domingo, 31 de mayo de 2026

"LENTITUD FRENTE A LA IRA" (Ideal 31-5-26)

Lentitud frente a ira Manuel Molina >
Hay una fatiga nueva y no procede del trabajo físico ni mental, sino que nace de la velocidad, de un incesante torrente, un totum revolutum de datos, titulares, vídeos y opiniones que nos atraviesan cada día como si el pensamiento tuviera que vivir en permanente estado de alarma. Nunca habíamos tenido tanta información al alcance de la mano y, sin embargo, pocas veces habíamos comprendido tan poco lo que ocurre a nuestro alrededor. Los algoritmos han dejado de ser una herramienta neutral para convertirse en una especie de editor invisible de nuestra conciencia. El proceso es sencillo y funcional: seleccionan lo que vemos, ordenan lo que creemos importante y acotan incluso el margen de nuestras dudas. Ya no buscamos el conocimiento, sino que es este el que nos busca a nosotros siguiendo patrones de consumo emocional. Si uno se detiene un instante a observar sus propias pantallas descubrirá que casi todo está diseñado para provocar una reacción rápida: indignación, miedo, entusiasmo instantáneo o rechazo. El matiz, la lentitud y la reflexión apenas generan tráfico. El filósofo coreano Byung-Chul Han advirtió que “la sobreabundancia de información no conduce necesariamente a más verdad”. Quizá porque la verdad necesita tiempo y reposado silencio. El cerebro humano no está preparado para vivir en una feria permanente de estímulos porque las ideas necesitan sedimentarse. También la inteligencia necesita sus inviernos. La neurociencia lleva años señalando que el aprendizaje profundo requiere pausas para que fluyan conexiones lentas y se active la capacidad de atención sostenida. El neurólogo Antonio Damasio nos recuerda que “no somos máquinas pensantes que sienten, sino máquinas sentimentales que piensan”. Y ahí reside una de las trampas de nuestro tiempo: las emociones aceleradas secuestran la razón antes de que esta pueda ordenar el mundo. Pensamos deprisa y, por eso mismo, pensamos peor. Resulta obvio que la ira circula mejor que la serenidad, gana en “likes” por goleada. No sé en qué parte exacta del cerebro habita ese impulso antiguo que nos inclina al resentimiento, aunque sospecho que los algoritmos lo conocen mejor que nosotros mismos, lo explotan con precisión matemática porque saben que la rabia mantiene la atención cautiva. Frente a esa maquinaria de aceleración quizá todavía nos quede un pequeño gesto de resistencia: detenernos. Leer despacio, conversar sin urgencia, permitir que una idea repose antes de convertirla en sentencia o mandamiento. El escritor Umberto Eco decía que “las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas”. La frase puede parecer excesiva, pero encerraba una advertencia sobre la desaparición de los filtros culturales y del pensamiento crítico. Convendría recuperar una vieja pedagogía de la calma. Ojo, no para vivir ajenos al mundo, sino precisamente para comprenderlo mejor, porque una sociedad incapaz de reflexionar termina siendo una sociedad fácil de manipular, como podemos apreciar a nuestro alrededor. Quizá la verdadera libertad, en este siglo de pantallas febriles, consista simplemente en conservar intacta la capacidad de pensar con lentitud y de seguir siendo humanos en medio del ruido.

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