lunes, 16 de marzo de 2026

"MALDITAS GUERRAS SIN MUERTOS". (Ideal 15-3-26)

                                                                                                   (Getty images)

Malditas guerras sin muertos

Manuel Molina

 

               Tengo grabada desde que la vi la primera vez una imagen que representa, al menos para mí, la crudeza de una guerra. Se trata de la famosa fotografía conocida como “Napalm Girl”, tomada el 8 de junio de 1972 durante la guerra de Vietnam. La imagen muestra a varios niños huyendo por una carretera después de un bombardeo estadounidense con napalm en un pueblo y se centra en una niña que llora y corre abrasada por el combustible. Aunque existe debate al respecto, parece que la tomó el vietnamita Nick Ut, que trabajaba para la agencia Associated Press. Después de hacer la foto, él mismo llevó a la niña y a otros heridos a un hospital y salvó su vida. La imagen se publicó en periódicos de todo el mundo y se convirtió en una de las fotografías más influyentes del siglo XX. Mostraba con crudeza el sufrimiento de la población civil en la guerra y reforzó el movimiento internacional contra el conflicto. Se aprendió lo que podría denunciar una fotografía y a la vez se tomó nota de lo que no se quería mostrar por parte de quienes masacraban a la población civil.

               Desde la primera Guerra del Golfo nos hemos acostumbrado y hemos admitido que las imágenes generadas en los lugares en guerra se representan y suceden con un escenario, donde con un gran angular caen proyectiles sobre alguna zona, en general ciudades. La sensación produce más similitud con una escena cinematográfica que con la realidad. No aparecen víctimas humanas, como si de una calculada asepsia se tratase y donde de manera casi milimétrica los objetivos militares son destruidos sin causar bajas humanas. El senador americano Hiram Johnson dejó una frase para la historia: “la primera víctima de la guerra es la verdad”. Puso nombre en 1917 a lago que ocurría y sigue sucediéndose. En la maldita guerra de Trump y Netanyahu, como en la de Ucrania, no vemos cuerpos desgarrados y ensangrentados, tan solo nuestra imaginación puede hacerse una idea de que cómo quedó la escuela bombardeada en Teherán o  en las bases atacadas por unos y otros. Da la sensación de que la guerra existe porque un descerebrado con traje y gorra habla todos los días de ella y el precio de la gasolina se eleva cada jornada.

               “Tristes guerras”, escribió el poeta Miguel Hernández. Lo son, aunque parezca que ocurren lejos, sin que nos toque cerca un estallido o la devastación. No se puede compartir una justificación de apoyo a quien decreta por intereses espurios el bombardeo de un país, se queda a la altura mínima de lo canallesco, como apuntó Julio Anguita: “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”. Seguiremos, como ocurrió en Vietnam, a la espera de ver cómo se aleja de Irán el ejército dirigido por el primer presidente estadounidense condenado por abuso sexual contra una mujer. Mientras tanto podemos imaginar esas cajas de madera con restos de personas en el vientre de los aviones o esparcidas por la tierra.


domingo, 8 de marzo de 2026

"MUJERES" (Ideal 8-3-26)

 

Mujeres

Manuel Molina

 

           Crecí en un mundo de mujeres y vivo, por fortuna, rodeado de mujeres. Sin lugar a dudas lo que pueda atesorar de bueno se ha forjado en gran parte por esa situación. Fui consciente de mi suerte cuando comencé la convivencia con otras personas fuera de ese mundo, al apreciar que me había convertido en una persona autónoma en casi todo lo que me rodeaba para el día a día y sin embargo, me sorprendía la dependencia de otros, casi siempre hombres, necesitados de todo aquello que no se les había enseñado en casa. En un hogar de hermanas, madre y abuela nunca hubo distingo a la hora de realizar tareas domésticas, de sumar, compartir y disfrutar. Existía una especie de normativa no escrita por la cual tanto limpiar, cocinar, fregar o divertirse se producía por igual entre hombres y mujeres. Cual sería mi sorpresa afuera que incluso tuve un compañero de piso que llamaba a su pareja, chica, para que le limpiara su parte de espacio compartido, ya que su madre se encontraba a distancia o el rizo de los rizos, preguntado si era homosexual porque barría la puerta de mi casa.

