domingo, 26 de julio de 2026
"EL FUEGO Y EL RUIDO" (Ideal 26-7-26)
El fuego y el ruido.
Cada verano el fuego nos devuelve a la misma escena: arden los montes y, casi al mismo tiempo, arden las palabras. Apenas ha comenzado un incendio cuando ya se han levantado trincheras donde deberían alzarse preguntas. La velocidad de la indignación suele superar a la del conocimiento. Hace dos días asistí al estreno de una película, “Los creyentes” con José Coronado de protagonista, donde refelja una realidad del modo en que hoy se construyen las certezas, al margen de la evidencia. Curiosa. Nunca fue tan fácil encontrar quien confirme nuestras ideas, aunque sean falsas. Las redes sociales han convertido la opinión en un refugio confortable donde los hechos apenas importan. Como escribió Daniel Patrick Moynihan: “Todo el mundo tiene derecho a su propia opinión, pero no a sus propios hechos.” Conviene recordarlo cuando el humo todavía no ha abandonado el horizonte. No soy ingeniero forestal ni climatólogo. Precisamente por eso procuro hacer lo único razonable, como preguntar a quienes llevan décadas estudiando el problema y acudir a la ciencia antes que al eslogan o la paranoia. Los especialistas repiten desde hace años que los incendios no se apagan únicamente en verano, se previenen durante el invierno. Gestionar el monte, limpiar el sotobosque, recuperar usos tradicionales, planificar, invertir y asumir que el cambio climático modifica las condiciones en las que vivimos forman parte de una misma respuesta.
Sin embargo, la política parece preferir el combustible de la demagogia. Resulta difícil aceptar que todavía haya quien señale a los «comunistas» como responsables de los incendios mientras comparte proyecto con quienes niegan la evidencia científica del calentamiento global o minimizan la crisis ambiental. Hay una contradicción que no cabe ocultar bajo el humo. Tampoco ayuda acudir al escenario de la tragedia “disfrazada” a medio camino entre Lara Croft y Dora la Exploradora, con un cartel casi más grande que el chaleco, dispuesto a lanzar consignas delante de las cámaras mientras detrás siguen trabajando quienes arriesgan la vida entre llamas y se ningunean. La propaganda nunca ha extinguido un incendio. El fuego exige otra actitud. Pide serenidad antes que espectáculo y conocimiento antes que consignas. Porque un bosque tarda décadas en crecer y apenas unas horas en desaparecer. También la confianza pública se consume cuando convertimos cada catástrofe en un plató.
Albert Camus escribió que “nombrar mal las cosas es aumentar la desgracia del mundo”. Quizá esa sea la primera tarea, llamar a las cosas por su nombre. Un incendio forestal es un fenómeno complejo donde confluyen abandono rural, gestión del territorio, condiciones meteorológicas extremas, intereses humanos y una realidad climática que ya no admite demasiadas discusiones serias. Simplificarlo para obtener un titular o un puñado de votos equivale a echar gasolina sobre las brasas. Tal vez el fuego sí empiece a apagarse en invierno, como repiten quienes conocen el monte, pero el incendio de las palabras solo comenzará a extinguirse cuando aprendamos que hay momentos en los que el silencio y el conocimiento iluminan mucho más que cualquier hoguera política.
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