lunes, 16 de febrero de 2026

"LOS MONSTRUOS AFABLES" (Ideal, 15-2-26)

 



Los monstruos afables

Manuel Molina

 

           En nuestras calles anhelantes de luminosidad, en los patios donde se saludan los vecinos con cierta educación o en los pasillos de cualquier oficina puede que habiten sin señales previas, algunos de esos monstruos discretos que la literatura o el periódico no suele retratar porque carecen de colmillos y de capas negras. Hombres y mujeres que comparten espacio y tiempo con nosotros, que sonríen, que ayudan a cargar la compra o que invitan en las fiestas del barrio. Y, sin embargo, ejercen un mal silencioso y persistente sobre otros seres humanos a los que van empequeñeciendo. Tan solo sabemos de ellos un día en que nos paraliza la noticia pública de lo que a lo largo del tiempo han llevado a cabo y no damos crédito que sea esa persona, nos produce una inquietante pregunta: ¿por qué no supe verlo? Ejercen el arte de parecer ejemplares mientras convierten la vida ajena en un terreno baldío. La maldad, cuando se viste de normalidad, resulta más peligrosa que cuando se exhibe sin pudor.

           La hemeroteca andaluza ofrece ejemplos estremecedores de esa dualidad. Basta recordar a José Bretón, que durante tiempo proyectó una imagen de padre normal antes de que el horror revelara su verdadero rostro. O el caso de Ana Julia Quezada, que convivía con la familia de su víctima mientras sostenía una mentira monstruosa. En ambos episodios, la comunidad quedó paralizada ante la evidencia de que el mal no siempre se anuncia, a veces se disfraza de rutina y de aparente cordialidad. También  la desgracia de Marta del Castillo nos recuerda que los agresores no suelen llevar escrito en la frente lo que son. Muchos de ellos compartían risas, confidencias y vida cotidiana con quienes terminaron traicionando de la forma más cruel. Esa cercanía previa es lo que convierte el descubrimiento en una herida doble: duele el crimen y duele la mentira prolongada.

           Todo este asunto se me remueve al leer una inquietante entrevista realizada a Gisèle Pericot, La francesa que ha logrado reconstruir su vida tras la condena a su marido a veinte años de cárcel por violarla, drogarla y reclutar a hombres para que abusaran sexualmente de ella durante diez años. Esta víctima no acepta que sea llamado “monstruo” el que ejerciera tanto mal con el argumento de que comparten hijos y nietos, de hecho no ha renunciado al apellido. Tiene derecho a no ser juzgada por ello, pero trasluce el poder que ejerce el bárbaro. Sin embargo, no olvidemos el mérito de esta mujer que abrió las puertas del juzgado para que se cambiara de bando la vergüenza y así los los cincuenta y un violadores de una mujer sedada fuesen los señalados, no la víctima. Quizá por eso el verdadero desafío no sea detectar al monstruo excepcional, sino aprender a escuchar los silencios incómodos de quienes la sufren. Solo cuando alguien se atreve a romper ese decorado comprendemos que la monstruosidad más temible no es la que ruge, sino la que sonríe mientras destruye en voz baja

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