domingo, 8 de julio de 2018

INIESTA EN SAINT JEAN DE LUZ


INIESTA EN SAINT JEAN DE LUZ
Manuel Molina González

“Supe que iba dentro” comentó después del partido, convertido en uno de los héroes del país debido a la finalización de aquella jugada. Igual que en un videojuego los jugadores españoles corren con los brazos extendidos tras aquella figura blanquecina hacia el área de córner con una camiseta de tirantes donde un apresurado garabato recuerda la memoria de Dani Jarque, jugador y amigo del pequeño albaceteño desaparecido por desgracia en plena juventud. Fue homenajeado ante millones de personas. Todos saben ya que serán campeones del mundo. Lo saben también los aficionados que exultantes y apasionados botan, cantan, saltan y ríen coreando el nombre de España en bares, plazas, calles de todo el país y fuera de este.
Tal vez por estar situada como limítrofe y acoger durante el mes de julio muchos aficionados españoles como veraneantes, Sain-Jean-de-luz, en el sur de Francia, casi pegada a la frontera española, también celebra la victoria en un local alegre por el que la cerveza se combina con los colores amarillo y rojo. Los clientes, en su mayoría españoles se abrazan y brindan por el triunfo enfundados por camisetas con los dorsales de sus estrellas balompédicas sobre los que luce su nombre. Casi todo el local está entusiasmado durante ese instante, el minuto ciento dieciséis que se repite una y otra vez con el control del jugador, el disparo y la carrera festejando el gol. Se vuelve a pedir más cerveza Seize, la popular 1466 de treinta y tres centilitros.
Cada uno vigila al otro. Ninguno de ellos aparta la vista de la figura del contrario pese a que se perciba  cierto disimulo, como cuando mira alguien a otra persona con intención, en la frontera de la invisibilidad, pese a la presencia de su pareja. Incluso existe un enorme momento de tensión cuando ambos empujados por la euforia que en ese instante tiene tomada la voluntad de todos los clientes, se encuentran de frente dispuestos a recibir el abrazo que cada uno realiza a los demás, como prueba ímproba de la felicidad desbordada por el triunfo. Se miran, pero con rapidez pasan a dar el abrazo al siguiente que se ofrece a recibirlo. Nunca habían estado tan cerca uno del otro y la adrenalina ha subido hasta límites para ellos desconocidos.
El ruido era tan ensordecedor dentro que nadie se percató, salvo Rafael, que a través de la vidriera del local leyó el movimiento de los labios como acostumbraba siempre que había distancia ante un interlocutor del que debía extraer información callada. Jon saltaba agitado con su grupo y se entremezclaba entre aquella euforia colectiva que había desbordado el gol de Iniesta. Más cerveza, más brindis, más abrazos. Enfundado en una camiseta de la selección nacional de España,  “La Roja”, con el número siete bien visible, el siete de España, Villa,  saltaba y se mostraba eufórico, como los demás, como todos aquellos que ahora tan solo reflejaban en sus rostros enrojecidos  la euforia y el disfrute.
En el periodo de preparación ya le advirtieron de que todo esto ocurriría y había que eliminarlo pronto de la mente con un corte radical y centrarse en otro pensamiento, como por ejemplo aquel tipo bajito de Albacete que abrazaba la gloria con una patada, un simple disparo a un balón.
-Viva España.
-Viva.
       Levantó su cerveza con el último personaje que embutido en una camiseta roja brindaba con su tercio.
-Viva, viva, -le correspondió.
Rafael se levantó y a cierta distancia, saludando y abrazando aficionados, logró alcanzar la puerta. Justo en ese momento Jon doblaba la esquina de la calle más cercana en animada charla con aquella joven, bastante atractiva y con una camiseta roja de la selección anudada por encima de su ombligo. De repente, como era previsible, su compañero les abordó proveniente de la dirección contraria y abrazó a los dos jóvenes entusiasmado.
- Viva España, oéoéoé.
- Viva, viva- gritaba aquella chica enardecida por la euforia y el alcohol.

 Su compañero la retuvo lo suficiente hasta que Rafael pudo alcanzarlos y formar un abrazado corro. Jon se mostraba muy nervioso porque había caído en su propia trampa. Le dio seguridad notar la Parabellum en la bandolera. No debía, pero no se arredraba ante aquellos dos picolos. Mientras su compañero chocaba las manos y gritaba de un modo que parecía simiesco con aquella chica y la volvía hacia el local, Rafael se acercó todo lo que pudo a Jon. El griterío era enorme incluso en la propia calle y por eso hablaba muy despacio y vocalizando para no repetir sus palabras.
- Solo tengo un mensaje para ti.-le adelantó.
- No me das miedo, puto maketo. Deberías tenerlo tú sin pipa.
- No dispongo de mucho tiempo para decírtelo -contestó con mucha serenidad.
- Dispara, cabrón, -le espetó el etarra.
- Te intentarán meter un tiro muy pronto.
- Eso ya lo sé, kabroi ostie, pero no serás tú -desafió con media sonrisa.
-Ese es el mensaje, serán los tuyos. ¡Viva España ! -gritó- y con voz muy baja le insinuó al oído también, casi deletreado pu-ta-ku-me. Se giró y junto a su compañero tomaron la acera del bar en dirección contraria.
- Jon los miró cómo se alejaban y gritó uniéndose de nuevo a la abarrotada y cada vez más bebida clientela: ¡español!, ¡español!
Rafael sacó un cigarrillo de un paquete arrugado y ofreció otro a su compañero. Los encendieron y dieron una profunda calada. Sin girarse a mirar, le preguntó con desgana:
- ¿Tienes la foto?
-¿Cómo puedes dudar de un profesional como yo, gilipollas?
- Un titular, así a bote pronto.
- El siete de España.
- Acertado.
- Sabes, al final me está gustando esto del fútbol.

(El 24 de abril la revista francesa France Football pidió perdón en un editorial por no haber otorgado el balón de oro de 2010 al jugador Andrés Iniesta. Un año y tres meses después del gol de Iniesta en el mundial de Sudáfrica, el 20 de octubre de 2002, San Sindulfo de Aussonce, según el santoral cristiano, ETA anunciaba que dejaba las armas.)

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