"EL RODILLO MIMÉTICO" ( Ideal, 28-6-26)
El ser humano, el que conocemos porque nos rodea, no cree las ideas porque sean verdaderas, sino porque son las creencias de su ambiente y a ellas se debe entregar para que el orden artificial, el ser social, continúe sin sobresalto. Escribía Thoreau que cada generación se ríe de las modas viejas y sigue religiosamente las nuevas o lo que en la fraseología de roman paladino se menciona así: “¿qué es lo que hace Vicente? Lo que hace la gente”. El heterónimo de don Antonio Machado, Juan de Mairena también aportó algo interesante en estas consideraciones: “Pensar es, ante todo, descartar opiniones”. Si consideramos todo lo anterior como premisas podemos elevarlas y sintetizarlas en una pregunta: “¿qué leches hago en mitad de una fiesta de graduación de 6º de primaria o de 4º de ESO o no digamos de cuatro años de Infantil?” Tal vez sea de los pocos que considera que esto de las graduaciones se nos ha ido de las manos y se ha convertido en un bufonesco espectáculo que se repite por el simple hecho de que otros lo hacen.
Hace años veías escenas de una película americana en la que unos jóvenes terminaban la educación secundaria y se graduaban con toga y birrete para después acudir al baile de fin de curso y pensabas que todo eso no podía menos que interpretarse como el síntoma que arrastraba la sociedad americana de apenas poder contar con una trayectoria histórica de enseñanza secular. Con ese ritual creado para loor y gracia del sistema educativo y de su sociedad se cubrían carencias y complejos. Quienes desde fuera de ese “american way of life” lo veíamos, no podíamos menos que valorarlo como algo hortera y acomplejado. Ahora bien, quién nos iba a decir que en unos pocos años tragaríamos con lo mismo multiplicado de manera exponencial a todos los ámbitos educativos.
Permanecí muchos años en un centro que celebraba siempre en jueves por la tarde-noche una fiesta de fin de curso para quienes finalizaban bachillerato. Una idea maravillosa; ellos se vestían casi con el mismo tipo de traje y corbata y ellas como si fuesen a la boda de su mejor amiga. Tan solo había un problema, que apuntábamos dos o tres profesores –ya saben que todos lados hay aguafiestas- ya que no sabían si habían aprobado o no. Pasaban toda la noche de juerga, que siempre resulta estupendo, pero aguantaban hasta primera hora del viernes para ir a recibir las notas. Se vivían escenas lamentables por parte de quienes recibían calabazas e intentaban en su estado dialogar. Con una chaqueta manchada, un jarapillo a medio remeter, descalzos y aliento a cubata de garrafón. Planteaba por qué no se entregaban las notas y luego nos íbamos todos a celebrar lo que hiciera falta. “Hombre, son chiquillos, y si no han aprobado lo van a pasar mal en la cena”, se me contestaba cada año. Creí que aquella situación había tocado fondo, pero apareció una palabra mágica: Graduaciones.
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