidor en su día a día aprecia en su recorrido muchas cerradas. Sí es
irrefutable que ha subido el precio de la vivienda de manera desproporcionada
en los dos últimos años, el alquiler que podría funcionar como elemento
alternativo se ha situado a la par y ha provocado que los jóvenes, sobre todo,
vean lo de marcharse de casa como una utopía. Entre otras razones también
podemos encontrar los “fondos buitre” o los grandes “tenedores” que acumulan un
porcentaje elevado de propiedades. Podrían invertir en bolsa, oro, bitcoins o
bien hoteles de lujo y dejar fluir el derecho a una vivienda digna, tal vez los
jóvenes no estarían condenados a compartir piso de por vida, salvo herencia,
recuerden. Decía Fran Lebowitz que nadie sabe cómo se logra vivir en Nueva
York, salvo los caseros.
lunes, 16 de marzo de 2026
"MALDITAS GUERRAS SIN MUERTOS". (Ideal 15-3-26)
Malditas guerras sin muertos
Manuel Molina
Tengo
grabada desde que la vi la primera vez una imagen que representa, al menos para
mí, la crudeza de una guerra. Se trata de la famosa fotografía conocida como “Napalm Girl”, tomada el 8 de junio de
1972 durante la guerra de Vietnam. La imagen muestra a varios niños
huyendo por una carretera después de un bombardeo estadounidense con napalm en
un pueblo y se centra en una niña que llora y corre abrasada por el
combustible. Aunque existe debate al respecto, parece que la tomó el vietnamita
Nick Ut, que trabajaba para la
agencia Associated Press.
Después de hacer la foto, él mismo llevó a la niña y a otros heridos a un
hospital y salvó su vida. La imagen se publicó en periódicos de todo el mundo y
se convirtió en una de las fotografías más influyentes del siglo XX. Mostraba
con crudeza el sufrimiento de la población civil en la guerra y reforzó el
movimiento internacional contra el conflicto. Se aprendió lo que podría
denunciar una fotografía y a la vez se tomó nota de lo que no se quería mostrar
por parte de quienes masacraban a la población civil.
Desde
la primera Guerra del Golfo nos hemos acostumbrado y hemos admitido que las
imágenes generadas en los lugares en guerra se representan y suceden con un
escenario, donde con un gran angular caen proyectiles sobre alguna zona, en
general ciudades. La sensación produce más similitud con una escena
cinematográfica que con la realidad. No aparecen víctimas humanas, como si de
una calculada asepsia se tratase y donde de manera casi milimétrica los
objetivos militares son destruidos sin causar bajas humanas. El senador
americano Hiram Johnson dejó una frase para la historia: “la primera víctima de
la guerra es la verdad”. Puso nombre en 1917 a lago que ocurría y sigue
sucediéndose. En la maldita guerra de Trump y Netanyahu, como en la de Ucrania,
no vemos cuerpos desgarrados y ensangrentados, tan solo nuestra imaginación
puede hacerse una idea de que cómo quedó la escuela bombardeada en Teherán
o en las bases atacadas por unos y
otros. Da la sensación de que la guerra existe porque un descerebrado con traje
y gorra habla todos los días de ella y el precio de la gasolina se eleva cada
jornada.
“Tristes
guerras”, escribió el poeta Miguel Hernández. Lo son, aunque parezca que
ocurren lejos, sin que nos toque cerca un estallido o la devastación. No se
puede compartir una justificación de apoyo a quien decreta por intereses
espurios el bombardeo de un país, se queda a la altura mínima de lo canallesco,
como apuntó Julio Anguita: “Malditas sean las guerras y los canallas que las
hacen”. Seguiremos, como ocurrió en Vietnam, a la espera de ver cómo se aleja
de Irán el ejército dirigido por el primer presidente estadounidense condenado
por abuso sexual contra una mujer. Mientras tanto podemos imaginar esas cajas
de madera con restos de personas en el vientre de los aviones o esparcidas por
la tierra.
