martes, 30 de junio de 2026

"EL RODILLO MIMÉTICO" ( Ideal, 28-6-26)

Manuel Molina />
El ser humano, el que conocemos porque nos rodea, no cree las ideas porque sean verdaderas, sino porque son las creencias de su ambiente y a ellas se debe entregar para que el orden artificial, el ser social, continúe sin sobresalto. Escribía Thoreau que cada generación se ríe de las modas viejas y sigue religiosamente las nuevas o lo que en la fraseología de roman paladino se menciona así: “¿qué es lo que hace Vicente? Lo que hace la gente”. El heterónimo de don Antonio Machado, Juan de Mairena también aportó algo interesante en estas consideraciones: “Pensar es, ante todo, descartar opiniones”. Si consideramos todo lo anterior como premisas podemos elevarlas y sintetizarlas en una pregunta: “¿qué leches hago en mitad de una fiesta de graduación de 6º de primaria o de 4º de ESO o no digamos de cuatro años de Infantil?” Tal vez sea de los pocos que considera que esto de las graduaciones se nos ha ido de las manos y se ha convertido en un bufonesco espectáculo que se repite por el simple hecho de que otros lo hacen. Hace años veías escenas de una película americana en la que unos jóvenes terminaban la educación secundaria y se graduaban con toga y birrete para después acudir al baile de fin de curso y pensabas que todo eso no podía menos que interpretarse como el síntoma que arrastraba la sociedad americana de apenas poder contar con una trayectoria histórica de enseñanza secular. Con ese ritual creado para loor y gracia del sistema educativo y de su sociedad se cubrían carencias y complejos. Quienes desde fuera de ese “american way of life” lo veíamos, no podíamos menos que valorarlo como algo hortera y acomplejado. Ahora bien, quién nos iba a decir que en unos pocos años tragaríamos con lo mismo multiplicado de manera exponencial a todos los ámbitos educativos. Permanecí muchos años en un centro que celebraba siempre en jueves por la tarde-noche una fiesta de fin de curso para quienes finalizaban bachillerato. Una idea maravillosa; ellos se vestían casi con el mismo tipo de traje y corbata y ellas como si fuesen a la boda de su mejor amiga. Tan solo había un problema, que apuntábamos dos o tres profesores –ya saben que todos lados hay aguafiestas- ya que no sabían si habían aprobado o no. Pasaban toda la noche de juerga, que siempre resulta estupendo, pero aguantaban hasta primera hora del viernes para ir a recibir las notas. Se vivían escenas lamentables por parte de quienes recibían calabazas e intentaban en su estado dialogar. Con una chaqueta manchada, un jarapillo a medio remeter, descalzos y aliento a cubata de garrafón. Planteaba por qué no se entregaban las notas y luego nos íbamos todos a celebrar lo que hiciera falta. “Hombre, son chiquillos, y si no han aprobado lo van a pasar mal en la cena”, se me contestaba cada año. Creí que aquella situación había tocado fondo, pero apareció una palabra mágica: Graduaciones.

lunes, 22 de junio de 2026

"DERECHO A NO HACER NADA" (Ideal, 21-6-26)