           No soporto la vejación o marginación por hecho de que en la entrepierna exista un órgano u otro, como no soporto que se degrade o insulte a una persona por decidir con quien mantiene relaciones sexuales adultas y consentidas o por que se tenga un color de piel u otro, se defienda un mundo más justo o se respeten los animales sin ser objeto de disfrute con su martirio. Me vuelvo beligerante de manera radical en esos asuntos. Y sin embargo, también soy consciente de que me sitúo en el lado menos de moda de nuestro tiempo que se empecina en dar la vuelta a todos los logros adquiridos en esas cuestiones y pregona, expande e intenta volver hacia atrás desde muy variados ámbitos, entre los que destacan las redes sociales, pobladas en número exponencial de retrógrados crecidos, ilustres ignorantes y cizañeros profesionales. Una tropa armada de bulos, micros y retroalimentación que conquista terreno entre los más débiles, los jóvenes, con la apariencia de gracieta y la risa helada de la imitación, al contrario de lo que propugnaba Clara Campoamor: “la libertad se aprende ejerciéndola”.

           Escribía Simone de Beauvoir que “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos” y de un tiempo a esta parte vengo observando que la defensa de los derechos de la mujer se encuentra de manera preocupante en un estado de opinión muy laso, como si ni fuese con ellas, en parte de las adolescentes. No sé si lo habrá provocado el efecto péndulo de haber intentado de manera perseverante educar para que no sucediese. Las jóvenes, como tales, atraviesan la conocida fase de la negación ante lo recibido. Ahora bien no perdamos de vista que también se trata del fruto sembrado, regado y abonado de posiciones ultras que como gota malaya, calan. Son el peor enemigo.


domingo, 22 de febrero de 2026

"LAS DOS ESPAÑAS ACTUALES" (Ideal, 22-2-26)

 



Las dos Españas actuales

Manuel Molina

 

           Algunos días escuchas conversaciones de barra o supermercado y se diría que el país se hunde sin remedio. Todo va mal, todo se derrumba, qué desastre. Luego sales a la calle y ves terrazas llenas, ferias a cascoporro, conciertos de entradas caras, santos celebrantes con su festejo y cumpleaños que parecen bodas. La actual paradoja, convivimos con un discurso airado y un paisaje festivo, como si viviéramos en dos Españas que apenas se miran. La España enfadada es ruidosa. Habla de decadencia, de salarios bajos, de falta de futuro. Tiene motivos para hacerlo, porque el coste de la vida aprieta y la vivienda, sobre todo, se ha convertido en un  quebradero de cabeza. Pero al mismo tiempo hay otra España que consume, viaja, celebra y llena algunos bares mañana y tarde. No se trata solo una impresión personal los datos invitan a pensar que el país vive una etapa de crecimiento moderado, con luces y sombras.

           El salario medio bruto mensual alcanzó en 2024, último estudio del INE,  los 2.385 euros, el mayor de la serie reciente, y subió un 5% respecto al año anterior. La remuneración anual también marcó récord, con más de 27.500 euros por trabajador. El salario mínimo, además, ha crecido en términos reales desde 2021 y se sitúa por encima del 60% del salario mediano, un nivel relevante dentro de la OCDE. No parecen cifras de euforia, pero tampoco dibujan un país en ruina. La macroeconomía no acompaña ese relato catastrofista. España mantiene tasas de crecimiento superiores a la media europea y ha reducido el peso de la deuda pública sobre el PIB gracias al dinamismo económico. Mientras tanto, el consumo interno sigue tirando del carro y el gasto de los hogares ha alcanzado un récord histórico, con especial aumento en actividades recreativas y servicios culturales. Dicho de otra forma: las familias gastan más y una parte creciente de ese gasto se destina al ocio. Aquí aparece la segunda España, la que no protesta sino que sale. La que llena estadios, procesiones, festivales o simples verbenas de barrio. La que se queja en redes sociales pero reserva mesa para el sábado. Quizás su circunstancia sea convivir con la incertidumbre sin renunciar a la celebración.

           No me considero iluso y también percibo grietas serias. La desigualdad territorial, el precio de la vivienda o la precariedad juvenil sostienen el malestar. Y este no resulta fingido. Tal vez la explicación sea más simple, la economía mejora en términos generales, pero no lo hace al mismo ritmo para todos. En el fondo, las dos Españas no son tanto ideológicas, sino de variante emocional. Una mira los titulares y se indigna, otra mira el calendario y busca el próximo puente. Entre ambas discurre la realidad, que nunca es tan negra ni tan festiva como parece. Y así seguimos: quejándonos de todo mientras brindamos por casi cualquier cosa. Porque, pese a todo, este país tiene una extraña vocación de fiesta incluso cuando cree que no tiene motivos.

