Palcos
Manuel Molina
La palabra palco está relacionada con
la palabra balcón, un lugar elevado construido con vigas de madera con la doble
función de ver y ser visto, un territorio acotado y social en el que se hacía
demostración de escala, más alto, más poder. El esplendor de ser visto en un
palco se produce durante el siglo XIX cuando se construyen los grandes teatros
de ópera, herederos de aquellos Barrocos en los que estaba mejor visto ver y no
ser visto, sobre todo por el populacho. La burguesía descubrió cómo podían elevarse
y privatizar espacios donde reflejar una nueva orden, desplazada la rancia
nobleza. Si leemos La Regenta o Madame Bovary nos damos cuenta de ese fiel
reflejo. El Liceu catalán tal vez sea uno de los mejores ejemplos de lo
que queremos mostrar. Qué urgencia hubo en rehabilitarlo una vez que se quemó,
permitía un negocio inter pares, donde se excluía lo incómodo relegado al patio
de butacas, a una distancia prudente. En las plazas de tortura animal también
existió esa distinción que en algunos casos aún perdura con estertores donde el
rancio abolengo tiene acotado un espacio para ser visto.
A estos últimos se ha unido poco a
poco y con el farisaico propósito de hacer caja la Semana Santa, en su esencia
cargada de lo popular para poder sustentarse, mientras que de manera sibilina y
callada se van alzando humillantes corrales para que el vulgo pague y si no
deje de ver todo aquello que sin su colaboración no existiría. No digamos el
alquiler de balcones para ser vistos y saludar con rancio populismo. Hace años
fui invitado a dar un pregón de Semana Santa y resalté, sobre todo, que los
festejos populares no pueden ser acotados para la exhibición de unos pocos, que
la acera es la mayor democracia para cualquier tipo de representación pública,
a la que no debería renunciar cualquier institución que tuviese un mínimo de
sensibilidad. Qué aberración privar al público que sostiene durante todo el año
la razón de ser de una exhibición pública para distinguir entre quienes están
en un lado y quienes están en el otro, clasismo rancio, puro y duro. Siempre
estaré más cerca de una señora con sus silla plegable que un repeinado con
abono de corralito.
No sé que puede sentirse en un palco
desde el que se escucha el silbido a un himno oficial, el insulto a un
Presidente del Gobierno, la diversión contra una comunidad religiosa denostándola,
lanzando gritos racistas, rebuznando de manera homófoba o ranciamente machista.
Desde la elevación se puede ser connivente o actuar, aunque solo sea por
autoprotección para que un sector cuevil y bárbaro no empañe el lucimiento. A
la misma altura figura quien pretende poner puertas al campo semanasantero con
entradas. En ese caso la acción debe partir al contrario y tomar esta quienes
se sientan privados de su derecho a ver lo que en la calle de todos se lleva a
cabo. Vamos, como cuando Jesucristo entró a latigazos en el templo. Entiendan
que es una metáfora bíblica.