lunes, 8 de junio de 2026
"SER DOCENTE ES DIFÍCIL" (Ideal 7-6-26)
Ser docente es difícil
Manuel Molina
Frente al común que repite una aseveración propia del desconocimiento radicada en que tienen un sueldo fijo como funcionarios y -de manera errónea- meses de vacaciones-, puedo afirmar que los docentes no viven tan bien como se les atribuye. Supongo que quien adquiere la perspectiva toma el referente desde su propia situación y entremos en la subjetividad, no somos objetos, que diría José Antonio Marina. Es como el umbral del dolor, alguien cree morir porque se descascarilla una uña del meñique y otros resisten lo más grave con entereza. Soy docente por vocación -ay, amigo- y no me cambiaría por otra profesión, aunque eso no implica que haya habido ocasiones en que se piensa tirar la toalla, salir despacio y ni siquiera decir adiós. El mundo está lleno de desagradecidos pueden pensar. Pues les diré que últimamente, para su asombro, los dos compañeros más fieles en un docente son el dispositivo digital para fichar, poner faltas y enviar correos a los progenitores; junto a los tranquilizantes. Vaya, no pintará tan bien la cosa como se cree.
La escuela, como ente genérico, ha evolucionado de manera más que admirable hasta nuestros días y siempre ha sido reflejo de la sociedad, los muros de esta son permeables y los sujetos que por allí echan horas, a veces las mismas o más que en las casas, suponen un calco de cómo se vive. Hace poco he tenido la suerte de participar en varias presentaciones del periodista Jesús Pozo, que ha escrito un libro sobre la etapa de la escuela durante la dictadura de Franco, poniendo el foco, sobre todo, en las mujeres y su desgraciada situación en ese periodo, especialmente las pobres. Al hilo de esto hace pocos días me paró una persona que asistió a una de ellas y me dijo que quería haber expresado su experiencia en el acto, pero le daba pudor. Me la contó. Su madre fue por primera vez a la escuela con diez años. Pagó una perra gorda y llegó entusiasmada. Pero la fortuna duró poco porque al ser de familia muy pobre llevaba un vestido raído y viejo, el único que tenía, la maestra -años cuarenta y pico del siglo XX- le dijo que se pusiera la última, al fondo de la clase y que si venía vestida así no volviese más. No volvió.
Pero todo esto se no has olvidado y los docentes se sienten como un sándwich, en mitad de la administración, que gobierno tras gobierno no ataja el mal de escuela y huye hacia delante con su carga de “papeles” y “no me des problemas”; y por otro lado, unos padres y madres cargados de derechos y objetores de la educación de su prole, que la escuela debe realizar. Ya saben la diferencia entre educar y enseñar. Lo básico de lo primero debería venir ya de casa. Apoyo y admiro la protesta de los docentes valencianos porque han logrado con valentía llevar la contraria al exministro Wert, y que no sea “una fiesta de cumpleaños”.
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