 

 



lunes, 16 de febrero de 2026

"LOS MONSTRUOS AFABLES" (Ideal, 15-2-26)

 



Los monstruos afables

Manuel Molina

 

           En nuestras calles anhelantes de luminosidad, en los patios donde se saludan los vecinos con cierta educación o en los pasillos de cualquier oficina puede que habiten sin señales previas, algunos de esos monstruos discretos que la literatura o el periódico no suele retratar porque carecen de colmillos y de capas negras. Hombres y mujeres que comparten espacio y tiempo con nosotros, que sonríen, que ayudan a cargar la compra o que invitan en las fiestas del barrio. Y, sin embargo, ejercen un mal silencioso y persistente sobre otros seres humanos a los que van empequeñeciendo. Tan solo sabemos de ellos un día en que nos paraliza la noticia pública de lo que a lo largo del tiempo han llevado a cabo y no damos crédito que sea esa persona, nos produce una inquietante pregunta: ¿por qué no supe verlo? Ejercen el arte de parecer ejemplares mientras convierten la vida ajena en un terreno baldío. La maldad, cuando se viste de normalidad, resulta más peligrosa que cuando se exhibe sin pudor.

           La hemeroteca andaluza ofrece ejemplos estremecedores de esa dualidad. Basta recordar a José Bretón, que durante tiempo proyectó una imagen de padre normal antes de que el horror revelara su verdadero rostro. O el caso de Ana Julia Quezada, que convivía con la familia de su víctima mientras sostenía una mentira monstruosa. En ambos episodios, la comunidad quedó paralizada ante la evidencia de que el mal no siempre se anuncia, a veces se disfraza de rutina y de aparente cordialidad. También  la desgracia de Marta del Castillo nos recuerda que los agresores no suelen llevar escrito en la frente lo que son. Muchos de ellos compartían risas, confidencias y vida cotidiana con quienes terminaron traicionando de la forma más cruel. Esa cercanía previa es lo que convierte el descubrimiento en una herida doble: duele el crimen y duele la mentira prolongada.

           Todo este asunto se me remueve al leer una inquietante entrevista realizada a Gisèle Pericot, La francesa que ha logrado reconstruir su vida tras la condena a su marido a veinte años de cárcel por violarla, drogarla y reclutar a hombres para que abusaran sexualmente de ella durante diez años. Esta víctima no acepta que sea llamado “monstruo” el que ejerciera tanto mal con el argumento de que comparten hijos y nietos, de hecho no ha renunciado al apellido. Tiene derecho a no ser juzgada por ello, pero trasluce el poder que ejerce el bárbaro. Sin embargo, no olvidemos el mérito de esta mujer que abrió las puertas del juzgado para que se cambiara de bando la vergüenza y así los los cincuenta y un violadores de una mujer sedada fuesen los señalados, no la víctima. Quizá por eso el verdadero desafío no sea detectar al monstruo excepcional, sino aprender a escuchar los silencios incómodos de quienes la sufren. Solo cuando alguien se atreve a romper ese decorado comprendemos que la monstruosidad más temible no es la que ruge, sino la que sonríe mientras destruye en voz baja

domingo, 1 de febrero de 2026

"¿Y EL AMOR AL PRÓJIMO?" (Ideal, 1-2-26)

 

¿Y el amor al prójimo?

Manuel Molina

 

           La paradoja no es nueva, pero sigue siendo incómoda y preocupante, cada día más. La Iglesia Católica proclama, como si fuera un eslogan corporativo, el amor al prójimo como sustento de sus principios. Lo repite en bucle en homilías, catequesis y documentos oficiales y lo tiene impreso en letra nítida en el Evangelio. Y, sin embargo, basta con asomarse a determinadas sacristías, tertulias de bar con rosario incluido, casa de hermandad con sus botellones, clases de religión en centros públicos o perfiles de redes sociales con crucifijo y águilas en la biografía, para comprobar que ese mandamiento se queda, demasiadas veces, en puro atrezzo, que molesta a los principios que rigen la actitud de quien actúa con una religión ad hoc, de la que escoge lo que le interesa. Vaya, otro comunista quejándose, pensarán. Pues han tocado en hueso, les puedo mostrar el curriculum desde que era monaguillo, de dar un pregón de Semana Santa en mi pueblo o participar de manera activa para lograr que consideren una obra teatral religiosa de hace siglos como bien de interés cultural. Las “magnas” me han alejado.

