domingo, 22 de febrero de 2026

"LAS DOS ESPAÑAS ACTUALES" (Ideal, 22-2-26)

 



Las dos Españas actuales

Manuel Molina

 

           Algunos días escuchas conversaciones de barra o supermercado y se diría que el país se hunde sin remedio. Todo va mal, todo se derrumba, qué desastre. Luego sales a la calle y ves terrazas llenas, ferias a cascoporro, conciertos de entradas caras, santos celebrantes con su festejo y cumpleaños que parecen bodas. La actual paradoja, convivimos con un discurso airado y un paisaje festivo, como si viviéramos en dos Españas que apenas se miran. La España enfadada es ruidosa. Habla de decadencia, de salarios bajos, de falta de futuro. Tiene motivos para hacerlo, porque el coste de la vida aprieta y la vivienda, sobre todo, se ha convertido en un  quebradero de cabeza. Pero al mismo tiempo hay otra España que consume, viaja, celebra y llena algunos bares mañana y tarde. No se trata solo una impresión personal los datos invitan a pensar que el país vive una etapa de crecimiento moderado, con luces y sombras.

           El salario medio bruto mensual alcanzó en 2024, último estudio del INE,  los 2.385 euros, el mayor de la serie reciente, y subió un 5% respecto al año anterior. La remuneración anual también marcó récord, con más de 27.500 euros por trabajador. El salario mínimo, además, ha crecido en términos reales desde 2021 y se sitúa por encima del 60% del salario mediano, un nivel relevante dentro de la OCDE. No parecen cifras de euforia, pero tampoco dibujan un país en ruina. La macroeconomía no acompaña ese relato catastrofista. España mantiene tasas de crecimiento superiores a la media europea y ha reducido el peso de la deuda pública sobre el PIB gracias al dinamismo económico. Mientras tanto, el consumo interno sigue tirando del carro y el gasto de los hogares ha alcanzado un récord histórico, con especial aumento en actividades recreativas y servicios culturales. Dicho de otra forma: las familias gastan más y una parte creciente de ese gasto se destina al ocio. Aquí aparece la segunda España, la que no protesta sino que sale. La que llena estadios, procesiones, festivales o simples verbenas de barrio. La que se queja en redes sociales pero reserva mesa para el sábado. Quizás su circunstancia sea convivir con la incertidumbre sin renunciar a la celebración.

           No me considero iluso y también percibo grietas serias. La desigualdad territorial, el precio de la vivienda o la precariedad juvenil sostienen el malestar. Y este no resulta fingido. Tal vez la explicación sea más simple, la economía mejora en términos generales, pero no lo hace al mismo ritmo para todos. En el fondo, las dos Españas no son tanto ideológicas, sino de variante emocional. Una mira los titulares y se indigna, otra mira el calendario y busca el próximo puente. Entre ambas discurre la realidad, que nunca es tan negra ni tan festiva como parece. Y así seguimos: quejándonos de todo mientras brindamos por casi cualquier cosa. Porque, pese a todo, este país tiene una extraña vocación de fiesta incluso cuando cree que no tiene motivos.

 

 



lunes, 16 de febrero de 2026

"LOS MONSTRUOS AFABLES" (Ideal, 15-2-26)

 



Los monstruos afables

Manuel Molina

 

           En nuestras calles anhelantes de luminosidad, en los patios donde se saludan los vecinos con cierta educación o en los pasillos de cualquier oficina puede que habiten sin señales previas, algunos de esos monstruos discretos que la literatura o el periódico no suele retratar porque carecen de colmillos y de capas negras. Hombres y mujeres que comparten espacio y tiempo con nosotros, que sonríen, que ayudan a cargar la compra o que invitan en las fiestas del barrio. Y, sin embargo, ejercen un mal silencioso y persistente sobre otros seres humanos a los que van empequeñeciendo. Tan solo sabemos de ellos un día en que nos paraliza la noticia pública de lo que a lo largo del tiempo han llevado a cabo y no damos crédito que sea esa persona, nos produce una inquietante pregunta: ¿por qué no supe verlo? Ejercen el arte de parecer ejemplares mientras convierten la vida ajena en un terreno baldío. La maldad, cuando se viste de normalidad, resulta más peligrosa que cuando se exhibe sin pudor.

           La hemeroteca andaluza ofrece ejemplos estremecedores de esa dualidad. Basta recordar a José Bretón, que durante tiempo proyectó una imagen de padre normal antes de que el horror revelara su verdadero rostro. O el caso de Ana Julia Quezada, que convivía con la familia de su víctima mientras sostenía una mentira monstruosa. En ambos episodios, la comunidad quedó paralizada ante la evidencia de que el mal no siempre se anuncia, a veces se disfraza de rutina y de aparente cordialidad. También  la desgracia de Marta del Castillo nos recuerda que los agresores no suelen llevar escrito en la frente lo que son. Muchos de ellos compartían risas, confidencias y vida cotidiana con quienes terminaron traicionando de la forma más cruel. Esa cercanía previa es lo que convierte el descubrimiento en una herida doble: duele el crimen y duele la mentira prolongada.