domingo, 8 de marzo de 2026
"MUJERES" (Ideal 8-3-26)
Mujeres
Manuel Molina
Crecí en un mundo de mujeres y vivo,
por fortuna, rodeado de mujeres. Sin lugar a dudas lo que pueda atesorar de
bueno se ha forjado en gran parte por esa situación. Fui consciente de mi
suerte cuando comencé la convivencia con otras personas fuera de ese mundo, al
apreciar que me había convertido en una persona autónoma en casi todo lo que me
rodeaba para el día a día y sin embargo, me sorprendía la dependencia de otros,
casi siempre hombres, necesitados de todo aquello que no se les había enseñado
en casa. En un hogar de hermanas, madre y abuela nunca hubo distingo a la hora
de realizar tareas domésticas, de sumar, compartir y disfrutar. Existía una
especie de normativa no escrita por la cual tanto limpiar, cocinar, fregar o
divertirse se producía por igual entre hombres y mujeres. Cual sería mi
sorpresa afuera que incluso tuve un compañero de piso que llamaba a su pareja,
chica, para que le limpiara su parte de espacio compartido, ya que su madre se
encontraba a distancia o el rizo de los rizos, preguntado si era homosexual
porque barría la puerta de mi casa.
No soporto la vejación o marginación
por hecho de que en la entrepierna exista un órgano u otro, como no soporto que
se degrade o insulte a una persona por decidir con quien mantiene relaciones
sexuales adultas y consentidas o por que se tenga un color de piel u otro, se defienda
un mundo más justo o se respeten los animales sin ser objeto de disfrute con su
martirio. Me vuelvo beligerante de manera radical en esos asuntos. Y sin
embargo, también soy consciente de que me sitúo en el lado menos de moda de
nuestro tiempo que se empecina en dar la vuelta a todos los logros adquiridos
en esas cuestiones y pregona, expande e intenta volver hacia atrás desde muy
variados ámbitos, entre los que destacan las redes sociales, pobladas en número
exponencial de retrógrados crecidos, ilustres ignorantes y cizañeros
profesionales. Una tropa armada de bulos, micros y retroalimentación que
conquista terreno entre los más débiles, los jóvenes, con la apariencia de gracieta
y la risa helada de la imitación, al contrario de lo que propugnaba Clara
Campoamor: “la libertad se aprende ejerciéndola”.
Escribía Simone de Beauvoir que “el
opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios
oprimidos” y de un tiempo a esta parte vengo observando que la defensa de los
derechos de la mujer se encuentra de manera preocupante en un estado de opinión
muy laso, como si ni fuese con ellas, en parte de las adolescentes. No sé si lo
habrá provocado el efecto péndulo de haber intentado de manera perseverante
educar para que no sucediese. Las jóvenes, como tales, atraviesan la conocida
fase de la negación ante lo recibido. Ahora bien no perdamos de vista que
también se trata del fruto sembrado, regado y abonado de posiciones ultras que
como gota malaya, calan. Son el peor enemigo.
domingo, 22 de febrero de 2026
"LAS DOS ESPAÑAS ACTUALES" (Ideal, 22-2-26)
Las dos Españas
actuales
Manuel Molina
Algunos días escuchas conversaciones
de barra o supermercado y se diría que el país se hunde sin remedio. Todo va
mal, todo se derrumba, qué desastre. Luego sales a la calle y ves terrazas
llenas, ferias a cascoporro, conciertos de entradas caras, santos celebrantes
con su festejo y cumpleaños que parecen bodas. La actual paradoja, convivimos
con un discurso airado y un paisaje festivo, como si viviéramos en dos Españas
que apenas se miran. La España enfadada es ruidosa. Habla de decadencia, de
salarios bajos, de falta de futuro. Tiene motivos para hacerlo, porque el coste
de la vida aprieta y la vivienda, sobre todo, se ha convertido en un quebradero de cabeza. Pero al mismo tiempo hay
otra España que consume, viaja, celebra y llena algunos bares mañana y tarde.
No se trata solo una impresión personal los datos invitan a pensar que el país
vive una etapa de crecimiento moderado, con luces y sombras.