Manuel Molina />
Vivimos con la sensación constante de llegar tarde. Tarde al trabajo, tarde a los mensajes, tarde a las expectativas de los demás y, lo que es peor, tarde a nosotros mismos. La dictadura del reloj ya no solo marca las horas, sino también la culpa. Si un domingo por la tarde, pongamos por caso, nos encontramos sin hacer nada, en lugar de disfrutar del silencio sentimos el impulso de buscar cualquier tarea que justifique nuestra existencia. Nos han convencido de que tenemos que ganarnos el descanso. Parece que la vida es una nómina emocional donde cada minuto de calma debe compensarse con varias horas de productividad, de primero de neoliberalismo. Así hemos terminado confundiendo estar ocupados con ser importantes. Sin embargo, hace casi dos mil años, Epicteto ya decía que no son los acontecimientos los que nos perturban, sino cómo los interpretamos. Tal vez el problema no sea detenerse, sino haber aprendido a ver el descanso como un fracaso. No toda inacción es pasividad. A veces solo significa negarse a participar en una carrera cuyo premio nadie ha sabido explicar. Pura paradoja, nunca hemos tenido tantas herramientas para ahorrar tiempo y nunca hemos tenido menos tiempo para vivirlo. La obsesión por el rendimiento produce lo contrario de lo que promete ansiedad y agotamiento. Byung-Chul Han lo resume con una frase contundente: “vivimos en una sociedad del rendimiento que se explota a sí misma creyendo que se realiza". Quizá por eso los holandeses han puesto nombre a algo que siempre ha existido: el “niksen”, que traducido libremente significa no hacer nada. No nos referimos a la pereza, ni a abandonar las obligaciones, tan solo presionar el botón de pausa sin sentir culpa y permitir que la mente vague sin objetivos, sin la molesta necesidad de ser útiles, incluso cuando descansamos. No parece una idea revolucionaria. Lo curioso es que hoy sí lo sea. Aristóteles llamaba scholé al tiempo dedicado a ese no hacer nada: la conversación, la filosofía o la simple contemplación de la belleza. Lo consideraba la forma más elevada de vida. Nosotros, en cambio, llamamos "perder el tiempo" a sentarnos en un banco a mirar pasar a la gente. Tal vez la diferencia entre civilizaciones no esté en la tecnología, sino en la capacidad de estar cinco minutos en silencio sin usar el teléfono. ¿Por qué nos da tanto miedo parar? Cuando todo se detiene surge la oportunidad de reflexionar sobre quiénes somos, hacia dónde vamos o si realmente vivimos la vida que elegimos. José Mujica dejó una advertencia importante: "Hay que vivir como se piensa, porque si no, acabarás pensando como vives". Y tal vez ahí radique el verdadero valor de no hacer nada de vez en cuando. No solo en descansar el cuerpo, sino recuperar la mente. Quizás el lujo del futuro no sea tener más cosas, sino disponer de una tarde sin obligaciones y sin culpa, una tarde cualquiera en la que no pase absolutamente nada. Y, precisamente por eso, ocurra lo más importante.

lunes, 15 de junio de 2026

"¿CADA VEZ MÁS ESPECTADOR?" (Ideal 14-6-26)

Manuel Molina/>
Reconozco que suelo encontrarme en mis decisiones casi siempre en el bando perdedor, como una especie de engranaje invisible que me orilla hacia lo que no triunfa. No sé si han sentido alguna vez esa sensación. Reflexiono y me encuentro con que las opciones políticas que he elegido nunca han ganado, que el equipo de fútbol con el que más me identifico no suele ganar nada, que mis aficiones son minoritarias y se sitúan, por ejemplo, en el polo opuesto de esas manifestaciones de gentío poseso por unos rituales, que vistos con frialdad, pertenecen más a una comedia coral que a algo en verdad serio, aunque se te advierte de que lo es. Me gustaba la Semana Santa cuando duraba una semana o la Navidad cuando duraba tan solo solo los días de Navidad. Milito en contra de quienes disfrutan torturando un animal en público como festejo o defiendo con una minoría que todo el mundo pueda ser asistido en la sanidad de manera digna o que pueda estudiar con independencia de su cuenta bancaria. Ya ven, pertenezco a los perdedores. Ahora bien, que milite en un posible bando perdedor no quiere decir que no sea consciente de que tengo la enorme suerte de que por esta y el esfuerzo haya podido pagarme un techo y comida diaria, que me alcance para poder hacerme con lecturas y algún dispositivo para informarme, incluso conocer otros lugares. La vida no me ha tratado en ese sentido nada mal y como tengo con poco me considero feliz. Decía en verso el maestro don Antonio Machado: “A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/ el traje que me cubre y la mansión que habito,/ el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”. Y aun así me quedan fuerzas y convencimiento para intentar que otras personas también puedan alcanzar un mínimo y en ese caso, no hay medias tintas, sino compromiso. Ahí no soy espectador, salto la valla y me adentro en la reivindicación, para que la mayoría no sienta el perjuicio de una minoría. Qué bien musicó Joan Manuel Serrat los versos de Miguel Hernández, verdad alcalde de Algete, “Para la libertad sangro, lucho, pervivo”. Asisto al jolgorio del viaje papal como espectador, tal que si se me presentara una serie o un docudrama. No me emociona, aunque reconozco la valía de algunas palabras y acciones que a algún cristiano de becerro de oro se le atragantan, alguna expresión, que recupera aquello del amor al prójimo y la prioridad moral o el protagonismo de quienes se juegan la vida para mejorarla o dignificarla. Jesús, qué mal rato se les supone. Me siento como Cervantes en la Sevilla de Felipe II: ¡Voto a Dios, que me espanta esta grandeza/[…]; porque ¿a quién no suspende y maravilla/ esta máquina insigne, esta braveza? Soy perdedor, pertenezco al pequeño porcentaje que considera que cualquier religión debería pertenecer al ámbito privado en un estado aconfesional, pero soy minoría, un simple espectador.

