(A la poeta Renee Good, in memoriam)
Queda la música
Manuel Molina
Tuve la suerte de conocer al
violinista Ara Malikian en una calle de Comillas, en Santander, mientras
tocaba. Me impresionó tanto que esperé con prudencia y lo abordé después de la
actuación que había resultado tan singular como impactante. Me atendió muy
amable y charlamos un rato. De ahí surgió un intercambio de teléfonos, el mío
no serviría para casi nada, pero yo tenía el de aquella fuerza de la naturaleza
y en la primera ocasión que tuve lo contraté para que actuara en el FIT
Cazorla. Resultó tan especial aquella actuación que niños pequeños decidieron estudiar
violín y colgaron poster de él en las habitaciones. Pero no quería llegar ahí,
sino a una anécdota que me contó y no olvidaré. Resiliencia pura. Vivía de niño
en el Líbano que bombardeaban casi a diario mientras estudiaba violín. En su
bloque existía en la parte baja un refugio al que acudían para protegerse de
las bombas. Un día sonó la sirena y bajó sin su estuche, pero como era la hora
de ensayo su padre lo hizo volver por el instrumento y ensayó aquella tarde bajo
la racimada de bombas. No fue el único día.
La música tiene una capacidad casi
mística para actuar como un ancla en medio de una terrible tormenta contextual.
Su peculiar estructura (ritmo y armonía)
sirven para apaciguar el mundo exterior caótico, dando al cerebro una sensación
de control y predicción. Desde el punto de vista biológico reduce los niveles
de cortisol, tan necesarios en situaciones de estrés, y libera dopamina
permitiendo que el cuerpo salga de la situación de “alerta máxima”. Recordemos
que en los campos de concentración nazis la música provocó un elemento
valiosísimo de subsistencia, como nos contó Viktor Frankl en sus memorias: “Por
unos instantes, la melodía borraba el hambre, el frío y el dolor,
permitiéndonos conectar con nuestra humanidad perdida”. Lo hacía en los
pequeños conciertos que improvisaban, como la pianista Alice Herz-Sommer que en
tales circunstancias llegó a ofrecer más de cien, o como Olivier Messiaen, que
también nos mostrara el novelista Mario Cuenca en “El don de la fiebre”,
actuando y componiendo en barracones su “Cuarteto para el final de los
tiempos”, con instrumentos incluso rotos.
Vivimos una incertidumbre diaria que
no imaginamos como viraje en el arranque del siglo XXI, donde la intolerancia
crece hasta derramarse y el mal brota como las malas hierbas que parecían tan
solo recuerdo y han crecido de repente alentadas por una macabra vida para
matar o amedrentar, regadas por personajes tan siniestros como populares.
Resulta inevitable sentir miedo si te informas, y bien sabemos que un descerebrado
y desalmado con poder no suele parar per se. O mata a los de fuera o hará que
se maten entre sí los suyos. Somos conscientes de que un toque de botón en la
radio, en el móvil, en el ordenador o equipo de música, una canción, nos ofrece
unos minutos de resistencia para poder recuperar la esperanza, que se seca
entre las ortigas.
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