El salario medio bruto mensual
alcanzó en 2024, último estudio del INE, los 2.385 euros, el mayor de la serie
reciente, y subió un 5% respecto al año anterior. La remuneración anual también
marcó récord, con más de 27.500 euros por trabajador. El salario mínimo,
además, ha crecido en términos reales desde 2021 y se sitúa por encima del 60%
del salario mediano, un nivel relevante dentro de la OCDE. No parecen cifras de
euforia, pero tampoco dibujan un país en ruina. La macroeconomía no acompaña
ese relato catastrofista. España mantiene tasas de crecimiento superiores a la
media europea y ha reducido el peso de la deuda pública sobre el PIB gracias al
dinamismo económico. Mientras tanto, el consumo interno sigue tirando del carro
y el gasto de los hogares ha alcanzado un récord histórico, con especial
aumento en actividades recreativas y servicios culturales. Dicho de otra forma:
las familias gastan más y una parte creciente de ese gasto se destina al ocio. Aquí
aparece la segunda España, la que no protesta sino que sale. La que llena
estadios, procesiones, festivales o simples verbenas de barrio. La que se queja
en redes sociales pero reserva mesa para el sábado. Quizás su circunstancia sea
convivir con la incertidumbre sin renunciar a la celebración.
No me considero iluso y también
percibo grietas serias. La desigualdad territorial, el precio de la vivienda o
la precariedad juvenil sostienen el malestar. Y este no resulta fingido. Tal
vez la explicación sea más simple, la economía mejora en términos generales,
pero no lo hace al mismo ritmo para todos. En el fondo, las dos Españas no son tanto
ideológicas, sino de variante emocional. Una mira los titulares y se indigna, otra
mira el calendario y busca el próximo puente. Entre ambas discurre la realidad,
que nunca es tan negra ni tan festiva como parece. Y así seguimos: quejándonos
de todo mientras brindamos por casi cualquier cosa. Porque, pese a todo, este
país tiene una extraña vocación de fiesta incluso cuando cree que no tiene
motivos.
lunes, 16 de febrero de 2026
"LOS MONSTRUOS AFABLES" (Ideal, 15-2-26)
Los monstruos
afables
Manuel Molina
En nuestras calles anhelantes de
luminosidad, en los patios donde se saludan los vecinos con cierta educación o
en los pasillos de cualquier oficina puede que habiten sin señales previas,
algunos de esos monstruos discretos que la literatura o el periódico no suele
retratar porque carecen de colmillos y de capas negras. Hombres y mujeres que
comparten espacio y tiempo con nosotros, que sonríen, que ayudan a cargar la
compra o que invitan en las fiestas del barrio. Y, sin embargo, ejercen un mal
silencioso y persistente sobre otros seres humanos a los que van
empequeñeciendo. Tan solo sabemos de ellos un día en que nos paraliza la
noticia pública de lo que a lo largo del tiempo han llevado a cabo y no damos
crédito que sea esa persona, nos produce una inquietante pregunta: ¿por qué no
supe verlo? Ejercen el arte de parecer ejemplares mientras convierten la vida
ajena en un terreno baldío. La maldad, cuando se viste de normalidad, resulta
más peligrosa que cuando se exhibe sin pudor.
La hemeroteca andaluza ofrece
ejemplos estremecedores de esa dualidad. Basta recordar a José Bretón, que
durante tiempo proyectó una imagen de padre normal antes de que el horror
revelara su verdadero rostro. O el caso de Ana Julia Quezada, que convivía con
la familia de su víctima mientras sostenía una mentira monstruosa. En ambos
episodios, la comunidad quedó paralizada ante la evidencia de que el mal no
siempre se anuncia, a veces se disfraza de rutina y de aparente cordialidad.
También la desgracia de Marta del
Castillo nos recuerda que los agresores no suelen llevar escrito en la frente
lo que son. Muchos de ellos compartían risas, confidencias y vida cotidiana con
quienes terminaron traicionando de la forma más cruel. Esa cercanía previa es
lo que convierte el descubrimiento en una herida doble: duele el crimen y duele
la mentira prolongada.