lunes, 8 de junio de 2026

"SER DOCENTE ES DIFÍCIL" (Ideal 7-6-26)

Manuel Molina Frente al común que repite una aseveración propia del desconocimiento radicada en que tienen un sueldo fijo como funcionarios y -de manera errónea- meses de vacaciones-, puedo afirmar que los docentes no viven tan bien como se les atribuye. Supongo que quien adquiere la perspectiva toma el referente desde su propia situación y entramos en la subjetividad, no somos objetos, que diría José Antonio Marina. Es como el umbral del dolor, alguien cree morir porque se descascarilla una uña del meñique y otros resisten lo más grave con entereza. Soy docente por vocación -ay, amigo- y no me cambiaría por otra profesión, aunque eso no implica que haya habido ocasiones en que se piensa tirar la toalla, salir despacio y ni siquiera decir adiós. El mundo está lleno de desagradecidos pueden pensar. Pues les diré que últimamente, para su asombro, los dos compañeros más fieles en un docente son el dispositivo digital para fichar, poner faltas y enviar correos a los progenitores; junto a los tranquilizantes. Vaya, no pintará tan bien la cosa como se cree. La escuela, como ente genérico, ha evolucionado de manera más que admirable hasta nuestros días y siempre ha sido reflejo de la sociedad, los muros de esta son permeables y los sujetos que por allí echan horas, a veces las mismas o más que en las casas, suponen un calco de cómo se vive. Hace poco he tenido la suerte de participar en varias presentaciones del periodista Jesús Pozo, que ha escrito un libro sobre la etapa de la escuela durante la dictadura de Franco, poniendo el foco, sobre todo, en las mujeres y su desgraciada situación en ese periodo, especialmente las pobres. Al hilo de esto hace pocos días me paró una persona que asistió a una de ellas y me dijo que quería haber expresado su experiencia en el acto, pero le daba pudor. Me la contó. Su madre fue por primera vez a la escuela con diez años. Pagó una perra gorda y llegó entusiasmada. Pero la fortuna duró poco porque al ser de familia muy pobre llevaba un vestido raído y viejo, el único que tenía, la maestra -años cuarenta y pico del siglo XX- le dijo que se pusiera la última, al fondo de la clase y que si venía vestida así no volviese más. No volvió. Pero todo esto se no has olvidado y los docentes se sienten como un sándwich, en mitad de la administración, que gobierno tras gobierno no ataja el mal de escuela y huye hacia delante con su carga de “papeles” y “no me des problemas”; y por otro lado, unos padres y madres cargados de derechos y objetores de la educación de su prole, que la escuela debe realizar. Ya saben la diferencia entre educar y enseñar. Lo básico de lo primero debería venir ya de casa. Apoyo y admiro la protesta de los docentes valencianos porque han logrado con valentía llevar la contraria al exministro Wert, y que no sea “una fiesta de cumpleaños”. No les peguen, por favor.