           “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). No es una nota a pie de página ni una sugerencia piadosa. Es, según el propio Jesús, el segundo mandamiento más importante, solo por detrás del amor a Dios. Todo lo demás -ritos, normas, tradiciones, procesiones y hasta mitras- deberían tenerlo siempre presente. A dos obispos se le ha borrado de repente y proclaman que "Todos no caben", respecto a la regularización de inmigrantes. ¿Quiénes son ellos para calibrar ese espacio? Recuerden “también fui extranjero y me acogisteis" (Mateo 25:35). Bueno, su jefe inmediato en la tierra ve al menos que "Es un reconocimiento de la dignidad humana, una oportunidad para colaborar en el bien común”. Lo ambiguo es la gimnasia moral que permite a algunos fieles —y no pocos pastores— defender la exclusión y el desprecio del otro mientras se persignan con fervor.

           Algo falla cuando quienes más se envuelven en la bandera de la fe son los primeros en señalar al inmigrante, al pobre, al diferente, al que ama distinto o al que reza menos. “Misericordia quiero, y no sacrificios” (sigue escribiendo Mateo: 9,13), como advierte Jesús, pero parece que algunos han leído el versículo con las gafas empañadas. La ironía es que cuanto más se aleja un discurso del amor al prójimo, más o defensa de la “auténtica” fe. Como si el cristianismo fuera un club de normas exclusivas, con derecho de admisión y portero en la puerta. Como si el buen samaritano (en este caso Lucas 10,33) hubiera pasado de largo por no llevar la acreditación correcta. Como si el prójimo fuera siempre otro, hasta que molesta demasiado. Tal vez el problema no sea que los principios de la Iglesia sean difíciles de entender, sino que son demasiado claros. Amar obliga a mirar al otro sin trincheras. Y eso, en tiempos de odio rentable y consignas fáciles, resulta muy revolucionario. Mejor a la carta.


lunes, 26 de enero de 2026

"JANO EN LA TRAGEDIA" (Ideal 25-1-26)

 


Jano en la tragedia

Manuel Molina

 

            Jano es una de las divinidades más singulares de la mitología romana, presidía tanto el comienzo de guerras como el cierre de los ciclos. Su iconografía lo presenta como un ser bifronte, con dos rostros opuestos que contemplan direcciones contrarias. No tiene un equivalente en la mitología griega y la leyenda que le da origen se pierde en la memoria colectiva de primitivas civilizaciones. La cultura popular ha encontrado en este dios una figura para simbolizar la dualidad, los opuestos que conviven en un mismo ser; y no hay situación más clara para poder manifestarse esos atributos que en una tragedia, ya que en ella se muestra lo mejor y lo peor del ser humano. Podríamos citar tantos ejemplos como desgracias ha sufrido la humanidad, un botón de muestra tan solo: el inmisericorde Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, por un lado; y por otro  los salvadores de miles de personas Irena Sendler y Oskar Schindler , que arriesgaron la suya.

            Hemos vivido una enorme tragedia ferroviaria en Adamuz, con decenas de fallecidos y muchísimos heridos. Nadie puede prever lo que un día ocurrirá sesgando vidas y llenando de dolor muchas más, aunque existe la obligación de procurar que no ocurran. Si miráramos hacia atrás –permítanme la suposición- encontraríamos cómo haberlo evitado, pero lo que resulta evidente es que no devolvería vidas ni allanaría el dolor. Distinto es que a partir de lo ocurrido y con el sosiego necesario no vuelva a ocurrir. Cuando se da el hecho encontramos a Jano bifronte. Los héroes anónimos y algunos con nombre como los admirables jóvenes Julio Rodríguez y José Cepas o Gonzalo el vendedor de cupones con su quad. Personas que sacaron lo mejor del ser humano para auxiliar a otros poniendose en riesgo. Una generosa bondad. Podríamos hacer un enorme listado de ello, como todo el pueblo de Adamuz con su alcalde a la cabeza, a los sanitarios, bomberos, protección civil, miembros del Infoca, PACMA y tantos otros. Quiero detenerme también en unas gracias especiales como la de nuestro presidente autónomo y consejero de presidencia, como debía ser al pie del cañón desde el primer momento coordinando con la administración central todo lo que estuviese en sus manos. Las personas eran lo importante, no una maldita sobremesa. Hemos tenido más suerte en la desgracia, en ese aspecto, que los valencianos.