           Todo este asunto se me remueve al leer una inquietante entrevista realizada a Gisèle Pericot, La francesa que ha logrado reconstruir su vida tras la condena a su marido a veinte años de cárcel por violarla, drogarla y reclutar a hombres para que abusaran sexualmente de ella durante diez años. Esta víctima no acepta que sea llamado “monstruo” el que ejerciera tanto mal con el argumento de que comparten hijos y nietos, de hecho no ha renunciado al apellido. Tiene derecho a no ser juzgada por ello, pero trasluce el poder que ejerce el bárbaro. Sin embargo, no olvidemos el mérito de esta mujer que abrió las puertas del juzgado para que se cambiara de bando la vergüenza y así los los cincuenta y un violadores de una mujer sedada fuesen los señalados, no la víctima. Quizá por eso el verdadero desafío no sea detectar al monstruo excepcional, sino aprender a escuchar los silencios incómodos de quienes la sufren. Solo cuando alguien se atreve a romper ese decorado comprendemos que la monstruosidad más temible no es la que ruge, sino la que sonríe mientras destruye en voz baja

domingo, 1 de febrero de 2026

"¿Y EL AMOR AL PRÓJIMO?" (Ideal, 1-2-26)

 

¿Y el amor al prójimo?

Manuel Molina

 

           La paradoja no es nueva, pero sigue siendo incómoda y preocupante, cada día más. La Iglesia Católica proclama, como si fuera un eslogan corporativo, el amor al prójimo como sustento de sus principios. Lo repite en bucle en homilías, catequesis y documentos oficiales y lo tiene impreso en letra nítida en el Evangelio. Y, sin embargo, basta con asomarse a determinadas sacristías, tertulias de bar con rosario incluido, casa de hermandad con sus botellones, clases de religión en centros públicos o perfiles de redes sociales con crucifijo y águilas en la biografía, para comprobar que ese mandamiento se queda, demasiadas veces, en puro atrezzo, que molesta a los principios que rigen la actitud de quien actúa con una religión ad hoc, de la que escoge lo que le interesa. Vaya, otro comunista quejándose, pensarán. Pues han tocado en hueso, les puedo mostrar el curriculum desde que era monaguillo, de dar un pregón de Semana Santa en mi pueblo o participar de manera activa para lograr que consideren una obra teatral religiosa de hace siglos como bien de interés cultural. Las “magnas” me han alejado.

           “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). No es una nota a pie de página ni una sugerencia piadosa. Es, según el propio Jesús, el segundo mandamiento más importante, solo por detrás del amor a Dios. Todo lo demás -ritos, normas, tradiciones, procesiones y hasta mitras- deberían tenerlo siempre presente. A dos obispos se le ha borrado de repente y proclaman que "Todos no caben", respecto a la regularización de inmigrantes. ¿Quiénes son ellos para calibrar ese espacio? Recuerden “también fui extranjero y me acogisteis" (Mateo 25:35). Bueno, su jefe inmediato en la tierra ve al menos que "Es un reconocimiento de la dignidad humana, una oportunidad para colaborar en el bien común”. Lo ambiguo es la gimnasia moral que permite a algunos fieles —y no pocos pastores— defender la exclusión y el desprecio del otro mientras se persignan con fervor.

           Algo falla cuando quienes más se envuelven en la bandera de la fe son los primeros en señalar al inmigrante, al pobre, al diferente, al que ama distinto o al que reza menos. “Misericordia quiero, y no sacrificios” (sigue escribiendo Mateo: 9,13), como advierte Jesús, pero parece que algunos han leído el versículo con las gafas empañadas. La ironía es que cuanto más se aleja un discurso del amor al prójimo, más o defensa de la “auténtica” fe. Como si el cristianismo fuera un club de normas exclusivas, con derecho de admisión y portero en la puerta. Como si el buen samaritano (en este caso Lucas 10,33) hubiera pasado de largo por no llevar la acreditación correcta. Como si el prójimo fuera siempre otro, hasta que molesta demasiado. Tal vez el problema no sea que los principios de la Iglesia sean difíciles de entender, sino que son demasiado claros. Amar obliga a mirar al otro sin trincheras. Y eso, en tiempos de odio rentable y consignas fáciles, resulta muy revolucionario. Mejor a la carta.


"MALDITAS GUERRAS SIN MUERTOS". (Ideal 15-3-26)

                                                                                                   (Getty images) Malditas guerras sin muert...