Fue justo cuando una joven solista atacaba el segundo movimiento de Telemann en el momento que Manuel dejó su asiento en el patio de butacas. Pidió con apenas un susurro permiso a la fila para poder alcanzar el pasillo. De manera discreta y un poco encorvado se apresuró hasta la salida que daba al distribuidor del teatro y subió las escaleras que llevaban hacia el primer anfiteatro de la derecha, ahora con energía, superaba los peldaños de dos en dos. Llegó por detrás del chico que ocupaba junto a otros dos la parte exterior de la segunda fila y lo agarró con las dos manos por la espalda, lo levantó de asiento y con una agilidad extraordinaria lo lanzó al patio de butacas por encima de la barandilla ante el estupor de todo el público asistente. Miró hacia arriba, a los palcos, y a derecha e izquierda donde asistentes e intérpretes se habían quedado más que sorprendidos ante lo que vieron. Manuel no lo dudó y se dirigió como un orador experimentado a todos ellos: "ahora ya tiene el protagonismo que quería, aquí hemos venido a escuchar y disfrutar la interpretación de estos esforzados músicos, si quiere utilizar el móvil, charlar y comer porquerías en bolsas que hacen tanto ruido que se vaya a la calle". Hubo un silencio tenso quebrado de nuevo por las palabras de Manuel: "y hay que venir tosidos de casa, continúen".
jueves, 10 de abril de 2014
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