Los monstruos
afables
Manuel Molina
En nuestras calles anhelantes de
luminosidad, en los patios donde se saludan los vecinos con cierta educación o
en los pasillos de cualquier oficina puede que habiten sin señales previas,
algunos de esos monstruos discretos que la literatura o el periódico no suele
retratar porque carecen de colmillos y de capas negras. Hombres y mujeres que
comparten espacio y tiempo con nosotros, que sonríen, que ayudan a cargar la
compra o que invitan en las fiestas del barrio. Y, sin embargo, ejercen un mal
silencioso y persistente sobre otros seres humanos a los que van
empequeñeciendo. Tan solo sabemos de ellos un día en que nos paraliza la
noticia pública de lo que a lo largo del tiempo han llevado a cabo y no damos
crédito que sea esa persona, nos produce una inquietante pregunta: ¿por qué no
supe verlo? Ejercen el arte de parecer ejemplares mientras convierten la vida
ajena en un terreno baldío. La maldad, cuando se viste de normalidad, resulta
más peligrosa que cuando se exhibe sin pudor.
La hemeroteca andaluza ofrece
ejemplos estremecedores de esa dualidad. Basta recordar a José Bretón, que
durante tiempo proyectó una imagen de padre normal antes de que el horror
revelara su verdadero rostro. O el caso de Ana Julia Quezada, que convivía con
la familia de su víctima mientras sostenía una mentira monstruosa. En ambos
episodios, la comunidad quedó paralizada ante la evidencia de que el mal no
siempre se anuncia, a veces se disfraza de rutina y de aparente cordialidad.
También la desgracia de Marta del
Castillo nos recuerda que los agresores no suelen llevar escrito en la frente
lo que son. Muchos de ellos compartían risas, confidencias y vida cotidiana con
quienes terminaron traicionando de la forma más cruel. Esa cercanía previa es
lo que convierte el descubrimiento en una herida doble: duele el crimen y duele
la mentira prolongada.
Todo este asunto se me remueve al
leer una inquietante entrevista realizada a Gisèle Pericot, La francesa que ha
logrado reconstruir su vida tras la condena a su marido a veinte años de cárcel
por violarla, drogarla y reclutar a hombres para que abusaran sexualmente de
ella durante diez años. Esta víctima no acepta que sea llamado “monstruo” el
que ejerciera tanto mal con el argumento de que comparten hijos y nietos, de
hecho no ha renunciado al apellido. Tiene derecho a no ser juzgada por ello,
pero trasluce el poder que ejerce el bárbaro. Sin embargo, no olvidemos el
mérito de esta mujer que abrió las puertas del juzgado para que se cambiara de bando
la vergüenza y así los los cincuenta y un violadores de una mujer sedada fuesen
los señalados, no la víctima. Quizá por eso el verdadero desafío no sea
detectar al monstruo excepcional, sino aprender a escuchar los silencios
incómodos de quienes la sufren. Solo cuando alguien se atreve a romper ese
decorado comprendemos que la monstruosidad más temible no es la que ruge, sino
la que sonríe mientras destruye en voz baja
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