Existen palabras que contienen un rastro poético en su etimología. Una de ellas puede ser “clisao” o la variante “crisao”. Su origen arranca de una evolución fonética a la vez que metafórica de “eclipse” y refiere tanto en algunas zonas de Andalucía como de Extremadura a dos variantes léxicas; por un lado, a una persona muy fija y concentrada en algo, y por otro lado, a alguien incapaz de reaccionar por algún motivo. Tal vez el sinónimo más cercano sea obnubilado. Alvar Ezquerra en su Tesoro léxicos de las hablas andaluzas lo recoge. Mi madre era muy dada a utilizarla para avivar cuando te apreciaba pensando en las musarañas y requería de tu atención. Lo vivido con el eclipse del día 12 de agosto, aún reciente, puede que contenga también algo poético al observar cómo la luna va tapando el sol poco a poco hasta oscurecer ese círculo tan potente. Reconozco que me emocionó, junto a las personas con las que compartí el momento. De hecho, me ha servido como excusa para poder conectarme con un grupo familiar disperso por todo el territorio nacional sin que mediara una pandemia.
Sin embargo, a la par que la emoción vivida también nos dejó una refriega social, como todo lo que ocurre que sea llamativo. Me resulta alucinante que hasta el avistamiento de un eclipse se convierta en materia política y se intente sembrar el odio ya cotidiano y el banderismo panfletario, para intentar sacar un rédito político en una situación de tanta falta de oxígeno democrático. Asistí perplejo a la campaña en redes acusando al gobierno de promocionar el fenómeno del eclipse supuestamente para tapar su labor, llegó incluso a sorprenderme que alguien con cargo político caracterizado por la mesura y el alejamiento del ruido de las redes sociales cayera en la trampa y compartiera un bulo tal que así: “el eclipse es un invento de la agenda 20/30 y los progres wokers… está dentro de los planes de Sánchez”. Lo quitó pronto pero ya había capturas y le han sacado los colores. El dedo digital es de gatillo fácil y muy traicionero. Como esos anónimos audios de oncólogos o internistas alarmando de los refuerzos en hospitales para las posteriores quemaduras de córneas y retinas.
En verdad, lo que yo aprecié desde mi atalaya montesa fue un momento mágico, que además en ese instante contenía a la par una alineación de seis planetas con el sol, que me unía en el tiempo a mayas y otras civilizaciones que se sintieron fascinadas por estos fenómenos. Me conmovió a medida que la luna se situaba delante del sol lo que me contara el astrofísico, Rafael Luque, reciente premio de Girona de investigación, cómo comenzó con sutilidad a moverse el aire, los pajarillos se recogían y la luz se atenuaba para luego volver a su fulgor. Y me encantó sentirme impelido que diría el Nobel Vicente Aleixandre entre gente, como domingueros con sus sillas, mesas y neveras, disfrutando la vida aunque a algunos eso les reviente. Qué bien se está clisao.