            No debemos olvidar que Jano tiene otra cara, la del mal. Y los carroñeros habituales, que representan esa cara, no esperan para esparcir mierda desalmada. Escribía Séneca en su Edipo, distinto al original de Sófocles, que “somos arrastrados hacia el mal por el destino, aunque intentemos huir”, está claro que el filósofo conocía que parte de ese destino, con independencia de la tragedia, conlleva voluntariado para mostrar lo peor del ser humano. Como ratas se alzó la veda para esparcir bulos, sembrar odio, que ha calado ya de forma irremediable. Entrenadores, expertos en pandemias, en apagones, en nubes, ya han enchufado el ventilador delante de su excrecencia, ni el dolor respetan. Qué poco ruido hace la bondad.

domingo, 18 de enero de 2026

"EL PASILLO" (Ideal, 18-1-2026)

 


El pasillo

Manuel Molina

 

           Hace tiempo que me voy topando por redes sociales con vídeos que reflejan la salida de un profesor de un aula y por sorpresa encuentra todo el centro que le hace un pasillo y le aplauden en su última jornada, justo cuando se marcha por jubilación. Se emociona quien es homenajeado de tal modo que le resulta difícil incluso reprimir unas lágrimas y supongo que debe vivir un momento inolvidable, seguramente más que merecido. Para ello debió encenderse en alguien la chispa que lo prendiera, no sé si alumnado o profesorado, que fue convenciendo al resto para que se llegara a esa circunstancia, una sorpresa silenciosa y compartida. Resulta empático y gratificante admirar cómo ha sido capaz de reunirse tan nutrido grupo de gente en un homenaje a alguien que destacó de manera singular por valores como cercanía, buena docencia, profesionalidad, comprensión, sociabilidad, que modelaron una percepción singular en tal docente. Pero como soy de ir más allá me planteo unas cuestiones que pueden no interesar, pero que llaman la atención: ¿el resto de profesorado jubilado fue tan malo que no lo mereció?, ¿por qué unos sí y otros no?

           En una clase universitaria impartida a futuros docentes realizamos una práctica en la que debían elegir entre varios objetos y definir qué motivaba su decisión para dedicarse a la enseñanza. Había entre ellos una fotocopia de un billete. Nadie la eligió  y eran una treintena de participantes. Tras su exposición argumentada de qué había llevado a su opción les hice ver que aquel billete también era importante, suponía algo alimenticio y también que la sociedad siempre mide por el “tanto ganas tanto vales” y había que pelear la dignidad de un salario, aunque en las malas y a diario el resto de opciones que derivaban en la vocación eran las que los mantendrían a flote. Añadí una experiencia fruto del paso del tiempo. No hay paga extra igualable a que un antiguo alumno o alumna te descubra después de muchos años, se acerque y te diga que fuiste muy importante en un momento de su vida, que le ayudaste de manera relevante, aunque no fueses consciente de ello. Impagable.

           Uno de los mejores profesores que tuve no fue sabedor de lo que me ayudó. Enseñaba en secundaria. En su momento mi vida andaba sin norte, desganado, perdido, como tantos otros adolescentes, ese material tan frágil. Y me ilusionó que alguien hiciera digerible aquella materia tan ajena a mí y sus clases no fuesen un castigo, porque llevaba aquel grupo con una enorme confianza, sin una palabra más alta que otra, trataba a todos por igual. No era simpático, ni sociable, tan solo lo que entenderíamos como un buen profesor. Se jubiló en silencio, vive apartado su vida. Coincidí hace poco con algunos antiguos alumnos suyos y expresaron que fue uno de sus mejores profesores. Nadie le hizo nunca un pasillo, ni le dio las gracias. Le enviaré esta columna. Pueden enviarla también a “su” profesor, a “su” profesora. Están a tiempo.

"MALDITAS GUERRAS SIN MUERTOS". (Ideal 15-3-26)

                                                                                                   (Getty images) Malditas guerras sin muert...