Malditas guerras sin muertos
Manuel Molina
Tengo
grabada desde que la vi la primera vez una imagen que representa, al menos para
mí, la crudeza de una guerra. Se trata de la famosa fotografía conocida como “Napalm Girl”, tomada el 8 de junio de
1972 durante la guerra de Vietnam. La imagen muestra a varios niños
huyendo por una carretera después de un bombardeo estadounidense con napalm en
un pueblo y se centra en una niña que llora y corre abrasada por el
combustible. Aunque existe debate al respecto, parece que la tomó el vietnamita
Nick Ut, que trabajaba para la
agencia Associated Press.
Después de hacer la foto, él mismo llevó a la niña y a otros heridos a un
hospital y salvó su vida. La imagen se publicó en periódicos de todo el mundo y
se convirtió en una de las fotografías más influyentes del siglo XX. Mostraba
con crudeza el sufrimiento de la población civil en la guerra y reforzó el
movimiento internacional contra el conflicto. Se aprendió lo que podría
denunciar una fotografía y a la vez se tomó nota de lo que no se quería mostrar
por parte de quienes masacraban a la población civil.
Desde
la primera Guerra del Golfo nos hemos acostumbrado y hemos admitido que las
imágenes generadas en los lugares en guerra se representan y suceden con un
escenario, donde con un gran angular caen proyectiles sobre alguna zona, en
general ciudades. La sensación produce más similitud con una escena
cinematográfica que con la realidad. No aparecen víctimas humanas, como si de
una calculada asepsia se tratase y donde de manera casi milimétrica los
objetivos militares son destruidos sin causar bajas humanas. El senador
americano Hiram Johnson dejó una frase para la historia: “la primera víctima de
la guerra es la verdad”. Puso nombre en 1917 a lago que ocurría y sigue
sucediéndose. En la maldita guerra de Trump y Netanyahu, como en la de Ucrania,
no vemos cuerpos desgarrados y ensangrentados, tan solo nuestra imaginación
puede hacerse una idea de que cómo quedó la escuela bombardeada en Teherán
o en las bases atacadas por unos y
otros. Da la sensación de que la guerra existe porque un descerebrado con traje
y gorra habla todos los días de ella y el precio de la gasolina se eleva cada
jornada.
“Tristes
guerras”, escribió el poeta Miguel Hernández. Lo son, aunque parezca que
ocurren lejos, sin que nos toque cerca un estallido o la devastación. No se
puede compartir una justificación de apoyo a quien decreta por intereses
espurios el bombardeo de un país, se queda a la altura mínima de lo canallesco,
como apuntó Julio Anguita: “Malditas sean las guerras y los canallas que las
hacen”. Seguiremos, como ocurrió en Vietnam, a la espera de ver cómo se aleja
de Irán el ejército dirigido por el primer presidente estadounidense condenado
por abuso sexual contra una mujer. Mientras tanto podemos imaginar esas cajas
de madera con restos de personas en el vientre de los aviones o esparcidas por
la tierra.
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