Las dos Españas
actuales
Manuel Molina
Algunos días escuchas conversaciones
de barra o supermercado y se diría que el país se hunde sin remedio. Todo va
mal, todo se derrumba, qué desastre. Luego sales a la calle y ves terrazas
llenas, ferias a cascoporro, conciertos de entradas caras, santos celebrantes
con su festejo y cumpleaños que parecen bodas. La actual paradoja, convivimos
con un discurso airado y un paisaje festivo, como si viviéramos en dos Españas
que apenas se miran. La España enfadada es ruidosa. Habla de decadencia, de
salarios bajos, de falta de futuro. Tiene motivos para hacerlo, porque el coste
de la vida aprieta y la vivienda, sobre todo, se ha convertido en un quebradero de cabeza. Pero al mismo tiempo hay
otra España que consume, viaja, celebra y llena algunos bares mañana y tarde.
No se trata solo una impresión personal los datos invitan a pensar que el país
vive una etapa de crecimiento moderado, con luces y sombras.
El salario medio bruto mensual
alcanzó en 2024, último estudio del INE, los 2.385 euros, el mayor de la serie
reciente, y subió un 5% respecto al año anterior. La remuneración anual también
marcó récord, con más de 27.500 euros por trabajador. El salario mínimo,
además, ha crecido en términos reales desde 2021 y se sitúa por encima del 60%
del salario mediano, un nivel relevante dentro de la OCDE. No parecen cifras de
euforia, pero tampoco dibujan un país en ruina. La macroeconomía no acompaña
ese relato catastrofista. España mantiene tasas de crecimiento superiores a la
media europea y ha reducido el peso de la deuda pública sobre el PIB gracias al
dinamismo económico. Mientras tanto, el consumo interno sigue tirando del carro
y el gasto de los hogares ha alcanzado un récord histórico, con especial
aumento en actividades recreativas y servicios culturales. Dicho de otra forma:
las familias gastan más y una parte creciente de ese gasto se destina al ocio. Aquí
aparece la segunda España, la que no protesta sino que sale. La que llena
estadios, procesiones, festivales o simples verbenas de barrio. La que se queja
en redes sociales pero reserva mesa para el sábado. Quizás su circunstancia sea
convivir con la incertidumbre sin renunciar a la celebración.
No me considero iluso y también
percibo grietas serias. La desigualdad territorial, el precio de la vivienda o
la precariedad juvenil sostienen el malestar. Y este no resulta fingido. Tal
vez la explicación sea más simple, la economía mejora en términos generales,
pero no lo hace al mismo ritmo para todos. En el fondo, las dos Españas no son tanto
ideológicas, sino de variante emocional. Una mira los titulares y se indigna, otra
mira el calendario y busca el próximo puente. Entre ambas discurre la realidad,
que nunca es tan negra ni tan festiva como parece. Y así seguimos: quejándonos
de todo mientras brindamos por casi cualquier cosa. Porque, pese a todo, este
país tiene una extraña vocación de fiesta incluso cuando cree que no tiene
motivos.