Todo este asunto se me remueve al
leer una inquietante entrevista realizada a Gisèle Pericot, La francesa que ha
logrado reconstruir su vida tras la condena a su marido a veinte años de cárcel
por violarla, drogarla y reclutar a hombres para que abusaran sexualmente de
ella durante diez años. Esta víctima no acepta que sea llamado “monstruo” el
que ejerciera tanto mal con el argumento de que comparten hijos y nietos, de
hecho no ha renunciado al apellido. Tiene derecho a no ser juzgada por ello,
pero trasluce el poder que ejerce el bárbaro. Sin embargo, no olvidemos el
mérito de esta mujer que abrió las puertas del juzgado para que se cambiara de bando
la vergüenza y así los los cincuenta y un violadores de una mujer sedada fuesen
los señalados, no la víctima. Quizá por eso el verdadero desafío no sea
detectar al monstruo excepcional, sino aprender a escuchar los silencios
incómodos de quienes la sufren. Solo cuando alguien se atreve a romper ese
decorado comprendemos que la monstruosidad más temible no es la que ruge, sino
la que sonríe mientras destruye en voz baja
domingo, 1 de febrero de 2026
"¿Y EL AMOR AL PRÓJIMO?" (Ideal, 1-2-26)
¿Y el amor al
prójimo?
Manuel Molina
La paradoja no es nueva, pero sigue
siendo incómoda y preocupante, cada día más. La Iglesia Católica proclama, como
si fuera un eslogan corporativo, el amor al prójimo como sustento de sus
principios. Lo repite en bucle en homilías, catequesis y documentos oficiales y
lo tiene impreso en letra nítida en el Evangelio. Y, sin embargo, basta con
asomarse a determinadas sacristías, tertulias de bar con rosario incluido, casa
de hermandad con sus botellones, clases de religión en centros públicos o
perfiles de redes sociales con crucifijo y águilas en la biografía, para
comprobar que ese mandamiento se queda, demasiadas veces, en puro atrezzo, que
molesta a los principios que rigen la actitud de quien actúa con una religión
ad hoc, de la que escoge lo que le interesa. Vaya, otro comunista quejándose,
pensarán. Pues han tocado en hueso, les puedo mostrar el curriculum desde que
era monaguillo, de dar un pregón de Semana Santa en mi pueblo o participar de
manera activa para lograr que consideren una obra teatral religiosa de hace
siglos como bien de interés cultural. Las “magnas” me han alejado.
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”
(Mateo 22:39). No es una nota a pie de página ni una sugerencia piadosa. Es,
según el propio Jesús, el segundo mandamiento más importante, solo por detrás
del amor a Dios. Todo lo demás -ritos, normas, tradiciones, procesiones y hasta
mitras- deberían tenerlo siempre presente. A dos obispos se le ha borrado de
repente y proclaman que "Todos no caben",
respecto a la regularización de inmigrantes. ¿Quiénes son ellos para calibrar
ese espacio? Recuerden “también fui extranjero y
me acogisteis" (Mateo 25:35). Bueno, su jefe inmediato en la tierra ve al
menos que "Es un reconocimiento de la dignidad humana, una oportunidad
para colaborar en el bien común”. Lo ambiguo es la gimnasia moral que permite a algunos fieles
—y no pocos pastores— defender la exclusión y el desprecio del otro mientras se
persignan con fervor.
Algo falla cuando quienes más se
envuelven en la bandera de la fe son los primeros en señalar al inmigrante, al
pobre, al diferente, al que ama distinto o al que reza menos. “Misericordia
quiero, y no sacrificios” (sigue escribiendo Mateo: 9,13), como advierte Jesús,
pero parece que algunos han leído el versículo con las gafas empañadas. La
ironía es que cuanto más se aleja un discurso del amor al prójimo, más o
defensa de la “auténtica” fe. Como si el cristianismo fuera un club de normas
exclusivas, con derecho de admisión y portero en la puerta. Como si el buen
samaritano (en este caso Lucas 10,33) hubiera pasado de largo por no llevar la
acreditación correcta. Como si el prójimo fuera siempre otro, hasta que molesta
demasiado. Tal vez el problema no sea que los principios de la Iglesia sean
difíciles de entender, sino que son demasiado claros. Amar obliga a mirar al
otro sin trincheras. Y eso, en tiempos de odio rentable y consignas fáciles,
resulta muy revolucionario. Mejor a la carta.
ALEGRÍA DE HAIKUS EN VILLARRUBIA
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