domingo, 11 de enero de 2026

"QUEDA LA MÚSICA" (Ideal 11-1-26)

 



(A la poeta Renee Good, in memoriam)

Queda la música

Manuel Molina

 

           Tuve la suerte de conocer al violinista Ara Malikian en una calle de Comillas, en Santander, mientras tocaba. Me impresionó tanto que esperé con prudencia y lo abordé después de la actuación que había resultado tan singular como impactante. Me atendió muy amable y charlamos un rato. De ahí surgió un intercambio de teléfonos, el mío no serviría para casi nada, pero yo tenía el de aquella fuerza de la naturaleza y en la primera ocasión que tuve lo contraté para que actuara en el FIT Cazorla. Resultó tan especial aquella actuación que niños pequeños decidieron estudiar violín y colgaron poster de él en las habitaciones. Pero no quería llegar ahí, sino a una anécdota que me contó y no olvidaré. Resiliencia pura. Vivía de niño en el Líbano que bombardeaban casi a diario mientras estudiaba violín. En su bloque existía en la parte baja un refugio al que acudían para protegerse de las bombas. Un día sonó la sirena y bajó sin su estuche, pero como era la hora de ensayo su padre lo hizo volver por el instrumento y ensayó aquella tarde bajo la racimada de bombas. No fue el único día.

           La música tiene una capacidad casi mística para actuar como un ancla en medio de una terrible tormenta contextual. Su peculiar  estructura (ritmo y armonía) sirven para apaciguar el mundo exterior caótico, dando al cerebro una sensación de control y predicción. Desde el punto de vista biológico reduce los niveles de cortisol, tan necesarios en situaciones de estrés, y libera dopamina permitiendo que el cuerpo salga de la situación de “alerta máxima”. Recordemos que en los campos de concentración nazis la música provocó un elemento valiosísimo de subsistencia, como nos contó Viktor Frankl en sus memorias: “Por unos instantes, la melodía borraba el hambre, el frío y el dolor, permitiéndonos conectar con nuestra humanidad perdida”. Lo hacía en los pequeños conciertos que improvisaban, como la pianista Alice Herz-Sommer que en tales circunstancias llegó a ofrecer más de cien, o como Olivier Messiaen, que también nos mostrara el novelista Mario Cuenca en “El don de la fiebre”, actuando y componiendo en barracones su “Cuarteto para el final de los tiempos”, con instrumentos incluso rotos.

           Vivimos una incertidumbre diaria que no imaginamos como viraje en el arranque del siglo XXI, donde la intolerancia crece hasta derramarse y el mal brota como las malas hierbas que parecían tan solo recuerdo y han crecido de repente alentadas por una macabra vida para matar o amedrentar, regadas por personajes tan siniestros como populares. Resulta inevitable sentir miedo si te informas, y bien sabemos que un descerebrado y desalmado con poder no suele parar per se. O mata a los de fuera o hará que se maten entre sí los suyos. Somos conscientes de que un toque de botón en la radio, en el móvil, en el ordenador o equipo de música, una canción, nos ofrece unos minutos de resistencia para poder recuperar la esperanza, que se seca entre las ortigas.


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