El pasillo
Manuel Molina
Hace tiempo que me voy topando por
redes sociales con vídeos que reflejan la salida de un profesor de un aula y
por sorpresa encuentra todo el centro que le hace un pasillo y le aplauden en
su última jornada, justo cuando se marcha por jubilación. Se emociona quien es
homenajeado de tal modo que le resulta difícil incluso reprimir unas lágrimas y
supongo que debe vivir un momento inolvidable, seguramente más que merecido.
Para ello debió encenderse en alguien la chispa que lo prendiera, no sé si
alumnado o profesorado, que fue convenciendo al resto para que se llegara a esa
circunstancia, una sorpresa silenciosa y compartida. Resulta empático y
gratificante admirar cómo ha sido capaz de reunirse tan nutrido grupo de gente
en un homenaje a alguien que destacó de manera singular por valores como
cercanía, buena docencia, profesionalidad, comprensión, sociabilidad, que
modelaron una percepción singular en tal docente. Pero como soy de ir más allá
me planteo unas cuestiones que pueden no interesar, pero que llaman la
atención: ¿el resto de profesorado jubilado fue tan malo que no lo mereció?,
¿por qué unos sí y otros no?
En una clase universitaria impartida
a futuros docentes realizamos una práctica en la que debían elegir entre varios
objetos y definir qué motivaba su decisión para dedicarse a la enseñanza. Había
entre ellos una fotocopia de un billete. Nadie la eligió y eran una treintena de participantes. Tras su
exposición argumentada de qué había llevado a su opción les hice ver que aquel
billete también era importante, suponía algo alimenticio y también que la
sociedad siempre mide por el “tanto ganas tanto vales” y había que pelear la
dignidad de un salario, aunque en las malas y a diario el resto de opciones que
derivaban en la vocación eran las que los mantendrían a flote. Añadí una
experiencia fruto del paso del tiempo. No hay paga extra igualable a que un
antiguo alumno o alumna te descubra después de muchos años, se acerque y te
diga que fuiste muy importante en un momento de su vida, que le ayudaste de
manera relevante, aunque no fueses consciente de ello. Impagable.
Uno de los mejores profesores que
tuve no fue sabedor de lo que me ayudó. Enseñaba en secundaria. En su momento
mi vida andaba sin norte, desganado, perdido, como tantos otros adolescentes,
ese material tan frágil. Y me ilusionó que alguien hiciera digerible aquella
materia tan ajena a mí y sus clases no fuesen un castigo, porque llevaba aquel
grupo con una enorme confianza, sin una palabra más alta que otra, trataba a
todos por igual. No era simpático, ni sociable, tan solo lo que entenderíamos
como un buen profesor. Se jubiló en silencio, vive apartado su vida. Coincidí
hace poco con algunos antiguos alumnos suyos y expresaron que fue uno de sus
mejores profesores. Nadie le hizo nunca un pasillo, ni le dio las gracias. Le
enviaré esta columna. Pueden enviarla también a “su” profesor, a “su”
profesora. Están a tiempo.
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