domingo, 31 de mayo de 2026

"LENTITUD FRENTE A LA IRA" (Ideal 31-5-26)

Lentitud frente a ira Manuel Molina >
Hay una fatiga nueva y no procede del trabajo físico ni mental, sino que nace de la velocidad, de un incesante torrente, un totum revolutum de datos, titulares, vídeos y opiniones que nos atraviesan cada día como si el pensamiento tuviera que vivir en permanente estado de alarma. Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano y, sin embargo, pocas veces habíamos comprendido tan poco lo que ocurre a nuestro alrededor. Los algoritmos han dejado de ser una herramienta neutral para convertirse en una especie de editor invisible de nuestra conciencia. El proceso es sencillo y funcional: seleccionan lo que vemos, ordenan lo que creemos importante y acotan incluso el margen de nuestras dudas. Ya no buscamos el conocimiento, sino que es este el que nos busca a nosotros siguiendo patrones de consumo emocional. Si uno se detiene un instante a observar sus propias pantallas descubrirá que casi todo está diseñado para provocar una reacción rápida: indignación, miedo, entusiasmo instantáneo o rechazo. El matiz, la lentitud y la reflexión apenas generan tráfico. El filósofo coreano Byung-Chul Han advirtió que “la sobreabundancia de información no conduce necesariamente a más verdad”. Quizá porque la verdad necesita tiempo y reposado silencio. El cerebro humano no está preparado para vivir en una feria permanente de estímulos porque las ideas necesitan sedimentarse. También la inteligencia necesita sus inviernos. La neurociencia lleva años señalando que el aprendizaje profundo requiere pausas para que fluyan conexiones lentas y se active la capacidad de atención sostenida. El neurólogo Antonio Damasio nos recuerda que “no somos máquinas pensantes que sienten, sino máquinas sentimentales que piensan”. Y ahí reside una de las trampas de nuestro tiempo: las emociones aceleradas secuestran la razón antes de que esta pueda ordenar el mundo. Pensamos deprisa y, por eso mismo, pensamos peor. Resulta obvio que la ira circula mejor que la serenidad, gana en “likes” por goleada. No sé en qué parte exacta del cerebro habita ese impulso antiguo que nos inclina al resentimiento, aunque sospecho que los algoritmos lo conocen mejor que nosotros mismos, lo explotan con precisión matemática porque saben que la rabia mantiene la atención cautiva. Frente a esa maquinaria de aceleración quizá todavía nos quede un pequeño gesto de resistencia: detenernos. Leer despacio, conversar sin urgencia, permitir que una idea repose antes de convertirla en sentencia o mandamiento. El escritor Umberto Eco decía que “las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas”. La frase puede parecer excesiva, pero encerraba una advertencia sobre la desaparición de los filtros culturales y del pensamiento crítico. Convendría recuperar una vieja pedagogía de la calma. Ojo, no para vivir ajenos al mundo, sino precisamente para comprenderlo mejor, porque una sociedad incapaz de reflexionar termina siendo una sociedad fácil de manipular, como podemos apreciar a nuestro alrededor. Quizá la verdadera libertad, en este siglo de pantallas febriles, consista simplemente en conservar intacta la capacidad de pensar con lentitud y de seguir siendo humanos en medio del ruido.

"EL RODILLO MIMÉTICO" ( Ideal, 28-6-26)

Manuel Molina /> El ser humano, el que conocemos porque nos rodea, no cree las ideas porque sean verdaderas, sino porque son las cr...