lunes, 2 de noviembre de 2026

"HABLAR DE LA MUERTE A LOS PEQUEÑOS" (Ideal 1-11-26)

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Manuel Molina/>
Escribí un poema sobre el momento en que con ocho o nueve años vi la primera persona muerta. Era mi abuela. Recuerdo que estaba dentro de un ataúd -se velaba en las casas- y su rostro se mostraba con paz y blancura. Alrededor unas pequeñas lámparas de aceite, las populares lamparillas o mariposas, iluminaban de una manera especial la estancia, como en los Santos, para avivar el recuerdo de los fallecidos. Solo en aquel escenario, no sentí miedo o repulsión, sino curiosidad. Ese recuerdo me acompaña, se ha quedado marcado y si me veo en la necesidad de pensar en el concepto muerte, me viene enseguida, como ahora, desbordado por otra tragedia ferroviaria. El sentido común y la costumbre ocasionan que se decrete un luto oficial. Y de nuevo nuestra sociedad hiperprotegida, nihilista, confunde lo festivo y esconde lo adverso, muestra su lado pacato e infantiloide. Algunas asociaciones de madres y padres consideran que el luto no se puede imponer y hay que celebrar Jalogüín en los colegios. Luto proviene de Luctus y significa aflicción, llanto, dolor; una tríada que necesita tiempo para equilibrar nuestro ánimo descompuesto ante un fallecimiento. Cómo se gestiona en público resulta norma social, desde el rojo en la antigua Roma, el blanco en la cultura china o desde 1502 en que los Reyes Católicos decidieron elegir el negro oficial, color que se confunde en la oscuridad y repele que el alma del fallecido se adentre en otro cuerpo, eso creían algunos. La psicóloga Ingeborg Porcar, directora de la Unidad de Crisis y Conflictos de Barcelona, aborda precisamente esta dificultad en sus trabajos sobre cómo hablar de la muerte con los niños. Su recomendación resulta tan sencilla como necesaria. Ejemplo: ”Nuestra abuela ha muerto”. Sin rodeos ni explicaciones que puedan confundirlos y advierte de que necesitan conocer lo sucedido. Otra psicóloga, Patricia Díaz Seoane, autora de un manual práctico de esa temática, va todavía más lejos al identificar los errores habituales de los adultos. En una entrevista señalaba lo siguiente: “el error más común es pensar que no se enteran de las cosas y dejarlos al margen”. La escuela no debería permanecer al margen cuando un alumno pierde a un familiar, a un compañero, alguien especialmente querido o ante una desgracia como la de Urda. La propia Díaz Seoane recuerda que los centros educativos acabarán enfrentándose inevitablemente a una muerte y que no pueden ser ajenos. Todos compartimos el mismo destino, aunque cada despedida tenga su propio nombre. Hablar de la muerte no significa invitar a la desesperanza. Significa enseñar que la vida tiene límites, que el amor no desaparece con la ausencia, ya lo escribió Quevedo, y que recordar también constituye una forma de permanecer. Ante la sorprendente propuesta de algunas AMPAS de que no se respetase el luto y se celebrase la pacata y mercantilista fiesta de Jalogüín en los centros les diría que no hay mejor manera de enseñar a vivir que no esconder que algún día tendremos que despedirnos.

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