sábado, 3 de diciembre de 2022
DEMASIADOS PAPELES Y BYTES (IDEAL 4-12-22)
Hace ya dos años se publicó una encuesta en la que un sindicato recogía el sentir del profesorado y llegaban a una conclusión: el noventa y seis por ciento consideraba que el papeleo era excesivo y distraía de la atención al alumnado. No había llegado aún una nueva ley (otra más) que obligaría a más papeleo y burocracia, aunque debiéramos entender que ya no es labor amanuense, sino con teclados y pantallas. Tres palabras definen la situación profesional de parte del profesorado actual en nuestro país: hartazgo, desilusión y frustración.
Las tres tienen que ver con la obligación cada vez más apremiante de reuniones y relleno de multitud de documentos que no suelen mejorar la enseñanza-aprendizaje de su alumnado. Parece que la forma se haya impuesto al contendido, al espíritu de la escuela. Cada nuevo cambio aporta, como nos enseñó Umberto Eco, los proclives desaforados, los integrados; y los que nunca estarán de acuerdo en ningún avance, los apocalípticos. Sin embargo, parece que entre ambos polos se sitúa la gran mayoría de quienes tratamos.
Existe cierto recelo hacia los docentes, puesto que casi nunca se toman en consideración sus peticiones a la hora de mejorar, de innovar o de que se tengan en cuenta sus demandas, a la hora de insertarlas en una nueva ley educativa. Cuesta entender que un gremio con preparación no acertara en sus peticiones y esté siempre equivocado –se podría atisbar- para que se obvien sus peticiones. La más insistente, la de la ratio, por ejemplo nunca es atendida.
Se aprecia que no es posible un cambio educativo desde abajo hacia arriba y siempre las imposiciones, ideas y ocurrencias se imponen de arriba hacia abajo. Ahora es Europa. Incapaces de alcanzar un consenso educativo en este país los partidos dominantes hacen uso de sus mayorías para que su idea de educación sea acatada a pies juntillas, casi siempre acompañada de un sonrojo de cifras adversas que deben ser maquilladas.
Por otra parte, los sindicatos educativos son bastante benévolos en todo lo que ocurre respecto a las decisiones prioritarias y urgentes de la administración. Alcanzan logros, por supuesto, pero siempre alejados de ese ideal que provocaría la necesidad de un pacto de estado por la educación. Cuando en la medicina se reclama vislumbro lo que es una protesta verdaderamente seria, no las fiestas de cumpleaños, como bautizó el ínclito ministro Wert a las huelgas de un día, que se sucedían en la enseñanza cada equis tiempo o las que cada año realizan los estudiantes cuando en su mayoría no saben explicar el paro de una jornada.
Y el profesorado tampoco es que se vaya de rositas, quejumbroso y acomodaticio delega siempre en los demás sus males, sin realizar autocrítica o plantearse que se dedica a una de las profesiones más importantes y necesarias, que debe contener la dignidad no solo en el sueldo/vacaciones, como le recuerdan siempre, y no a otras profesiones. Tal vez esta columna no guste a nadie, pero creo que había que escribirla
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